viernes, 28 de abril de 2017

La saga/fuga de J.B. (28) Gonzalo Torrente Ballester. Lugares de buena nota.





"Don Benito Valenzuela, sordo a los gritos, más bien estoico, empuja su bola por el campo de batalla, la incrementa de más cuerpos, de más fusiles, de más latas de conserva, de más metralletas, de más heridos."


La saga/fuga de J.B. (28) 
Gonzalo Torrente Ballester 

Bastida se queda en la taberna del Espiritista. Allí escucha cómo le regaña a Julia por sus despistes. Bastida lima unos versos que pueden acompañarse con el Allegretto de la Sinfonía VII de Beethoven. Aquella mañana la clientela era de gatos: 





El espacio de la taberna llena de gatos es como una plaza atravesada por gente en todas las direcciones. Los caminantes que no van “a ninguna parte están haciendo algo como matar el tiempo, tomar el sol o pasar el rato.” 

A todo gato le llega su xaneira (época de celo), sin dejar de estar alienado vive con intensidad la atracción de las ancas de cualquier Zapaquilda, siempre que no haya sufrido la poda del menestral, claro. Si se aviva el problema, se corta por lo sano, como ahora es popular hacerlo con los gatos de piso, la mansedumbre sin rebeldía de las mascotas aristocráticas. Pero un gato no es más que un gato, no se le puede pedir pensamientos ni respuestas más allá de un miau. 

Llegado el anochecer, Bastida se dirige a la Casa del Barco. Aparece Barallobre, súbito como un ciclón. Confiesa que se siente poseído por el espíritu del verdadero canónigo Balseyro, el legendario, el que en esos momentos recorre la ciudad. Al pasar por el Casino, los socios le tiran tizas del billar. Hoy la gente “debe estar, como si al terminar el tercer toro, se suspendiera una buena corrida.” Tener dos identidades distintas y en épocas diferentes, no importa que la otra sea virtual o fingida para respirar dos veces, vivir el doble. La dualidad que permite la segunda oportunidad, que te dejen espacio para tomar el segundo aire un poco antes del "segundos fuera." 

 A continuación el autor echa el resto para contarnos la transformación de Barallobre a canónigo Balseyro tal como la observa Bastida. A la luz temblorosa de una cerilla para encender un cigarrillo, se produce en la estancia un silencio de mármol frío. Barallobre carece de piel terminada en poros y pelos. Tiene una piel desordenada, como en ebullición, las células se apresuran a transformarse y la pigmentación cambia de matiz. Después cuenta la visita al Papa de Roma. Balseyro no es un tipo cualquiera. No sabe con quién está usted hablando. Al Papa le habían ido con cuentos y no lo quiere recibir. Como no está dispuesto a que el viaje a Roma sea en balde, se mete por la ventana. De primeras, aguanta el chaparrón papal, por menos han excomulgado a algunos. Pero como el Santo Padre debe ser argentino o algo, hablan. Entre otras cosas le predice la Revolución Francesa y el Concilio Vaticano, pero Su Santidad no le hace caso. Conjetura que debe tratarse de una profecía prematura. Es como si alguien hace spoiler de una película y te quedas in albis porque no has visto el principio. 




"Descendía como por una pendiente a una velocidad que todavía no era alarmante"

Si ahora escasean los hombres sabios, en aquellos tiempos los doctos cabían en un microbús, eran un grupo exiguo. Se reunían los sábados en algún lugar de Alemania. Iban por el aire con las hembras a la grupa. El llevaba a Metchilde. Nostradamus y Rufino Periclausus nunca faltaban a la cita. El obispo de Villasanta se encaprichó de ella y tuvo que cedérsela. Cuando estaban en la cama, la convertía en sierpe o perra para mosqueo del obispo que se subía por las paredes. Lo peor fue cuando le sale un bulto en el estómago y le diagnostican embarazo por un homúnculo, ahí empiezan sus desventuras porque le mandan prender. 

Un vientecillo suave aclara la niebla y un gallardo rayo de luna ilumina la alfombra de la biblioteca. Hablan sin verse porque están a oscuras, Bastida es Paco de la Mirandolina, parto bien aprovechado, hermoso mancebo que asombra por su sabiduría;  junto a sus colegas encabeza una clase nueva de hombres decididos a cambiar el mundo del futuro a través de la acción. Otros se buscan un perro como interlocutor del monólogo, como Augusto Pérez encuentra a Orfeo o Clint Eastwood justiciero a Daisy en Gran Torino. Mientras tanto, Barallobre no hará nada, esperará el futuro echado la siesta. 

Le propone un viaje a Roma a ser testigo del saqueo o de la batalla de Waterloo, pero a Balseyro la única batalla que le atrae es la de Brunete. Mirandolina acepta la propuesta de un viaje a Ítaca en alfombra voladora, aunque sea más lenta que el avión es más cómoda porque vuela por las líneas del aire y oscila sin sacudidas y sin peligro de accidentes. Desde lo alto contemplan el atrio iluminado de la iglesia y la curva del Mendo. Observan parejas de murciélagos gigantes, semejantes a las personas de Dante que vuelan desnudas. Atisban los secretos de alcoba de los matrimonios. El procurador y la querida, Paca, como la pareja de Rubén Darío. El comerciante liado con su hija, el incesto es el único pecado que no se perdona. El tajo del Baralla, con esa rigurosa oscuridad que le acompaña al fondo, es impresionante a vista de alfombra voladora. 




"El tapiz, al llegar a una intersección de planos, eligió el que le ofrecía menos resistencia, el inclinado."

El tiempo varía desde las alturas del tapiz volador. Por eso pueden presenciar a la vez la entrada del Redoutable en Castroforte, mandado por el almirante Ballantyne, y la batalla de Brunete. En ésta palmó la mitad del regimiento que se había encomendado a la estampa de santa Lilaila un día que una ensalada de tiros los pilló durmiendo. Un soldado con pies planos no puede correr deprisa y lo cogen prisionero. Su bisabuelo bien puede ser uno de los que recibió con vítores al almirante Ballantyne en Castroforte el día que su barco se libró de la quema llegando a la desembocadura del Baralla gracias a su menor calado. Un sargento de Sarria que anda a eso del taxi en Madrid le facilita la fuga en mitad de la refriega. Siempre la suerte y la muerte. Barallobre le ruega a Bastida que se fije en la nariz de Ballantyne, porque igual que los paleontólogos reconstruyen un dinosaurio a partir de un hueso, él puede reconstruir la biografía del almirante a partir de la nariz. Examinarla de cerca camino del amor y la muerte en la Casa del Barco, mutado en la sierpe del mar, tan grande de cabeza que apenas pasa por el arco de la Puerta del Mar, para después zamparse al Almirante y al teniente Rochefoucauld con su lengua roja y áspera como un pedregal, dejándonos sin héroe. Pero no hay por qué preocuparse, las sierpes acostumbran a vomitar sus presas dos horas más tarde. 

Interesa seguirle la pista al recluta Bastida, ahora con los rojos. Desde las alturas observan cómo se arrastra detrás de una pared después de tirarle al enemigo unas granadas de mano. Se le interpone don Benito Valenzuela, godo activo y singular, que sigue con su música: dándole vueltas a su bola enorme como un escarabajo pelotero, sólo que él empesga soldados muertos, fusiles, latas de comida vacías y heridos que gritan. De nuevo detienen a Bastida los del ejército contrario porque no puede escapar deprisa debido a los pies planos. De nuevo a la espera del pelotón de fusilamiento y de nuevo es un alférez de complemento, licenciado en filosofía y letras y al que había ayudado en un examen de latín antes de la guerra, el que habla con el coronel y lo mandan a la retaguardia de maestro que buena falta hace para desasnar gente.

My baby don't care for shows 
My baby don't care for clothes 
My baby just cares for me 
My baby don't care for cars and races 
My baby don't care for high-tone places 

Liz Taylor is not his style 
And even Lana Turner's smile 
Is somethin' he can't see 
My baby don't care who knows 
My baby just cares for me
Nina Simone


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

martes, 18 de abril de 2017

La saga/fuga de J.B. (27) Gonzalo Torrente Ballester. Pensar en dos.





"Los mitos de Castroforte no afectan mi régimen moral, y puedo creer en ellos o no creerlos, según me pete, sin obligación ni nada parecido."



La saga/fuga de J.B. (27) 
Gonzalo Torrente Ballester 

Por fin Bastida se dispone a leer en voz alta su propio artículo - la pieza maestra de la que todo el mundo habla y no para- a su mentor, don Jacinto Barallobre, aún revestido con las ropas de obispo, pero sin mitra. “Yo no soy nadie” entona modulando la voz. La doble negación anula al hablante, sin derecho a concebirse como existente, lo cual es una manera como otra cualquiera de ser alguien. Yo no soy ni alguien, ni nadie: Soy un JB que ni se atreve a firmar el artículo con nombre y apellido. Se dirige a don Jesualdo Bendaña, profesor de universidad americana. Con el debido respeto de un no soy, le ruega que acepte las pequeñas objeciones a la entrevista de uno que se ha metido a investigar un poco; que no es de allí, sino que es un forastero procedente de Fornelos de Montes, lugarón de noches largas y donde la verdad varía. 

En las investigaciones Bastida ha tenido la suerte del novato, lo que a veces se le niega al eximio y concienzudo investigador. Dispone de unos datos que contradicen las declaraciones de Bendaña. Toma el ejemplo del obispo don Jerónimo Bermúdez cuyo nombre figura en la lista de los obispos de Tuy. Bien es verdad que fijándose un poco se advierten tramos de fechas sin el nombre correspondiente de obispo. Del obispo Jerónimo no existe ninguna referencia ni documento en el que figure su nombre. Ni una donación, ninguna venta, ni testamento ni nada. Pero hete aquí que afirma que Jerónimo corresponde al obispo hereje cuyo nombre se veta, que ni nombrar se puede no se vaya a pegar algo. Se sabe que los obispos del norte de Portugal y los gallegos se reúnen en el Concilio de Braga para combatir la herejía que se extendía como la peste por las tierras limítrofes del río Miño. ¿Cómo no se iba a extender si el puritanismo cátaro evitaba comer carne y prohibía ayuntarse con fembra placentera? Ni siquiera autorizaban el matrimonio. Don Jerónimo se vuelve populista, opone a tanto prohibicionismo un Panteísmo Monista que da permiso a los clérigos a frecuentar hembras, una apología exaltada del matrimonio que ordena diaconisas a las mujeres aunque sean casadas. 




"No creemos en pactos con el demonio, eso es evidente, somos hombres modernos con mentalidad científica."

A todo esto hay que añadir el matiz separatista del obispo hereje, quería caminar solo, separarse del rey de Castilla y del obispo Ramírez. He ahí la razón por la que el obispo Ramírez contó con la ayuda real, representado por el mariscal Bendaña, y todas las tropas de todos los obispos de Galicia y Portugal. El proceso contra el canónigo Balseyro en 1604 es bastante conocido. Lo citan Morente en su Historia de la Inquisición y Menéndez Pelayo en la Historia de los heterodoxos. Incluso lo hace Julio Cora Borraja en su obra magna sobre los herejes de los siglos XVI y XVII. Todos dan 1609 como la fecha de su muerte y no 1607 como quiere Mr JB. 1609 se corresponde con la fecha de entrada de las tropas reales y de la inquisición en la ciudad por la Puerta del Mar y esa misma fecha es la muerte de Balseyro como reza la leyenda. 

¿Cómo puede ser que el canónigo pudiera estar preso bajo siete llaves en Valladolid y a la vez liderar la defensa de Castroforte? Él se ha tomado la molestia de leerse las declaraciones del Proceso y los extraños viajes. Ese mismo día hablaron con el preso, pero un teólogo agustino afirma que gracias a un pacto con el diablo, el preso Balseyro puede estar en dos sitios a la vez. Hay un miembro del tribunal que lo secunda: lo ha visto desaparecer misteriosamente después de darle la comunión. El tribunal no admite la sugerencia del preso de que puede haber un doble y sentencia que Don Jacobo sale de la prisión mientras su cuerpo duerme.” No se trata de un pacto, sino que don Jacobo es un nigromante que descubre la cuarta dimensión. Un adelantado a su tiempo como Galileo que le permite estar en dos sitios a la vez. En su caso, dormir en Valladolid y morir en Castroforte

No evita el caso del almirante Ballantyne que cuenta con estatua en la plaza más hermosa de la ciudad aunque ahora los constructores quieran levantar en el solar bloques de veinte pisos y hacer aparcamientos en los jardines. Mister JB ha investigado en el cuaderno de bitácora de un Redoutable antiguo. El que vino a Castroforte es otro que se estaba construyendo en los astilleros de Saint Maló. Sólo hay que fijarse en las miniaturas que los artesanos de la paz construyen a mano para venderlos como imanes o regalos de la ciudad. 




"Ha venido a uña de caballo a comunicarlo por si el preso se hubiera escapado."

Concluye el escrito afirmando que lo que hay que demostrar es que el canónigo don Jacobo no pudo estar al mismo tiempo en dos sitios a la vez; que el obispo hereje no es don Jerónimo Bermúdez y que el almirante Ballantyne que viajaba en el Redoutable no era Sir John Ballantyne. No se le escapa que eso será difícil de conseguir;  después de tanto tiempo el “desmitificador que lo desmitifique buen desmitificador será.” Porque el que consiga destruir el mito de los JB será otro mito ya que la gente lo admirará como otra leyenda y así tendremos JB para rato. Bastida se despide porque no quiere dar más la lata, a pesar de que podría estar escribiendo dos o tres páginas más. 

A Barallobre le agrada la contundencia del artículo, las razones en contra de Bendaña son poderosas, no se las salta un gitano. Le gustan el tono, la ironía que desprende y la sintaxis despectiva que usa. Si fuera Bendaña, se pegaría un tiro en el pie o se batiría en duelo. El único inconveniente que observa es la falsedad de los argumentos. Le pide a Bastida que se dé un garbeo por la ciudad para oír los comentarios de la gente sobre el sermón y el artículo. Mientras tanto, él se va a echar la siesta del carnero.

Old man look at my life, 
I'm a lot like you were. 
Old man look at my life, 
I'm a lot like you were. 

 Old man look at my life, 
Twenty four and there's so much more 
Live alone in a paradise 
That makes me think of two.
Neil Young



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 13 de abril de 2017

La saga/fuga de J.B. (26) Gonzalo Torrente Ballester. Infame pedigrí.





"Un muerto no puede entrar en polémica con los imbéciles"

La saga/fuga de J.B. (26) 
Gonzalo Torrente Ballester 

Don José Bastida publica en la Voz de Castroforte un artículo que titula Puntualizaciones. Don Acisclo compra el periódico, lee el artículo y con la elegancia anticuada de caminar con el periódico bajo el brazo –no el móvil de la mano-,   se encamina al Pazo de Bendaña. Puntualizaciones causa impacto en los lectores. La desmitificación de Castroforte no va a ser tan mollar como algunos pensaban. La resistencia se organiza para la defensa de lo propio, los mitos y leyendas antiguas. El artículo se lee en voz alta en las peluquerías, tabernas y salas de espera de los dentistas. Don Aníbal Mario convoca a la Tabla Redonda para leerlo en alto y que consten en acta también los comentarios. (A falta de Facebook, Twitter o Instagram con comentarios, me gusta y favoritos, don Gonzalo concibe una red social interna en Castroforte del Baralla) Se siente satisfecho de la agilidad de su periodista consentido. A don Jacinto Barallobre le afligen los celos un poco porque la criada, como le llama Clotilde, le salga respondona. Que no se preocupe su hermana porque Jacinto Barallobre aún tiene recursos para seguir siendo importante y mantener en la desesperación a Bendaña. Su renacuajo, Bastida, no llegará a cuajar en rana grande. José Bastida no es un lerdo cualquiera para don Acisclo. Para don Jesualdo Bendaña el artículo de Bastida sólo le ha puesto un poquito más difícil el asunto de la desmitificación de las leyendas por lo que su triunfo será mayor cuando se produzca. 

Don Acisclo accede por fin al matrimonio de Bendaña con Lilaila. Se compromete a casarlos por los Idus de marzo, al oscurecer y en la Real Colegiata. En la casa de los Aguiar hay mucho ajetreo con lo de la boda por lo que no conceden importancia al artículo de Bastida ni al funeral de Barallobre que al final se celebra bajo la completa responsabilidad del Deán. Barallobre siente curiosidad por comprobar la identidad de los que asisten a su propio funeral. Vigila detrás de las cortinas. Bastida acude porque Barallobre se lo pide y porque presiente alguna salida de tono por parte de don Acisclo. Llega con tiempo, un poco antes de la hora. Los parroquianos hacen corros y hablan de sus cosas. Muchos se acercan a felicitarle por el artículo. Él se escabulle de los felicitadores y se junta con los de la Tabla Redonda. Desde allí se divisa la curva del Mendo hasta donde deja ver la niebla. Don Aníbal Mario se siente saudoso. Le recuerda al Mondego, el más lírico de todos los ríos portugueses porque no le debe agua a las tierras del oriente. Manifiesta a los del corro las ganas de cantar y que se dejen de tantos funerales con tanto miserere y gorigori. 




"Se podía contemplar la amplia curva del Mendo, como de azogue quieto"

Tocar la campana y deshacerse los grupos es todo uno. Bastida busca un lugar desde el que ver sin ser visto demasiado. “Lugar de sombras favorables” que encuentra debajo del Arco del Perdón. La misa fúnebre es como todas: mucho cura con roquete y sobrepelliz más la ausencia de don Acisclo. Para el evangelio ya salen algunos a echar un cigarro. Semejante a los grupos de fumadores a las puertas de los bares de ahora. Los golpes repetidos de la contera del báculo pontifical contra las losas resuenan en el silencio de las naves. El obispo revestido de pontifical avanza erguido, sube al púlpito despacio con solemnidad litúrgica. Mira a los ojos a la muerte, súbita y ladrona de la vida. Los feligreses escuchan la voz temblorosa del obispo, Jerónimo Bermúdez, con el corazón encogido, los ojos tristes y el alma asustada. Alaba la grandeza del finado: la alta cuna, los merecimientos personales y su reputación intachable. Pero que no les entristezca su muerte, la de don Jacinto Barallobre es la de los elegidos. Descansa al lado del Rey Artús, del Rey Sebastián, de los barones ilustres y de todos los antepasados JB que les traerán la libertad. Con ellos descansa en el Círculo Tranquilo, ese lugar sagrado que reúne los misterios del cielo y de la tierra, ese lugar donde sosiegan las olas y los peces mayores tienen la entrada prohibida. Les propone desde el púlpito que igual que todos los antiguos JB tienen dedicados un nombre de calle o rotonda, la Tierra de Nadie pase a llamarse Tierra de Barallobre de ahora en adelante. 

Nadie respira en la iglesia, todos quietos, cobijados por el olor a incienso esparcido en todo el ámbito. Los ventanales llenos de luz del sur. Les conmina a estar alerta en el remate del sermón porque Barallobre ha muerto sin descendencia y se acaban los JB. Que miren a las estrellas para descifrar el destino. Vendrán los otros, los reconocerán “¡en el brillo oscuro de los ojos que han contemplado el misterio del Más Allá de las Islas: un oscuro modo de brillar! Estad alertas.” El obispo se coloca la mitra, requiere el báculo y con pasos medidos abandona el púlpito. 



"Pues yo le aseguro que no lo hice por mal, [...] sino para indicarle los escollos que va a encontrar en su camino."

Don Acisclo se desliza de incógnito por una nave lateral hasta la sacristía, desde allí escucha el sermón del obispo Bermúdez. ¡Menudo caradura! la de ese Barallobre, piensa para sí, pero reconoce que es un gran orador. Al acabar arma la marimorena en la sacristía. Ordena al sacristán que diga a quien sea que ese sacrilegio no quedará impune. Amenaza con llamar a la guardia civil para que una pareja desaloje la iglesia. Cuando todos los clérigos con derecho a cajón de la sacristía han recibido la ración iracunda de improperios, don Acisclo se sosiega y se dirige a casa del Poncio donde tiene pedida hora de audiencia. A éste le preocupa que don Barallobre vuelva a salir disfrazado de los dos JB que todavía le quedan: de brujo y de Almirante, haciendo nigromancias y dirigiendo de nuevo la defensa de Castroforte. Claro que siempre puede ordenar su detención, pero decide escribirle una carta. Mientras tanto, Alicia, natural de la Almunia de doña Godina y mujer de don Jacinto Barallobre, aprovecha para contarle a don Acisclo unas tentaciones de las que es víctima. Confiesa que siente deseos irrefrenables de agarrarse a su marido y comerlo a besos, pero tiene que refrenarse por no romper el camino de virtud emprendido de restringir el uso del matrimonio hasta la neurastenia. Don Acisclo reconoce que ha ido gradualmente dulcificando su opinión demasiado severa sobre la sexualidad gracias a la lectura. Le aconseja que lo coma y no sólo lo que deja ver el pijama: la cara y las manos, sino que empiece por quitarse el camisón primero para escándalo de Alicia. Él se lo advertirá al Poncio para que se entiendan. Acto seguido don Acisclo marcha al confesionario a imponer penitencias feroces. 

Al atardecer del mismo día llega la carta del Poncio a Barallobre en la que le dice que se abstenga de escandalizar al pueblo con extravagancias. Espera “de su sindéresis la más completa obediencia.” Siente frustrarle los planes de salir esa noche vestido de nigromante y la llegada en gabarra con dieciséis remeros, ocho por banda, y todo el pueblo recibiéndolo con bengalas. Barallobre pide a Bastida que le lea su artículo en voz alta, como un poema leído por el poeta. “Su voz debe añadirle mucha fuerza.” De nada le sirven las excusas de que la pieza no es una obra de arte como el sermón. Las razones expuestas en él “tampoco son de las que tumban un castaño.” 

Según el parecer de Clotilde, en casa de Bendaña están preocupados por el efecto en el público. Ella, sin embargo, está alegre. No hay derecho a tanto mirar el pasado con ojeriza, ni a que alguien venga a decir que toda su historia es una patarata por muy profesor que sea. 



Cuando los dioses paganos 
me otorguen su bendición 
terminaré la canción 
que te prometí un verano 
con una condición 
que me quieras libre y partisano 

Cuando el presente agoniza 
con infame pedigrí 
y al pasado el porvenir 
lo mira con ojeriza 
y mis ganas de ti 
presas en un círculo de tiza
Joaquín Sabina





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 6 de abril de 2017

A sangre y fuego. Los guerreros marroquíes. Manuel Chaves Nogales. Mapas de la oscuridad.







"Una punta de vanguardia del ejército rebelde formada por moros y legionarios se había infiltrado por uno de los pasos menos accesibles y avanzaba por la retaguardia de los milicianos."


A sangre y fuego 
Héroes, bestias y mártires de España. 
Los guerreros marroquíes 
Manuel Chaves Nogales 

La acción transcurre en la sierra de Gredos y en Madrid al principio de la guerra. Las fuerzas rebeldes han partido de Ávila para limpiar de rojos los pueblos de la sierra e intentar abrir otra vía en la marcha sobre Madrid por el valle del Tiétar. Los milicianos, mal armados con escopetas de caza, se fían de la protección natural que les ofrece la sierra. Una patrulla de lugareños detiene al moro Mohamed herido en una pierna. Mohamed deja fuera de combate a tres milicianos al ver la pobreza del armamento que portan. Pero no puede con el cuarto, un rocoso cabrero achaparrado, rápido como un jabalí que lucha a cabezazos, mordiscos y pedradas como los primitivos habitantes de las cavernas. Un goyesco duelo a garrotazos. Lo bajan medio muerto a lomos de una mula, lo curan con delicadeza y los mismos paisanos que lo detienen,  lo fusilan al amanecer. “El moro era del pueblo porque del pueblo eran los milicianos que lo habían capturado.” Y sanseacabó. De nada le sirve a Mohamed mendigar misericordia, ni la súplica y la sumisión de su “yo estar rojo yo estar república.” 

Cuando parece que el relato se va a quedar con los milicianos, cabreros, pastores y braceros de la sierra de Ávila, el autor nos vuelve a sorprender llevándonos a las tiendas en las que pernoctan los moros que apenas balbucean unas palabras de español primario. Allí lloran la ausencia de Mohamed, el soldado desgarbado y de ojos azules que vino de lejos a luchar contra los franceses que los humillan en su tierra y apoyan al gobierno republicano. El caíd odia a los oficiales que beben y cantan para celebrar la buena marcha de la campaña. El siente una pena honda por la pérdida de Mohamed, el amigo, uno de los más destacados guerreros de su tribu. Rechaza la bebida como buen musulmán, los oficiales le prometen las orejas de unos cuantos rojos como venganza. Siente desprecio por la celebración a costa de la sangre de sus compatriotas, siempre en la primera línea de fuego, usados como fuerzas de choque para romper al asalto las líneas enemigas. 





"Por un lobo muerto daban los alcaldes cinco duros; por un moro vivo deben dar lo menos cincuenta."


Los campesinos, los cabreros y pastores, los jornaleros del campo de los pueblos asentados en el valle, arrastrados por un odio feroz a los invasores, se muestran decididos a detener el avance de las tropas fascistas que se descuelgan de las atalayas y avanzan. Pero faltan armas: “No importa; iremos detrás de los milicianos y cuando caiga alguno cogeremos su fusil y seguiremos luchando.” Sin embargo, la realidad es mostrenca, al primer envite los ponen boca abajo. Se produce la desbandada y la represión feroz; son cazados como conejos por el monte. Los militares imponen la paz romana en tres días. Los campesinos y las gentes del campo regresan a sus labores cotidianas, a la esclavitud del trabajo de sol a sol. Abren el puño y extienden la mano. La guardia civil vigila y los falangistas organizan la vida de los pueblos, el escrutinio y la represión salvaje de la retaguardia. 

Transportan a los guerreros africanos a las posiciones de la Casa de Campo en las afueras de Madrid. En su interior anida el orgullo de una raza superior a “unos hebreos que no saben luchar.” Las riquezas de la gran ciudad, realzadas por la luz velazqueña de Madrid y la sed de venganza por tantos compañeros caídos en combate,  hinchan de ardor guerrero y coraje los pechos de los guerreros del Rif. Tienen al alcance de la mano la oportunidad de la venganza por tantas humillaciones sufridas en su tierra ante los fusiles europeos. 



"Abatidos por el plomo de los milicianos atrincherados caían unos tras otros los guerreros africanos."

No todo el monte es orégano; el primer día del ataque sobre las trincheras rojas comprueban que “no todos los españoles son miserables hebreos.” Allí hay entraña dura española, Agustina de Aragón  que se crece en el castigo, como el toro de Miguel Hernández, dispuesta a vender cara la derrota. Por donde atacan las fuerzas moras dejan huella en los parapetos. Hacen brecha, rompen las líneas a fuerza de muchas bajas, pero al no ser secundados con el éxito por los ataques de legionarios, falangistas y requetés, los embolsan y los hacen prisioneros al cortarles la retirada. Las trincheras que defienden la capital, cavadas con tanto esfuerzo por las entusiastas gentes de Madrid,  empiezan a dar su fruto; son también la tumba de muchos combatientes africanos. Los habrían acodado allí mismo, pero deciden prorrogar la vida un poco a las dos docenas de cabileños supervivientes. Los montan en una camioneta y les dan una vuelta por Madrid. Los rodean miles de personas, niños y mayores, como hacían con la estantigua de don Quijote y Sancho, como fenómenos de circo. Los miran como pobres bestias, seres inferiores engañados por los fascistas. El pueblo de Madrid de Pío Baroja los habría indultado, les habría perdonado la vida, pero los que hacen las guerras en su nombre deciden fusilarlos. La ley de la guerra es severa.


Robaron las linternas, 
 la lumbre en las cavernas, 
 no nos dejaron mapas de la oscuridad.
Vetusta Morla


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


sábado, 1 de abril de 2017

A sangre y fuego. El tesoro de Briesca. Manuel Chaves Nogales. Apareció la luna.




"Apenas chocaban con la férrea disciplina y la técnica profesional del ejército sublevado perdían su fuerza imponente y se deshacían como la espuma."


A sangre y fuego 
Héroes, bestias y mártires de España. 
El tesoro de Briesca 
Manuel Chaves Nogales 

El relato está ambientado en el avance de las columnas africanas sobre Madrid durante los primeros meses de la guerra civil. El tema central de la historia es el interés que el gobierno republicano pone en la conservación del patrimonio cultural y artístico. Un ejemplo de las dificultades y falta de un plan que preservara de la destrucción y del saqueo la riqueza artística nacional. No solo eso, el relato supone, como ocurre en la colección de historias breves, una muestra más de la maestría del autor para adaptar el material narrativo extraído de los acontecimientos reales al argumento de la historia. En este caso la perfecta asimilación a la narración y al tema principal de conceptos bien trabajados como el heroísmo y la creación de un héroe, predicar con el ejemplo, la desventura, el sacrificio inútil, la incapacidad de la palabra cuando hablan las pistolas, el escrutinio de los libros y de las obras de arte, la hoguera purificadora que reduce a cenizas en un rato lo que se tarda generaciones en construir, el papel de los intelectuales en la guerra: “Soy un cochino sentimental, un lamentable artista, tan blando y tan incapaz para la revolución como todos los artistas y todos los intelectuales.” Confiesa el camarada Arnal. 

“Salve usted todo lo que buenamente pueda” le dicen en Madrid antes de presentarse en Briesca en un coche con escolta de milicianos armados. Arnal es un artista joven, de los mejores pintores jóvenes del momento. Las bombas de la artillería franquista castigan el pueblo desde unos altos cercanos. Esperan el ataque de las tropas de infantería para el día siguiente al amanecer. El cometido nunca es fácil porque los comités revolucionarios de los pueblos son celosos de sus riquezas, se oponen a que nada salga de los pueblos. En Briesca el comité revolucionario le ha ordenado a un hombre que se encargue del escrutinio de los bienes y que eche al fuego todo lo que huela a iglesia y religión. Llegan al acuerdo de que todo lo incautado que tenga valor inmediato,  se lo quedará el comité que se lo llevará si hay que escapar. Arnal junto a dos miembros del comité se hacen cargo de las riquezas artísticas entre las que hay dos lienzos del Greco. Todo lo demás que no tenga valor de mercado, a la hoguera, no vaya a ser que la revolución no salga y se los vuelvan a pasar por los hocicos. La nueva fe popular empieza con fuego purificador. Arnal propone que las cosas se conserven aunque no sea más que para los museos de ateísmo o algo, pero nada, todo a la hoguera. 

Se dan prisa en hacer la clasificación pues las bombas fascistas arrecian y es probable el ataque por la mañana. Arnal y los dos miembros del comité asignados cambian los fusiles por picos y palas y entierran con gran trabajo (siempre es más fácil disparar) los tres paquetes en lugar secreto. Bajo tierra con las primeras claras del día. Luego retoman las armas y marchan al frente a partirse la cara con los fascistas. Arnal recoge en una bolsa unos pequeños objetos religiosos desechados. Objetos humildes, imágenes talladas por los pastores y labradores, productos de la piedad popular: estampas, exvotos, rosarios rústicos tallados a navaja en la soledad del campo. 



"Veinte millones de seres pertenecientes a una raza vieja en la civilización se precipitaban a la barbarie de las edades primitivas."

"La cosa va mal.” Exclama un miliciano nervioso en la plaza del pueblo. Hay que mandar las camionetas a recoger heridos, pero las camionetas han huido, los jefes se baten en retirada en dirección a Madrid. Las tropas fascistas han roto el frente por varios sitios y muchos milicianos embolsados han entregado la cuchara. Arnal es testigo de cómo un comandante intenta detener la desbandada a tiros en la plaza del pueblo. Pero los desertores son más y más malotes, lo ajustician y huyen también. Ahora ya él es el único que sabe dónde está enterrado el tesoro de Briesca, ve cómo mueren los dos miembros del comité que le ayudaron a enterrarlo. Echa a andar carretera de Madrid adelante bajo las balas y la metralla de la aviación enemiga junto al “rosario de fugitivos que a veces quedaba cortado por las ráfagas de plomo, como cuando se corta de un pisotón la procesión de un hormiguero.” 

Madrid aún no es el frente en ese momento, continúa siendo la retaguardia que recibe oleadas de voluntarios de todos los pueblos y comarcas de la España republicana. Los voluntarios de las regiones ricas llegan marciales con sus flamantes uniformes recién estrenados como si fueran a una boda. Los que proceden de la pobreza y escasez matan el hambre en la milicia por primera vez en su vida. Las vanguardias fascistas compuestas por soldados profesionales penetran en las líneas fervorosas de revolución que se deshacen como la espuma de las olas que mueren en la playa. Muchos tiran los fusiles y se vuelven a su tierra, otros se vuelven a Madrid a llenar los tugurios y tabernas. Era difícil convertir aquel entusiasmo antifascista campesino y obrero en soldados capaces de derrotar la disciplina de las tropas franquistas en el frente. Definitivamente, aquella masa de campesinos y obreros entusiastas no sabía hacer la guerra a campo abierto. Mientras tanto en la retaguardia se crea una burocracia formidable a la que se apuntan los huidos del frente para ejercer el control revolucionario. Hasta se crea el Grupo gastronómico de la FAI. Formado por los “más bizarros y heroicos de sus milicianos.” Las tropas de Franco a las afueras de Madrid



"Se murió sin saber que su gesto no había sido tan estéril como creyó."

El camarada Arnal pertenece a una de estas organizaciones de la retaguardia que crecen como un cáncer maligno. Su cometido no es fácil, pero su interior abriga alguna esperanza. Siente fascinación por el respeto que muestran estos soldados astrosos, de hambre milenaria, hacia la riqueza artística que les rodea y que no saben interpretar. El destrozo en el patrimonio es mucho menor del esperado. La guerra civil era una mala prueba para el materialismo histórico. 

A veces se pregunta para qué intentar salvar algo si ninguno de los tesoros ha servido para ahorrar un solo crimen. Si muere el hombre, que mueran sus creaciones. Para crear el hombre nuevo es mejor destruirlo todo, partir de la nada, lo viejo está infectado de maldad primitiva. Por eso ni se inmuta cuando el cielo de Madrid se convierte en humo y cenizas. Ardiendo por los cuatro costados debido a los bombardeos de la aviación fascista que convierte en bengalas los lienzos de Velázquez y Goya que se guardan en el palacio de Liria alcanzado por las bombas, presuntamente ordenado por su propietario, el Duque de Alba. “Nada debía hurtarse ya a la cólera de los hombres.” El contribuirá a la destrucción, que se pudran en la tierra los dos cuadros del Greco enterrados. 


Ahora lo único importante es ganar la guerra y a ello quiere dedicarse. Dimite de su cargo y se ofrece como combatiente. Lo nombran comisario político. El primer día en el frente es testigo de la desbandada causada en la tropa por el impresionante aparato bélico fascista. Potencia de fuego combinado de artillería, carros, aviones y la aguerrida infantería. El instante en el que todo cambia, el climax de la narración, sucede casi al final. La lección de heroísmo individual de un capitán del ejército que considera que cuatro meses de huida es suficiente. Armado de valor sin límite, coge una maquina ametralladora, se pone en la mitad de la plaza del pueblo con toda la munición que puede y allí espera a los fascistas. Vende cara su derrota, dispara hasta el amanecer que enmudece para siempre. Pero el acto de heroísmo no es en vano, contagia al comisario político, Arnal, que también cae bajo las balas enemigas. A partir de ese momento los milicianos dejan de escapar. Plantan cara y defienden Madrid. Y Madrid sitiado no se rinde hasta el final de la guerra. Un periodista americano compra por cinco dólares el dibujo con el secreto que Arnal se lleva a la tumba. El miliciano muerto vale dos obras del Greco.

Cuando llegó la noche, apareció la Luna, 
 y entro por tu ventana 
 que cosa más bonita cuando la luz del cielo, 
 ilumino tu cara 
José Alfredo/María Jiménez



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



jueves, 23 de marzo de 2017

A sangre y fuego. La Columna de Hierro. Manuel Chaves Nogales. Duelo salvaje.






"Encontró al borde del camino los cadáveres de dos hombres que habían sido fusilados por la espalda. Estaban cogidos de las manos fraternalmente."


A sangre y fuego 
Héroes, bestias y mártires de España. 
La Columna de Hierro. 
Manuel Chaves Nogales 

La Columna de Hierro es un relato complejo, una trama bien trazada que se enreda y crece en la verdad universalmente aceptada de que en una guerra o matas o dejas de vivir. El relato huye de la división entre buenos y malos, todos están empeñados en mandar e imponer la idea propia aunque sea a martillazos y cuando se estorba al dominante, sucede el fusilamiento como le pasa en la historia a los que se organizan para defender a los presos. Es reseñable también el toque de humor cervantino que acompaña la tragedia: Jorge, el piloto inglés que se pasa borracho la mayor parte de la historia, que se viene a España voluntario a matar al dragón fascista y se encuentra con una locura de fuego y sangre, un laberinto incomprensible de pasiones suicidas. Sobrepasado por el galimatías hispano de la guerra entre facciones. Pero, ¡ojo!, entiende que la disciplina es indispensable y al final será el justiciero vengador desde el aire. 

Los hechos luctuosos ocurren en la huerta valenciana, la tierra de Blasco Ibáñez poblada de naranjas redondas que quitaron mucha hambre en la guerra y la postguerra. Una de las zonas más ricas de España por la bondad del clima mediterráneo y la varias veces centenaria y acertada gestión del agua durante los meses de escasez. Los enrevesados cruces de caminos y senderos estrechos que curvean los campos de naranjos, las huertas feraces, las acequias y frutales es la tumba de la funesta Columna de Hierro. La Columna de Hierro es una cuadrilla de unos ciento cincuenta hombres armados hasta los dientes que siembran el terror en la retaguardia de la zona roja. Los hombres y mujeres de la tierra, gente de campo, huertanos bregados de manos encallecidas por horas de azada para arrancarle el fruto a la tierra: gente cabal de una sola palabra, acostumbrada a negociar las horas y la cantidad de agua para la huerta, fieles a la república, le cantan las cuarenta a los más revolucionarios que nadie. Le plantan cara a la justicia revolucionaria que mata en nombre del pueblo. 

La historia es un ejemplo claro de la guerra dentro de la guerra en el lado republicano y la eterna disputa entre republicanos, socialistas y comunistas por un lado y ácratas, anarco sindicalistas y trotskistas por otro. Los primeros defienden que es necesario dedicar todos los recursos para ganar la guerra y los otros apuestan por hacer la revolución, imponer su régimen aprovechando la debilidad del gobierno y hacer la guerra por su cuenta en la creencia de que el pueblo que quede después de las purgas les será sumiso. 






"Se mantuvo enhiesta mientras las demás se aplastaban contra la tierra."

En efecto, unos quince o veinte hombres armados y vestidos con chaquetones de cuero, gorros de piel con orejeras y aire de conquistadores irrumpen en el music-hall durante la actuación de una cupletista desnuda al grito de ¡Viva la Columna de Hierro! Jorge, el inglés de ojos claros, tristes como un perro resacoso, pasa las horas de permiso borracho como una cuba. 

La Columna de Hierro está formada por desertores de los frentes de Huesca y Teruel. Recorren los pueblos del Reino de Valencia sembrando el terror, dedicados al pillaje y destrucción. La mayoría de ellos son ex presidiarios,  parroquianos asiduos de los tugurios del Barrio Chino de Barcelona. Acogidos entre los pliegues de las banderas rojinegras de la FAI, se unen a las columnas de voluntarios que en los primeros momentos se echan al frente entusiasmados a defender la república. Una vez que se estabilizan los frentes, los líderes no tienen más remedio que sacrificar la utopía libertaria y convertirse en fuerzas disciplinadas, sometidas a la jerarquía. El mismo Durruti se convierte en un dictador implacable e inflexible con los desertores de su columna. Se le oye decir: “Para el traidor a la causa siempre hay una bala perdida.” Más pronto que tarde desaparecen de su tropa los que acuden al olor del botín. 

Uno de los destacamentos que se desgaja de la disciplina es la Columna de Hierro. Al principio son sólo unas pocas docenas de hombres, pero poco a poco se van uniendo más desertores y criminales que asolan la zona y se atreven a asaltar Castellón y Valencia entregándose al saqueo. 

La gente que llenaba el music hall se escabulle por las puertas de salida al ver la algarabía. Sólo quedan dentro el inglés borracho y Pepita la tanguista que se le arrima al calor de las libras esterlinas más valiosas que las pesetas republicanas. El Negus, uno de los subalternos del Chino, cobra en sordo. El inglés justiciero lo tira patas arriba de un puñetazo en la mandíbula poblada de barbas al intentar propasarse con una de las bailarinas. En vista del estropicio inesperado, el Chino le ofrece un sitio en la cuadrilla si lo que quiere es matar fascistas. Jorge acepta la invitación y se va con ellos, lo cargan en la caja del camión a dormir la mona y Pepita lo sigue. 

Desde la batea del camión cubierta por una lona Pepita escucha las disputas con los integrantes de los comités revolucionarios de las localidades por las que pasan. Los expedicionarios siempre los acusan de ser demasiado condescendientes con los contrarrevolucionarios. Consideran que los fascistas siempre se valen de compromisos y relaciones familiares para librarse del paseo. A mediodía llegan a Benacil. Allí los detienen en un parapeto. En Benacil gobierna un comité revolucionario mandado por Pepet, un republicano antiguo, huertano viejo y Tomás de secretario, afectado de retórica marxista. Afirman que no queda ni un fascista suelto, los han encerrado a todos. El orden del gobierno republicano funciona. Los hombres de la Columna de Hierro exigen el control de los presos y la entrega de las armas. No se ponen de acuerdo, pero los forasteros maniobran y llegan al centro del pueblo desierto. Descargan al inglés terciándolo a los hombros como un costal de trigo mientras que los miembros del comité discuten la nueva situación. Tomás, socialista, apuesta por hacer frente a la columna, los extirparán como hicieron con los fascistas. Piensa que esta gente es la mejor propaganda del fascismo. “Los pueblos por donde pasan esos bandoleros se tornan fascistas. Esos canallas son los mejores propagandistas de Franco.” 




“La vieja fe democrática tenía aún sus defensores.” 


Pepet señala que si no son capaces de detener a esa horda de asesinos, él se va a casa a esperar que lo degüellen las tropas de Franco. Pero no se resignan, van a luchar por la democracia y su república. Parten los emisarios en alpargatas a avisar a los huertanos de las alquerías y barracas. 

No resulta fácil convencer a su gente de que ahora tienen que luchar contra los que hasta entonces han sido sus compañeros de viaje revolucionario, pero la disciplina comunista y el fanatismo hacen milagros. Lucharán contra los ácratas con el mismo fervor que contra los fascistas. Ambos son enemigos de la dictadura del proletariado. 

En la cárcel se prepara la tremolina. Allí se presenta la Columna de Hierro a impartir la justicia revolucionaria: ejecutar a unos y liberar a otros. Oleadas de huertanos milicianos asedian a los forasteros bandoleros en la cárcel. Durante el fragor de la balacera, Jorge se une a ellos para luchar contra los fascistas que resultan ser los mismos que le transportaron la víspera en el camión. Los presos aprovechan la confusión para escapar con la ayuda de Pepita. A Jorge no le parece mal, ya los matarán luchando contra ellos noblemente en el campo de batalla. El Chino consigue escapar de la ratonera con la ayuda de Pepet y Tomás,  usados como escudos humanos. Luego los fusilan. Pepita sigue con la columna de los anarquistas. Los azuzará para que sigan matando en la creencia de que así los pueblos reaccionarán y se harán fascistas como mal menor. Así servirá a su causa. Se separan porque el inglés ha venido a España a matar fascistas y termina matando antifascistas. Respondiendo a la llamada del gobierno para acabar con las bandas armadas como la Columna de Hierro, un día los caza como a conejos desde el avión. Eso sí, el último disparo fue para Pepita, la fascista.

Lucha de gigantes 
Convierte 
El aire en gas natural 
Un duelo salvaje 
Advierte 
Lo cerca que ando de entrar 
En un mundo descomunal 

Siento mi fragilidad
Nacha Pop




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.