miércoles, 11 de enero de 2017

Novelas Ejemplares La gitanilla (1) Miguel de Cervantes. Cobre amarillo.





"Y,  finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo"



Novelas Ejemplares 
 La gitanilla (1) 
Miguel de Cervantes 

La gitanilla es una novela breve con final feliz. Si comienza con un exabrupto de carácter xenófobo que coloca a los gitanos fuera de la ley, en la periferia de la sociedad, termina con el triunfo de la clemencia, la victoria del amor y el enterramiento de la venganza. Pero ya sabemos que Cervantes tiene truco, como él mismo señala en el prólogo de los doce cuentos que llama Novelas Ejemplares y que a menudo nos advierte Pedro Ojeda,  nuestro maestro on line en asuntos literarios. Descubrir el truco, ese será el cometido del tercer acercamiento a Cervantes del grupo de lectura de La acequia. 

Las cosas pasan en Madrid y después en el camino. Camino de los montes de Toledo, camino de Extremadura, evitan Sevilla porque la gitana vieja tiene allí deudas pendientes, y la trama viene a morir en las tierras de Murcia

El peso de la narración lo lleva un narrador omnisciente clásico que narra la historia en tercera persona. Por apuntar algo que a mí me parece peculiar en una novela es su interés por aconsejar a la protagonista, Preciosa, La gitanilla, a la manera de los apartes de las obras de teatro, que suelen ir entre paréntesis en el texto escrito: “Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir; que ésas no son alabanzas del paje, sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte; no penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hieran y sobresalten el menor de vuestros descuidos.” 

“Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones.” Para qué andar con rodeos, la primera frase de La gitanilla es un directo a la boca del estómago que deja medio grogui al lector desprevenido para el resto del relato. Pura provocación, un rabotazo inesperado, pero que nadie diga que este puñetazo en la mesa no es un comienzo magistral para atarte a la lectura. Y qué me dicen de “los gitanos y gitanas.” Faltaba bastante para la llegada de eso que llaman arroba, vete a saber por qué y ponen (gitan@s.) El lenguaje políticamente correcto, tan cursi y tan de moda. Por cosas como éstas se sigue leyendo a Cervantes. Todo está en Cervantes, pero nunca sabremos si el autor está de acuerdo con la afirmación cabecera del narrador o solamente pone de manifiesto algo que la gente comenta en la calle. 




"Al cabo sacó la mano vacía y dijo:" 


Resulta que una gitana vieja, jubilada en la ciencia de Caco, cría una chiquilla a la que llama Preciosa. Le enseña todas las gitanerías a su imagen y semejanza. La chica sale dotada con el arte y el innato flamenco compás para el baile además del temple necesario para el toque y el cante. Ni los aires ni los soles de la intemperie castellana consiguen deslustrar el rostro ni curtirle las manos. Viendo la abuela el diamante en bruto que tiene entre las manos, le busca maestros que le enseñen los secretos del baile y le escriban los mejores poemas para cantar. Total que con quince años por San Miguel y la venida de la edad, es decir, hecha la chiquilla una mujer de bandera, “en extremo cortés y bien razonada,” la presenta en la villa y corte donde todo se compra y se vende. El día de Santa Ana, patrona y abogada de Madrid, un plantel de ocho gitanas, guiadas por un gitano gran bailarín, hacen el paseíllo por las calles de la ciudad. Pronto corren los muchachos y la gente mayor a hacerle corro, atraídos por el run run de la belleza de La gitanilla que baila, toca y canta como los ángeles. 

“¡Lástima es que esta mozuela sea gitana!” Exclaman unos y se extrañan otros al verla desenvolverse con tanta gracia y donaire. Más de doscientas personas entusiasmadas congrega alrededor cuando entona el romance “Salió a misa de parida” sobre la reina doña Margarita en Valladolid, compuesto por un poeta de los de número (nada de un PNN cualquiera). Contentas por escuchar las buenas nuevas del vástago que asegura la sucesión de la monarquía. Dan vivas a la reina fértil que ha de “dar por crías águilas de dos coronas.” 

Un paje que la oye cantar le pone en el pecho un romance junto a una moneda de escudo. Si es bueno, le pagará para que le componga, le asegura ella. Otro caballero le da permiso para que lea en público la glosa de un enamorado a la belleza y donaire de la gitanilla, Preciosa. La gitanilla sabe leer y escribir, la vieja gitana la está moldeando con finura, gitana fina. 

Un día temprano camino de Madrid se presenta un joven mancebo vestido como un pincel, solo y a pie, cosa extraña porque afirma ser caballero, hijo único y heredero de mayorazgo. Quiere servir a Preciosa para hacerla su igual y señora. Como prueba de que no va de farol, trae consigo cien escudos de oro como arra y señal de lo que piensa entregar por la mano de Preciosa. Ella lo acepta, pero su única joya es su entereza y virginidad y está dispuesta a llevarla a la sepultura, ni se compra ni se vende. “Cortada la rosa del rosal, ¡con qué brevedad y facilidad se marchita! Éste la toca, aquél la huele, el otro la deshoja, y, finalmente, entre las manos rústicas se deshace.” No se la llevará sino atada con las ligaduras del matrimonio. Primero ha de pasar un noviciado de dos años, llevar el traje de gitano y seguirla en su caravana. Le impone condiciones tan bien expuestas que ni un colegial de Salamanca. Esta chiquilla “habla latín sin saberlo.” Dice asombrada la gitana vieja. 




"Cabecita, cabecita/Tente en ti no te resbales"


Todavía otro día van los gitanos a Madrid a hacer por la vida y comprobar quién es Andrés (Por el interés te quiero Andrés). Otro encontronazo con el paje poeta y un nuevo soneto dedicado que le leen los caballeros con el consiguiente soponcio de Andrés enfermo de celos. Andrés se presenta en la acampada de los gitanos a lomos de una mula de alquiler. A los gitanos se le van los ojos detrás de la caballería. Una buena moza, todavía sin cerrar y andariega. Tendrá buena venta puesto que no presenta mataduras ni llagas de las espuelas. La harán dinero en el mercado de los jueves de Toledo

Muera pues la sin culpa le dicen los gitanos cuando Andrés les quita la intención y les pide que la maten y la entierren. Nada de dejarla para los buitres por miedo a ser descubierto. El pagará de lo suyo lo que valga, lo que piensan sacar en la feria de Toledo. Que los despojos de la mula fertilicen la tierra. 

A continuación, un elocuente patriarca gitano le canta las cuarenta. Le endiña un discurso de categoría cervantina. La severa ley de los gitanos explicada a un payo lego, el código inviolable de aplicación inmediata entre su gente. Lo trataremos de resumir, pues se trata de otra perla cervantina, pero será otro día porque esto se alarga. 


 Las piquetas de los gallos 
 cavan buscando la aurora, 
 cuando por el monte oscuro 
 baja Soledad Montoya. 
 Cobre amarillo, su carne, 
 huele a caballo y a sombra. 
 Yunques ahumados sus pechos, 
 gimen canciones redondas.
Federico García Lorca /Manuel y Alba Molina





 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 5 de enero de 2017

Niebla (y11) Miguel de Unamuno. Y cierra la puerta.




"El pobrecillo, recordando mi sentencia, procuraba alargar lo más posible su vuelta a casa."


Niebla (y11) 
Miguel de Unamuno 

El viaje relámpago de Augusto a Salamanca termina al atardecer. La misma noche regresa en tren con la sentencia de muerte sobre su cabeza. (Siempre sobre la madera/ de mi vagón de tercera). La estrechez del departamento hace de corredor de la muerte. Por su mente medio adormecida por el traqueteo, pasan fugazmente los paisajes familiares de la tierra que dejará para siempre: las encinas poderosas, los pinares, los páramos castellanos y las montañas nevadas. Con el futuro escrito y privado de la posibilidad de quitarse de en medio, la suerte está echada. No hay marcha atrás a estas alturas del relato. Procura que el viaje dure lo máximo posible, pero un imán misterioso, un impulso íntimo,  lo arrastra a casa para morir cerca de los suyos. Todas las desventuras, su historia tragicómica y su propio cuerpo se funden en una niebla. Sólo hay algo más triste que no ser más que una fantasía, ser el sueño de otro. Definitivamente, es un buen hombre que ha venido al mundo para rendirse brazos en alto, a sufrir y ser humillado. La nada le parece más pavorosa que el dolor. 

Déjese de andrónimas y cosas de libros, le reprende tratando de animarle Liduvina cuando lo ve aparecer en la puerta como un fantasma, como la muerte andando. Augusto le explica que no llega ni vivo ni muerto, él no existe. Es sólo una idea; por lo tanto, no puede morir. Una idea es inmortal. Siente un hambre primario, un apetito voraz que lo arrastra a comer de manera compulsiva, por instinto. “Edo, ergo sum.” Como, luego existo, en romance. Comer es lo que ahora le mueve. 



¿Será verdad que no existo realmente?

A las puertas de la muerte el alma se entristece, pero el cuerpo entra en una fase de apetito furioso. Una idea no vive, sobrevive. “Más mató la cena que Avicena” le censura de nuevo Liduvina al verle engullir sin medida. Comer por desesperación no es comer, es no existir. Comer hasta perder el control, hasta no poderse tener en pie, “como si todo eso me fuese cayendo desde la boca en un tonel sin fondo, ” es no existir. 

Augusto se acuesta para morir, echado, como mueren los animales. Pide a Domingo que le desnude, que le deje como su madre lo trajo al mundo. Piensa morir desnudo. No busca la soledad para morir, lo quiere a su lado, sentirlo dormir y roncar. Escribe una carta para mandar a Miguel de Unamuno, en ella pone: “Se salió con la suya. He muerto.” Le dice a Domingo que le rece despacito el padrenuestro, el avemaría y la salve como acariciando el oído. Deja de sentir la mano. Uno empieza a morirse por partes. Luego no siente el pulso. Cae dormido y repara que su vida no ha sido más que una niebla. 

Cosas de libros, cosas de libros, le insiste Domingo. Aún tiene fuerzas para preguntar si conoce a Miguel de Unamuno. “Ese señor un poco raro que se dedica a decir verdades” también es cosa de libros. Él también morirá, se morirá aunque no lo quiera. Esa es su venganza, esa es su maldición. Lanza un grito más allá de las tinieblas: “Eugenia, Eugenia.” Dobla la cabeza y muere. Muerte por asistolia, algo del corazón. El médico certificó la muerte de Don Miguel como “hemorragia bulbar.” A Liduvina no se le va que la muerte del señorito ha sido cosa de la cabeza, se ha dejado morir, ha sido un suicidio. “Se salió con la suya.” Uno no existe sino para los demás y si los demás dejan de imaginarlo,  muere. “Domingo lloraba.” 





"Coma usted [...] El que no come se muere."

Al llegar el telegrama a don Miguel, le entran remordimientos de haberlo matado, debería haberlo dejado suicidarse, así que piensa resucitarlo. Se queda dormido y se le aparece Augusto. En sueños le dice que resucitar no es hacedero. Crear un hombre mortal es cosa fácil, resucitarlo es imposible, como imposible es resucitar a don Quijote. Ni aunque lo vuelva a soñar porque nunca se sueña dos veces el mismo sueño. No vaya a ser que Unamuno sea una ficción, solamente  una excusa para que las historias corran por el mundo. Augusto se disipa en la niebla negra. Don Miguel se despierta y aquí está la triste historia de Augusto Pérez. 

Hay algo más; una oración fúnebre como colofón, el punto final a la novela. El idioma castellano se adapta como anillo al dedo para expresar el dolor póstumo por la muerte de un ser querido. Se amontonan los mejores y más enormes versos de nuestro idioma a nada que pensemos un poco. Por ejemplo,  Las coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique: 
 “Recuerde el alma dormida, 
 avive el seso y despierte 
contemplando 
cómo se pasa la vida, 
cómo se viene la muerte  
tan callando” 
De Federico García Lorca,  El llanto por Ignacio Sánchez Mejías, el amigo torero caído en el ruedo de Manzanares
 "La vaca del viejo mundo 
 pasaba su triste lengua 
 sobre un hocico de sangres 
 derramadas en la arena, 
 y los toros de Guisando, 
 casi muerte y casi piedra, 
 mugieron como dos siglos 
 hartos de pisar la tierra." 
O los versos tremendos de Miguel Hernández dolorido por la muerte de Ramón Sijé: 
"Un manotazo duro, un golpe helado, 
un hachazo invisible y homicida, 
un empujón brutal te ha derribado."




"¡Soy inmortal! ¡Soy inmortal!"-exclamó Augusto. 

Desde hoy añado,  por mi cuenta y riesgo, este llanto precioso del perro Orfeo enfrentado al abismo de la soledad que muere de pena a los pies de su amo, Augusto Pérez. Orfeo es quien más sinceramente siente la muerte de Augusto. Acurrucado a sus pies, huele la orfandad y una nube negra envuelve su espíritu perruno. La muerte de su amo le sume en la inmensa soledad. Divaga sobre los orígenes de su especie. Los perros no han sido domesticados como el toro nacido para el dolor o el caballo. La relación mutua surge de un contrato social: el perro levanta la caza, el hombre la cobra y da su parte al animal. A cambio el perro evoluciona, aprende a ladrar en lugar de aullar. Por paradójico que parezca, el hombre ladra a su manera: habla. Le pone nombre a las cosas y se olvida del objeto que representa, sólo oye el nombre de esa cosa: habla. Los perros y los demás animales entienden al hombre cuando aúlla, entonces lo entienden bien, cuando chilla, cuando aúlla. ¡Cuánto aprendió Augusto de sus silencios y lametones! Al hablarle, se hablaba. Ahora frío e inmóvil, la comunicación falla: sólo silencio por fuera y por dentro. Su amo desde la atalaya le espera, desde la alta meseta de la tierra donde duermen los hombres puros y los perros santos. Allí espera la llegada de Orfeo que siente venir la niebla tenebrosa y saltando y moviendo el rabo se deshace en la niebla oscura. 

Acurrucado, muerto a los pies de su amo, lo encuentra Domingo que se queda en el mundo de los vivos otro poco, llorando al contemplar el ejemplo de lealtad y fidelidad del perro, Orfeo.

 When I was younger  so much younger than today 
 I never needed anybody's help in any way 
 But now these days are gone  and I'm not so self assured 
 Now I find I've changed my mind, I've opened up the doors 

Help me if you can, I'm feeling down 
And I do appreciate you being 'round 
Help me get my feet back on the ground 
Won't you please, please help me?
Beatles/Caetano Veloso




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



Las caricaturas son de Luis Bagaría. Están en el repositorio documental de la USAL. 


lunes, 2 de enero de 2017

Niebla (10) Miguel de Unamuno. Buscar tus ojos.





"El segundo nacimiento, el verdadero, es nacer por el dolor a la conciencia de la muerte incesante, de que estamos siempre muriendo."


Niebla (10) 
Miguel de Unamuno 

A tres días de la boda, Augusto recibe una carta que le jaquea la razón. Eugenia le comunica que lo deja plantificado, se ha marchado con Mauricio. Y le advierte de que no se queje porque todo podría haber sido más cruel. De hecho,  Mauricio había planeado hacerlo al día siguiente de la ceremonia. Augusto, con el temor agarrado a las entrañas, tarda en leerla, espera a leerla en la iglesia donde se contiene. Allí reza arrodillado en un banco y se calma. Por don Fermín se entera que ellos debieron salir al anochecer en un tren porque ella ya no remaneció durante toda la noche. 

¿Qué haremos ahora? Se preguntan los afectados por la huida. Nadie se lava las manos, todos le dan la razón a Augusto. El engaño es una indecencia. A Augusto le queda el consuelo de que un miserable lo sigue siendo hasta el final. Según eso, también lo será con Mauricio, lo que lamenta es que no sea con él. 

Se le cae la casa encima. Le invade una amalgama de sensaciones: “Un sentimiento en que se daban confundidos tristeza, amarga tristeza, celos, rabia, miedo, odio, amor, compasión, desprecio, y sobre todo vergüenza, una enorme vergüenza, y la terrible conciencia del ridículo en que quedaba.” 


"Nosotros no tenemos dentro"


Orfeo sale a recibirle, el no abandona aunque también desaparezca de vez en cuando, arrastrado por la llamada del instinto primitivo en busca de perras, pero siempre regresa, extenuado, medio muerto como los gatos. Tumbado boca abajo sobre la cama llora hasta enmudecer el monólogo. Así lo encuentra Víctor y así lo deja después de una conversación sobre la esencia de los entes de ficción. Los personajes no tienen adentros, solo hablan y el hablar es hacer, pues “el principio fue la palabra y por la palabra se hizo todo.” El alma, el interior de un personaje, está en el lector. Su vida consiste en vagar como un fantasma, como un muñeco de niebla. Su fin primordial es distraer al autor y conseguir que el lector llegue a dudar de su propia realidad de bulto para redimirle. Que el ente y el lector se devoren a sí mismos, que duden de la existencia y que piensen porque ser es pensar. Es decir, lo que no piensa, no es. Y si uno se empeña en no pensar, que se devore, que se suicide. Allí lo deja hundido y confundido en la maraña de razones que desembocan en el acabamiento, en la nada. Convencido de ser un ente de ausencia a la espera de un lector que lo elija, abra el libro y le active como presencia a través de la lectura. 

Aparece Víctor, personaje autónomo, república exenta, para explicar y diseccionar el cerebro de Augusto que confunde el “sueño con la vela, la ficción con la realidad, lo verdadero con lo falso; confundirlo todo en una sola niebla.” Añade que en su mente se confunde el llanto y la risa, se mezcla lo nuevo y lo viejo, la comedia ignora las lindes hasta semejarse a la tragedia. Le advierte que no superará la vergüenza hasta que no acepte su papel de rana, rata condenada a la vivisección, ratón de experimento. Eugenia le salió rana. Que experimente en sí mismo y se olvide de burlarse o ser burlado, que se burle de sí mismo que se devore a sí mismo. Sólo así llegará al estado de serenidad y ecuanimidad de espíritu: la ataraxia. 

La tempestad del alma de Augusto le vuelca al suicidio. En ese momento crucial recuerda un ensayo sobre el tema escrito por Miguel de Unamuno y como aún tiene tiempo,  para acá, a Salamanca que se viene en un tren, a charlar un rato con el autor, como último recurso, como el náufrago que se agarra con fuerza a la única tabla de salvación.  

Aquí el autor da otra vuelta de tuerca más al relato, reencaja la narración un poco más. Cambia el punto de vista narrativo a la primera persona autobiográfica y ajusta el espacio a Salamanca, la pequeña ciudad del oeste en la que vive desde hace veinte años. 





"Tú, querido experimentador, la quisiste tomar de rana, y es ella la que te ha tomado de rana a ti."

Augusto entra como un fantasma acobardado, bastante apocado, en el despacho presidido por un retrato del autor. El decorado en el que tiene lugar la desigual conversación trascendente es austero: una mesa camilla con faldillas, un retrato y estanterías con libros, nada más. Hay escasas descripciones en la novela, casi ninguna, por lo que ésta es digna de mención aunque no sea más que una excepción. Y de libros le empieza a hablar; demuestra conocer bastante bien sus ensayos, lo cual le halaga. Cuando le empieza a contar las desdichas de su vida, le corta pues las conoce mejor que él. También sabe que ha decidido suicidarse, algo imposible de acometer porque para suicidarse es necesario estar vivo y él no está ni vivo ni muerto, no existe. No eres “más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle.” Le insiste, uniendo así los elementos del proceso creador y la imposibilidad de gestionar el comportamiento de un escrito y sus personajes una vez publicado. El futuro se diluye en manos del receptor. 

El protagonista  se viene arriba en el curso de la conversación, recobra el color y el aliento y le dispara en seco que a ver si el que no existe es él, que no es más que un pretexto para que la historia se conozca. Lo corrobora su afirmación de que Don Quijote y Sancho son más reales que Cervantes. Así continúan enzarzados en un toma y daca dialéctico de altura que le hace declarar a Unamuno su misterio, lo que seguramente no quiere desvelar: “Yo necesito discutir, sin discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me discuta y contradiga invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos.” 

Es increíble la habilidad del autor para hacer que los asuntos más complejos como puede ser el de la creación literaria y su difusión, mezclado todo con intrincados temas filosóficos lleguen a los lectores hechos literatura atractiva y comprensible. No olvidemos que estamos leyendo un diálogo entre el autor y su creación y cómo el personaje se le rebela con argumentos bien fundados. Los lectores estamos en el centro de la nivola sin apenas darnos cuenta. El lector escribiendo, haciendo novela también. Genial. Porque un autor no puede hacer,  así como así y porque sí,  lo que ningún lector esperaría que hiciese. Tanto le achucha que le saca de sus casillas, le hace decir lo que seguramente no quería decir en público, pero que a la vista está que dentro lo lleva porque lo proclama sin complejos: 



Fascista,  españolazo serían algunas de las lindezas que le lanzarían a la cara los nuevos predicadores, los portadores del sanctasanctórum como decía su paisano con boina Pío Baroja. 

El autor a su pesar le advierte que escrita está su muerte y no puede deshacer lo escrito, no hay posible marcha atrás. Le acusa de que él será el culpable de no permitirle la salida de la niebla, de no dejarle vivir. El también morirá porque el que crea, muere y morirán también todos los que le piensen. Todos a morir. Las ansias de vida, el supremo esfuerzo de pasión de vida le dejan exhausto, flojo y sin fuerzas para rendirse. Mientras tanto, una lágrima furtiva rueda por las mejillas de don Miguel de Unamuno al franquearle a Augusto la puerta para salir.

Mi vida llama tu vida 
y busca tus ojos; 
 besa tu suelo, 
reza en tu cielo, 
late en tu sien. 
 Ya siempre unidos,ya siempre, 
mi corazón con tu amor. 
 Yo sé que el tiempo es la brisa 
que dice a tu alma: 
 ven hacia mí, así el día vendrá 
que amanece por ti. 
 La luna de miel.
Rafael de Penagos/Jaume Sisa


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Niebla (9) Miguel de Unamuno. Atrapado en torre extranjera.






" Y yo soy el Dios de estos dos pobres diablos nivolescos"


Niebla (9) 
Miguel de Unamuno 

A partir de la visita de Augusto a don Antolín Sánchez Paparrigópulos la novela se acelera, abandona el pausado paso castellano y coge ritmo de caballo trotón desbocado. Tocamos con la mano la tragedia final, como esas piraguas desmandadas que vemos en las películas arrastradas por la torrentera hacia el despeñadero de la catarata. Un Iguazú de tensión narrativa. Capítulos breves, ágiles, nerviosos y temblorosos como una gacela que huele el peligro del paso del río Mara. Con prisa por terminar, para qué alargar la agonía de algo que sabemos el final desde el prólogo. 

Antes de sumergirnos en el pozo sin fondo del pensamiento de Unamuno que penetra en la mente confusa de Augusto Pérez como un bisturí y después de la visita a don Antolín y el encuentro con Rosarito, Augusto sigue con la gira hogareña, de casa en casa. Va a casa de Víctor el prologuista. No olvidemos que es familiar del autor y amigo de Antolín como él mismo señala en el prólogo, por lo tanto no es un advenedizo sin importancia en el relato. 





"Pensar es dudar y nada más que dudar"

Con la excusa de saludar al recién nacido e interesarse por el amigo, le pregunta por la nivola que está escribiendo. Le lee párrafos elegidos al azar que le parecen subidos de tono. Lo que para Augusto es pornografía,  para el autor es crudeza, un “modo de excitar la imaginación para conducirla a un examen más penetrante de la realidad de las cosas; estas crudezas son crudezas... pedagógicas.” La tendencia a “los chistes lúgubres, las gracias funerarias,” tema universal de todas las literaturas, la realidad más absoluta que por mucho que se quiera camuflar, no hay manera de darle esquinazo. Hacia ella caminamos desde que los antepasados nos engendraron sacándonos de la misma nada. Víctor admite que escribe con fines terapéuticos, para sanar las soledades del alma y del cuerpo, para sacar a Augusto de los apagones peligrosos. Admite que se divierte escribiendo: “La risa no es sino la preparación para la tragedia.” De la misma forma que la calma es el heraldo que anuncia la tempestad. Le recomienda que se case para dejar de ser un solitario. El matrimonio no tiene remedio, como tampoco lo tiene ningún experimento. Si realmente quiere experimentar el alma de una mujer, le aconseja que no se fíe de lo que diga un matasanos que no haya experimentado antes en su propio cuerpo. Por ejemplo, que no se fíe de un cirujano que no se haya amputado antes un miembro propio. Zambullirse en los huecos del aire sin paracaídas, sin trampa ni cartón. La verdadera psicología de la mujer se comprende sólo en el matrimonio. Las experiencias extensivas de soltero son metafísicas. Lo mismo da más allá o más acá de lo natural. Igual que más allá es lo mismo que más acá. Si continuamos una recta por los dos lados, terminan por juntarse en el infinito, con lo cual, podemos concluir que toda recta es curva. Si no lo entiende, si lo duda, es que lo piensa. 

Dudar es pensar. 

Y pensar, dudar. Con lo cual, es la duda la que hace al pensamiento dinámico, algo vivo, mientras que el conocimiento o la fe son algo estático, quieto, muerto. Qué hábil es don Miguel para irnos metiendo poco a poco en filosofías, para hacerse entender sin abandonar las palabras mayores. Filosofía, metafísica, palabra inspirada, palabra fértil, voces fecundas. Sin que nos crujan las cuadernas al leer la intervención final del autor, justo antes de echar el telón a la conversación entre Augusto Pérez y Víctor Goti en la que se reivindica como Dios único y creador de sus marionetas, que no pasan de ser “pobres diablos nivolescos.” 

Decidido a echar su cuarto a espadas de manera definitiva, Augusto siente un latigazo por dentro, se arma de valor, aunque ella le diga que no. Se dirige a su casa para acabar de una vez por todas con el experimento psicológico. Se topa con ella y su sombrero que bajan la escalera y se apoca, batalla perdida en el primer encontronazo. De experimentador pasa a ser rana de experimento. Esta vez no escapa de la ratonera. Cuando de sus labios sale la petición de mano, rápidamente Eugenia, sin quitarse el sombrero, le echa el buen provecho, no se vaya a arrepentir y con don Fermín de testigo. 

El compromiso de la pedida le cambia la vida a Augusto como cambian las cosas vivas. Abandona las experiencias psicológicas extramuros, bastante tiene con lo de casa. Siempre atento y temeroso a la ética y estética del "¡Eh, cuidadito y manos quedas!" Le tiene a ración, con la vista basta. El apetito encendido, la inspiración en los ojos, fuentes de luz viva. Uncidos el espíritu y la materia a la yunta para arar juntos la vida que les quede. Se lo dice en endecasílabos comunes, con acento en la sexta y décima sílabas, rítmicos como sólo los hacía Unamuno cuando se ponía en serio a ello. Pero a ella le parecen tan poco musicales como su piano, unas rimas ripiosas más que eugeniosas. 





"¿Es que de no haber domesticado el hombre al caballo no andaría la mitad de nuestro linaje llevando a cuestas a la otra mitad?"

Ya metidos en harina, ella le dice que nada de perros en su vida en común. Y ya puede irle buscando un oficio a Mauricio. Que quede bien claro quién es el que manda y quién es el mandao. 

Mauricio se presenta un día en casa de Augusto para agradecerle el puesto de trabajo y decirle que piensa llevarse a Rosarito como consuelo porque "a los despreciados se nos debe dejar el que nos consolemos los unos a los otros.” Nace así una relación copiada a la que ya Antonio le había contado a Augusto en el casino, heraldo de lo que iba a sucederle a los personajes protagonistas de la historia principal. A Augusto le dan ganas de extrangular al hombre que sabe tanto de él y de Eugenia, pero al mismo tiempo hay algo que les une. 

Al mirarse en los ojos de Mauricio se ve empequeñecido, casi diminuto, como se había sentido antes al mirarse en los ojos de Rosario. Una niebla espesa envuelve la habitación. Se desmadeja, la fuerza alejada de los brazos. Quisiera estar soñando, pero la visita de Mauricio es realidad, lo atestiguan los de casa y la tristeza de Orfeo que se huele que con la llegada de ella, estorban uno de los dos. Es injusto porque de no haber sido por los animales, las caballerías, que descargaron a los humanos de los trabajos más duros, -la esclavitud de la animalidad- aún media humanidad seguiría cargando con la otra media. A ellos se debe gran parte de la civilización. Y a las mujeres. “¿No es acaso la mujer otro animal doméstico? Y de no haber mujeres, ¿serían los hombres, hombres?” A ver, a ver cómo se las arregla don Miguel para salir de este jardín sin flores.


Six o'clock, TV hour, don't get caught in foreign tower
Slash and burn, return, listen to yourself churn
Lock him in uniform and book burning, blood letting
Every motive escalate, automotive incinerate

Light a candle, light a motive, step down, step down
Watch a heel crush, crush, uh oh, this means no fear
Cavalier, renegade and steer clear
A tournament, a tournament, a tournament of lies
Offer me solutions, offer me alternatives and I decline


It's the end of the world as we know it
It's the end of the world as we know it
It's the end of the world as we know it
And I feel fine, I feel fine
Michael Stipes/REM





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

Niebla (8) Miguel de Unamuno. Apagar el fuego.





"La fe es transportadora de montañas"


Niebla (8) 
Miguel de Unamuno 

La visita que Augusto le hace a Antolín Paparrigópulos, experto investigador, es una antología. Lo hace para interesarse por la psicología femenina, pero en realidad no es más que una excusa para que el autor se extienda sobre el papel primordial que juegan los críticos en la difusión de una obra literaria. Por ende, de cualquier otro arte, así como las intrigas y envidias entre ellos (como el navajeo en los partidos políticos.) 

Después de las divagaciones sobre la existencia ante el espejo, Augusto se muestra confundido, absorto ante la torrentera de lluvia; no sabe si ir o venir, indeciso como el asno de Buridán que se muere de hambre por no saber de qué montón de heno comer. Paralizado en mitad del incendio coronario entre Eugenia y Rosarito. Le embiste a los vuelos de la falda de cualquier cigarrera, hasta Liduvina con cincuenta, “aún está de buen ver.” En vista de que Orfeo no se define ni por una ni por otra, decide consultarlo con don Antolín Paparrigópulos, experto en estudios monográficos sobre la mujer, pero sólo en libros que es menos expuesto tratándose de ellas. Sin pasar de las palabras a los hechos. Y si ellas son de siglos atrás, mucho menos expuesto todavía para quien las estudia. “Tarea le mando.” 

Hay momentos en los que parece que Unamuno se ceba de mala manera en el personaje de Antolín Paparrigópulos y otros en que lo absuelve de todas las maldades. Lo ataca por su erudición desmesurada. Una persona joven con personalidad definida y discurso propio que proviene del estudio importante y dedicación continuada a la lectura. A través de este personaje canaliza una crítica corrosiva a los opinadores que escriben de oídas, por primeras impresiones o sin ahondar en la lectura. Al final se hace querer porque resulta ser un lector fecundo, hondo, que ya le suenan las cosas, por lo tanto puede comparar. Le sacude tanto, que le surgen defensores. Uno no entiende por qué el autor tiene que criticar a un lector minucioso que dedica su tiempo a intentar interpretar los textos. ¡Pobre hombre! Nada malo hay en pensar en castellano neto, limpio castellano. Sin dejes decadentes de modas parisinas, ni brumas norteñas, más frecuentes entre bebedores de cerveza cabezona que de sano tinto peleón de Valdepeñas. De ahí proviene la rareza de Schopenhauer. De paso le arrea estopa a los paleólogos y arqueólogos que de un hueso construyen el animal entero y con un asa de puchero toda una civilización antigua. 


"Envidiosos de antemano de la fama que prevén le espera, tratan de empequeñecerle." 


“Todo lo que en extensión parece ganarse, piérdese en intensidad.” Se repite el experto estudioso como una manía. Algo parecido ya se dice en muchas casas, establecido como verdad universal por la sabiduría popular: Mucho y bien, busca quien. A los estudiosos califica de “abnegada legión de los pincharanas, cazavocablos, barruntafechas y cuentagotas de toda laya.” Seguro que a los blogueros nos llamaría capacobardes o algo parecido (desafortunado adjetivo que García Calvo da a los matones de patio y canta Amancio Prada). A Schz Paparrigópulos hay que verle en la suerte (los tres tercios de la lidia). Aconseja estarse quieto, no hacer nada. Para qué hacer si la gente seguirá yendo a la taberna aunque lea la “edición popular de los apólogos de Calila y Dimna con una introducción acerca de la influencia de la literatura índica en la Edad Media española” Ahora está inmerso en un trabajo arduo sobre la historia de los autores españoles oscuros, aquellos olvidados que no figuran inscritos en etiquetas ni generaciones. 

Nada malo existe en “introducir la reja de su arado crítico, aunque sólo sea un centímetro más que los aradores que le habían precedido en su campo, para que la mies crezca, merced a nuevos jugos, más lozana y granen mejor las espigas y la harina sea más rica y comamos los españoles mejor pan espiritual y más barato.” Pero surgen otros eruditos singulares que, envidiosos de la fama que se prevé de los estudios o porque no se les ocurriera a ellos antes, le acusan de oscurantismo, de borrar sus propias huellas investigadoras o de plagiar autores extranjeros, ignorantes de que la fe mueve montañas y hablan de oídas porque Paparrigópulos aún está por dar algo a la estampa. Tiene el defecto de no ponderar los textos originales, una obra tiene valor si ha merecido el juicio de eruditos, a ellos se dirige como referente. Los textos originales son textos muertos. 

Paparrigópulos le señala que para comprender a la mujer hay que sacrificarse y dice una verdad como un templo: “La obra humana es colectiva; nada que no sea colectivo es ni sólido ni durable...” Es decir que si la Divina Comedia, un lienzo de Velazquez o una tragedia de Shakespeare existen, solo fue posible porque hubo otros que trataron el tema antes. La reescritura, el eterno palimpsesto del arte. Cuántos textos maravillosos son textos muertos, totalmente olvidados porque no tuvieron la fortuna de que algún Paparrigópulos se fijara en ellos. Augusto termina la visita con el revelado de un misterio, el enigma del alma de la mujer. Sabe que esto le traerá problemas de la mitad de la población humana y hace como Cervantes, recurre a Cide Hamete, el narrador inestable. En este caso habla a través de la pluma de un desconocido escritor holandés del Siglo XVII que afirma: “Así como cada hombre tiene su alma, las mujeres todas no tienen sino una sola y misma alma, un alma colectiva, algo así como el entendimiento agente de Averroes, repartida entre todas ellas.” 

Es por eso que Augusto Pérez al enamorarse de una, se enamora de todas a la vez. La ciencia es comparación, pero en cuestión de mujeres no es lo mismo porque “quien conozca una, una sola bien, las conoce todas, conoce a la Mujer." 



"Hay que guardar el agua del pozo,  no la del manantial."

Además, también rige en cuestión de mujeres que “lo que se gana en extensión se pierde en intensidad.” Y Augusto lo que quiere es dedicarse al cultivo intensivo, no extensivo de la mujer. Si de lo que se trata es de comparar mujeres, mejor tres, el número mágico, la dualidad nunca cierra, por lo menos la terna para cerrar el poliedro. La teoría de la cuadratura para cerrar el círculo se ajusta a su caso particular. Él tiene a Eugenia que le habla a la cabeza; Rosario que le dispara al corazón y Liduvina que le atiende el estómago. Las tres facultades del alma: inteligencia, sentimiento y voluntad. 

Augusto pone la cabeza a divagar,  como de costumbre traza un plan. Pedirá relaciones de nuevo a Eugenia y como es mujer de palabra, lo rechazará aunque solo sea por salirse con la suya. Rosarito siempre espera y como no sabe bien qué decir, hace. La cubre de besos, la achucha y ella corresponde. Se sorprende “acariciando con las temblorosas manos las pantorrillas de Rosario.” Pero como es raro, lo que quiere es mirarse en los ojos de una mujer. Al verse tan insignificante que casi ni se encuentra al palparse, la despide de casa entre la cara de estupefacción de ella por la locura de enfrente. Confiesa que no sabe lo que hace, pero lo que no se sabe es lo que no se hace. 

Sale a la calle con la sensación de “que el tiempo perdido no vuelve trayendo las ocasiones que se desperdiciaron.” La calle le calma, la muchedumbre es como el bosque que diluye lo individual del árbol, pone a cada uno en su lugar, lo reencaja. La locura le aplasta, no le abandona la sensación de estar loco.



Que con el aire que tu llevas 
cuando vas a caminar 
hasta el farol de la cola 
que tu lo vas a apagar 

To el agüita del mar 
ni con toíta el agüita del río 
podrán apagar el fuego 
de un corazón encendío
Fosforito





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Niebla (7) Miguel de Unamuno. Un engaño perfecto.








" Emprendería el viaje, ¿sí o no?"

Niebla (7) 
Miguel de Unamuno 

Por dos veces las mujeres que le cercan le sacan los colores. Augusto no es de piedra, en las distancias cortas se desmorona. Y por dos veces los de casa, Domingo y Liduvina, en vista de las trazas le aconsejan que se dedique a la política. Los políticos sí que saben surfear entre el oficio y el beneficio. También en doble ocasión Augusto ha soltado prenda a Rosarito y Liduvina con eso del largo viaje. Y como es hombre de palabra, se siente obligado a cumplir después de decirlo y pensarlo con calma. Ellas no se dan por enteradas de la decisión. 

Eugenia se presenta en casa de Augusto para agradecerle en persona el donativo de la hipoteca, encuentra a su hombre desconfiado y a la defensiva. Se enroca aún más en su torre cuando ella expone el argumento diabólico: “¿Cree usted que es fácil que después de lo pasado y sabiendo, como ya se sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi patrimonio regalándomelo así, es fácil que haya quien se dirija a mí con ciertas pretensiones?” Ella sigue dale que te pego con la farsa, se hace la víctima; una lágrima furtiva de mujer fatal, hecha toda ojos húmedos, rueda por las mejillas. Es ella la que le desestabiliza, le hace ir y venir y dar más vueltas que un argandillo. 

Por mucho que lo intenta, Eugenia tiene difícil darle la vuelta a la situación, su mercancía está demasiado averiada. Su plan consiste en hacer al donador culpable, que sienta la culpa de ser generoso. No se explica bien el rechazo de una ayuda porque venga del enemigo que tiende la mano. 

Un ¿Qué hay? de Augusto al que llama a la puerta en el momento más inoportuno rompe el instante en que el hielo parecía comenzar a derretirse. Es Rosario la que aparece con el cesto de la ropa planchada, viene a dar razones a Eugenia para rasear el desnivel. Al final se igualan los trigos. Él también tiene a otra. Se pone el sombrero y abandona la casa garbosa. Baja las escaleras pisando fuerte. Desde un descansillo alza la vista y saluda con la mano sin pararse. La Rosario aguarda. Los diecinueve años tersos de frescura dan para llamarle infeliz y pobre hombre. El hombre nada pobre puede confiar en su febril juventud, más fiel que Orfeo

Domingo le aconseja que se case con las dos a la vez. El dinero todo lo compra. No hay Otelas entre ellas. Ellas hacen la vista gorda si en el conjunto va todo incluido, el comedero y vestidero sin tasa. Si lo sabrá él que lo ha visto en las casas que ha servido.




" Tú sabes que en Portugal eso de los fuegos artificiales, de la pirotecnia es una bella arte."


Unamuno también incluye en la novela pequeñas historias intercaladas, como Cervantes en el Quijote. Así puede considerarse el relato triste de la propia vida que don Antonio le cuenta a Augusto en el casino. El autor recurre a ejemplos distintos para explicar su visión de los diferentes tipos de paternidad. Resulta que Antonio se casa loco de amor con una mujercita reservada, callandrona y enigmática como una esfinge. Los ojos garzos y dulces, como dormidos, sólo despiertan para chispear fuego. Ella lo admite de novio en un repentino ataque epiléptico; en otro, dice sí ante el altar; y en otro más, se larga de casa con un hombre casado (como el marido de mi madre que se largó con la peluquera de Sabina). Poco después del abandono, Antonio hace por conocer a la abandonada con hija. Del emparejamiento nacen cuatro hijos. Sus amores son “unos amores secos y mudos, hechos de fuego y rabia, sin ternezas de palabras.” Amores sin romanticismo, pero duraderos, a la contra del ladrón que le robó lo más querido. La hija primera ya es mayorcita y se casará cualquier día. 

De la paternidad deseada a otra menos querida al principio, pero luego aceptada y agradecida. El caso de Víctor es paradigmático y representativo de los beneficios de la paternidad. El chiquillo recién llegado, el intruso lo llama, le tiene ciego. La discapacidad visual le traslada por asociación a los fuegos artificiales en versión portuguesa. Quien no ha visto Lisboa, no ha visto cosa boa. El fogueteiro tenía una mujer hermosa a la que exhibía para dar envidia a los demás, era inspiración y musa de sus composiciones pirotécnicas. Obras de arte efímeras como un chispazo fugaz de valentía ante los alfileres de colores, los pitones en puntas de un toro bravo. Un accidente con el material explosivo le dejan ciego para siempre. A ella, la belleza primera desbaratada. A pesar de su ceguera el sigue con su porte arrogante porque no puede ver el rostro desfigurado de ella, sigue siendo la mujer más guapa del mundo para él. Valora lo indecible que le sirva de apoyo y lazarilla. Eso le pasa a Víctor con Elena a pesar de darle al intruso o precisamente gracias a ello. 






"Éstos, éstos son los que nos hacen viejos"

Una ceguera semejante deriva al miedo de Augusto a mirarse en un espejo porque termina por dudar de la existencia propia. Darse cuenta de ser un sueño, un ente de ficción. No lo puede evitar por su manía a la introspección. Y si uno no se reconoce, tampoco lo hace con lo más cercano. Igual que uno no se da cuenta del envejecimiento y afeamiento sino en los hijos que son los que hacen a uno envejecer. Así que le recomienda a Augusto que no se case si es que quiere gozar de la ilusión de la eterna juventud. Que se quede soltero y solo al brasero de picón, para dedicarse a pensar como hicieron Descartes, Pascal, Espinoza, Kant e incluso Sócrates que despachó a Jantipa el día que iba a morir, ya en el lecho de muerte para que no le perturbase. Pero eso es una novela contada por Platón. O nivola. 

La calle no está para filosofías, le da una peseta a un pobre que le pide que distribuya la riqueza un poco porque dice que tiene siete churumbeles al sol. Qué otra cosa pueden hacer los pobres sino hacer hijos para los ricos. Otra manera distinta de paternidad. El pobre va corriendo a la taberna más cercana a invertir en vino la limosna.


We stood at the altar 
The gypsy swore our future was bright 
But come the wee wee hours 
Well maybe baby the gypsy lied 
So when you look at me 
You better look hard and look twice 
Is that me baby 
Or just a brilliant disguise
Bruce Springsteen









Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.