lunes, 16 de abril de 2018

El hombre pez (y 7) José Antonio Abella. Hora de cerrar.





"No está en manos del hombre dar cuenta del futuro, que ya figura escrito en el libro de nuestro destino"

El hombre pez (y 7) 
José Antonio Abella 

En Medina del Campo, ciudad vigilada desde un teso por la mole imponente del castillo de la Mota, les dicen que José de la Vega, hermano de Francisco, había preguntado por ellos hacía cuatro días. Fray Juan supone que habrá tomado cualquier otro camino de todos los caminos que llevan a Roma o a Cádiz. Seguramente el que lleva a Ávila para pasar la sierra y bajar a Extremadura por el valle del río Jerte, inundado de cerezos en flor y de belleza al principio de la primavera. Después de Valladolid ya nadie pregunta por ellos en los conventos, el fraile viajero intuye que José de la Vega saldría de Cantabria por el camino de Laredo a Burgos mientras que ellos entran en Cantabria por Reinosa, el nacimiento del río Ebro. Les lleva cuatro días de ventaja y estiman que no es cuestión de jugar al ratón y al gato, así que lo dejan en buenas y continúan la marcha. Nada más se supo del hermano, intuyen que algo malo le debió pasar. Los bandoleros vigilaban los caminos y te cambiaban la bolsa por la vida o puede que algún tabardillo mal curado se lo llevara. 

 La jornada cuarenta y cinco llegan al alto de la Sotera desde el que se ve Liérganes, final de la caminata. El gozo revienta por las costuras de las ropas pobres de Francisco como a Don Quijote le brotaba por las cinchas de Rocinante recién armado caballero. Ya habían pasado lo suyo cuando se les hacía de noche, oyendo de cerca los aullidos de los lobos y palpando el peligro de los osos por los reventaderos y pasos de los montes de Cantabria que separan la aspereza de lo llano de Castilla. El contento de los vecinos por verlo de regreso es general, la madre emocionada. El cura del pueblo le cuenta a fray Juan una habladuría que circula entre la gente y se la traslada tal cual a su excelencia el Obispo en la memoria. Resulta que estando María del Casar preñada de una movición que luego tuvo (Recordemos que Francisco nació ya hijo póstumo), le lanza todos los anatemas a Francisco porque le come a destiempo unas brecas cocinadas que la madre tenía en la fresquera para ponerlas a la mesa. “Quiera Dios que en el mar andes tú como esas brecas que te comiste, y que como a las brecas te pesquen para darte escarmiento.” 



"Le gustaba mirar los pájaros del cielo y los peces del río"


Fray Diego de Santander, predicador de la orden franciscana que estaba a la sazón de misión en Liérganes y enterado del asunto de la maldición, encarece a los padres que no maldigan a los hijos para después evitar las lamentaciones, ya que a veces el cielo tiene a bien conceder los disparates como castigo a los deslenguados. Como el predicador se interesara también por el caso del hombre pez, aviene con fray Juan a indagar entre ambos los libros parroquiales. 

Fray Juan Resende permanece cuatro meses en Liérganes, necesarios para sanar las llagas de los pies de tanta caminata, antes de emprender el largo viaje de vuelta. Al principio se aloja en casa de Francisco y luego en otra casa de un joven soltero para no dar qué hablar por vivir en casa de una viuda aún joven. Descubre de la gente, de viva voz, y de los papeles parroquiales más de lo que debiera, como comprueba por la respuesta que recibe a la memoria del ya obispo de Burgos, trasladado de Cádiz años más tarde. Mejor echar tierra sobre el asunto porque con la iglesia hemos topado. A no ser que a fray Juan no le importe tener que vérselas con el Santo Oficio por estar involucrado en el asunto el Secretario General de la Santa Inquisición y su familia que como ya sabemos era natural de Liérganes, de una de las familias principales de la villa. 





"La hora en que los sueños se desvanecen y la verdad se alza"

Por la misma carta de respuesta sabemos que Francisco vivió otros nueve años en tierra firme y que un día desaparece en la bahía de Santander rodeado de delfines. Incapaz de organizarse entre los humanos, decide poner de nuevo a remojo las escamas, se entrega de nuevo a la causa de los hijos de la mar. 

Así remata una novela un narrador en estado de gracia, primero monta un andamiaje narrativo para después desmontarlo con orden, hasta el más mínimo detalle para no dejar ni un cabo suelto, sin olvidar el pulso del suspense, manteniendo la tensión narrativa en el lector hasta la última palabra del escrito. Esto le da verosimilitud al relato aunque nada sea verdad. La realidad no se desvanece hasta la hora del cierre definitivo.



Ah we're drinking and we're dancing 
And the band is really happening 
And the Johnny Walker wisdom running high 
And my very sweet companion 
She's the angel of compassion 
She's rubbing half the world against her thigh 
And every drinker every dancer 
Lifts a happy face to thank her 
The fiddler fiddles something so sublime 
All the women tear their blouses off 
And the men they dance on the polka-dots 
And it's partner found, it's partner lost 
And it's hell to pay when the fiddler stops 
It's closing time
Leonard Cohen




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

Las ilustraciones son  del barrio del Oeste de Salamanca, los artistas han hecho de las puertas de los garajes y de las paredes de las casas lienzos para sus pinturas al aire libre. 

miércoles, 11 de abril de 2018

El hombre pez (6) José Antonio Abella. Dormir poco y mal.





"Llegamos pues a Salamanca, que es ciudad notable por su famosa Universidad, la más importante de las Españas."

El hombre pez (6) 
José Antonio Abella 

El último capítulo cambia de estrategia narrativa. Al autor le da un ataque de narrador importante y recurre al género epistolar para ponerle el punto final a la novela. Todo lo que ocurra desde ahora lo vamos a saber a través de la lectura de una memoria (como un trabajo fin de máster conservado en formol) que el padre franciscano, Juan Resende, le escribe al arzobispo de Burgos, don Juan Fernández de Isla, sobre el viaje de costa a costa de España para devolver a Francisco de la Vega a los suyos y hacer recuento de los hallazgos realizados durante la estancia de cuatro meses en Liérganes. De Cádiz a Cantabria por la Vía de la Plata, a través de Castilla la Vieja acompañando al desdichado amigo de los delfines, ayudándole a rescatar sus orígenes; única manera de comprobar si el hombre pez era el mismo Francisco que había desaparecido en la ría de Portugalete. 

Don Juan Resende era hombre habituado a largas caminatas, bien que presumía ante los hermanos de haber ido y vuelto sano y salvo a Tierra Santa como los cruzados, que era lo máximo entonces, tanto o más que ahora correr un maratón para un runner moderno y contarlo en algún sitio. Así que a la vista de su experiencia en el camino los superiores aceptan con buen criterio su oferta de acompañar a Francisco a Cantabria. La pareja parte del convento franciscano de Cádiz después de maitines. El hombre pez va vestido de fraile lego, sin rosario, sin cruz ni escapulario, ligeros de equipaje porque así anda mejor un viajero; con el salvoconducto del obispo bien guardado para ser acogidos en monasterios, conventos y casas de la orden. 

Nada digno de mención caminito de Jerez donde termina la segunda jornada. A no ser el impulso instintivo de Francisco que le empuja al mar cuando lo ven al pasar cerca de la costa. Es algo normal que a cada uno le tire su patria, como a la cabra le tira el monte. En el convento franciscano de Jerez le dan alojamiento y manutención, también a la cena les dan de beber porque según dice el chascarrillo: “Con vino se anda el camino.” 



"Y diéronme a mí ganas de hacer con mi compañero con ese toro lo que a Lázaro de Tormes le hiciera el ciego en ese mismo lugar"

Fray Juan bebe poco, pero Francisco empina bien el codo, se engolfa con la bota y por la noche ronca como un jabalí. No deja pegar ojo al fraile compañero. Así que a la mañana siguiente continuar el camino con calor, sudor y sueño se hace más penoso. Paran a descansar un rato en una sombra fresca y se quedan dormidos como troncos. Ni un rayo que partiera el árbol en que se recostaban los habría despertado si no son las risotadas de unas mujeres que se escandalizan por ver a un fraile dormido junto a un mancebo en pelotas. Algún amigo de lo ajeno los había desvalijado durante la siesta, dejando desnudo a Francisco y limpia de polvo y paja la bolsa de las limosnas. Fray Juan le cede los calzones y la camisa para que se tape las vergüenzas y así llegan al convento de Lebrija donde les dan refrigerio, descanso y ropa para Francisco. Lo visten de labriego porque el cuerpo escamoso soporta malamente los roces del áspero hábito franciscano. 




"Entramos a ella por un largo puente sobre el río Tormes"

Tres jornadas más tarde entran en Sevilla por el puente sobre el arroyo Tagarete. Pasan la Puerta de Jerez y de allí a la Casa Grande de San Francisco donde los hermanos quieren conocer detalles del extraño caso del dominico exorcista, les extrañaba el ahogamiento en el río Guadalete. Pasan dos días en Sevilla embobados con la actividad frenética del puerto, mezclados con gente de todos los oficios y categorías sociales. Deslumbrados por las numerosas carretas llenas de mercaderías que se dirigen al puerto para estibar la flota que sale de Sevilla para las Indias dos veces al año. La Sevilla de la riqueza, imposible de catar para ellos que llegan y se van con los bolsillos vacíos. De poco les sirve descubrir al ladrón de lo suyo, revestido con el hábito de franciscano lego, pidiendo para ir a los Santos Lugares. Es un desperdicio que la buena bolsa de las limosnas se pierda al verse descubierto. La capital del hampa, que Cervantes describe para los restos en Rinconete y Cortadillo. Pero hay que seguir, queda mucho camino por andar y de Sevilla y su maravilla habría para escribir un libro. 

Abandonan Sevilla por la Vía de la Plata que llega hasta Astorga, vía empedrada por los romanos. Ellos la dejarán en Salamanca donde terminan la jornada veintisiete. A fray Juan se le hacen aburridas las largas etapas de camino debido al mutismo de Francisco. Le habría gustado hablar con el hombre pez largo y tendido sobre cuestiones que le intrigaban acerca de su vida en el mar. Más o menos ya había observado la habilidad para sacarle las tripas a los peces y comérselos en un visto y no visto. Como decía el hermano cocinero: tres cuartas partes de los peces son agua, observado a ojo por la reducción jíbara de la mojama seca. Ha comprobado que Francisco tiene la resistencia a la sed de los camellos a los que observó en el viaje a Tierra Santa; pero ante el líquido no conoce la sequía, agota las fuentes o la bota de vino como hizo en Jerez



Una vez pasados los caminos angostos, pero bien empedrados de la sierra de Sevilla, que por algo los romanos eran expertos ingenieros, la caló empieza a calentar la cabeza de los caminantes por el día caminito de Mérida, la sartén de Extremadura. Por la noche duermen al raso, para contento de Francisco de la Vega que se pasa las horas muertas contemplando las estrellas. En esto se comprende que el hombre pez; hombre es, porque jamás se ha visto un perro o un caballo mirando al cielo, si acaso algún perro ladrándole a la luna. En la presa de Proserpina, el mar de Extremadura, la goza como un enano nadando y jugando en el agua. Fray Juan se ve mal para sacarlo del agua. Así, poco a poco un ratito a pie y otro caminando, le enseña el habla perdida, cantando,  y Francisco a fuerza de entrenamiento y horas de camino va sacando de las cuerdas vocales acartonadas al habla unos cuantos sonidos articulados.  




"Llegamos al convento de San Francisco el Grande , así llamado no por la grandeza -en su pequeñez- de nuestro santo fundador"

Y llegan a Salamanca, desde los Montalvos ven a lo lejos “el alto soto de torres” por vez primera. Cruzan el río Tormes por el puente romano, la ciudad doblada en las aguas serenas de la derecha. Al llegar al toro de piedra que hay en la mitad (“Torito de la puente / déjame pasar, / que tengo mis amores / en el arrabal”), entonces aún no estaba descabezado y roto, Fray Juan hace de Lazarillo del ciego, recibe la calabazada contra la piedra para gran risotada de Francisco que recuerda la lectura que el veterano de Flandes les leía de chico. 

Suben calle Tentenecio arriba, sorprenden a la cúpula escamosa (como de un hombre pez) de la catedral vieja mirando al cielo y pronto llegan ante la filigrana de la Universidad. Sorprendidos ante la perspectiva invertida de la composición artística de la portada que guarda el conocimiento, Francisco no repara en los delfines esculpidos que simbolizan la fidelidad más allá de la muerte. Miran hacia arriba y apuntan con el dedo a la rana como todos los turistas. Francisco la ve primero, lo que lleva a fray Juan a pensar que el hombre pez no tiene la cabeza tan perdida. “No es lo malo que vean la rana, sino que no vean más que la rana” Repetía Unamuno guasón sobre el asunto a cualquiera que le preguntara. Como si la entrada en Salamanca le hubiera prestado el entendimiento que la naturaleza le negaba. Alrededor de la rana se ha construido una leyenda, la tradición dice que quien la ve por sus propios medios terminará en bien sus estudios y encontrará pareja para casarse, no para echarse el yugo y las flechas encima. 





"En él nos dieron mis hermanos de la orden gran acogimiento"

Se alojan en el convento de San Francisco el Grande que ya ni existe. Sólo quedan unas ruinas de la iglesia del convento. En ese tiempo el convento era un gran monasterio, ocupaba la manzana de casas que va desde la Purísima hasta Fonseca. El Campo San Francisco, cedido por la orden a la ciudad, era la huerta. Se dice que el monasterio acogió en 1553 a más de tres mil frailes durante un capítulo general de la orden franciscana. Los hermanos les indican que la mejor dirección para Cantabria es el camino de Medina, la patria de Diego Cortado. Así de convento en convento los dejamos camino de la ciudad de las ferias y mercados más famosos de España.

Cada día despierto 
en distinta habitación 
donde doy con mis huesos 
cuando está naciendo el sol, 
dormimos poco y mal 
quemando la salud 
para llegar al quinto infierno 
donde cantaré de nuevo 
¿qué estarás haciendo tú?
Miguel Ríos


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


martes, 3 de abril de 2018

El hombre pez (5) José Antonio Abella. Pecho de acero.





"Aquel espectáculo de luz y color no había sido un sueño"

El hombre pez (5) 
José Antonio Abella 

Acosado por la fiebre, Francisco pasa dos días completos convaleciente en la cueva, bebiendo del agua que rezuman las paredes y comiendo los peces muertos que le trae el delfín. La enfermedad le hace pensar en la soledad y abandono en que vive. No piensa dejar pasar la vida contando “el número de olas en el reloj de los arrecifes.” Vivir no es estarse quieto, vivir es el resultado de un partido, por lo tanto, mucho mejor bracear contra las olas aunque sea para morir. Durante el desgobierno de la fiebre madura qué hacer con su vida, esa excepción maravillosa de la naturaleza que nos distingue de las piedras y de lo inerte. Decide construir una balsa con los trozos de madera que buenamente pueda recoger del mar y buscar el destino alrededor de la península como hicieron san Emeterio y san Celedonio en la antigüedad. Pero la idea es un fracaso porque no consigue ni botarla. Las olas la golpean contra las rocas y hacen imposible mantener el agua de beber en la cubeta. 

Así que un día, amparado por las sombras de la noche, nada al cercano puerto de Santoña y roba una barca, recoge el hatillo con la camisa y los calzones bien envueltos y después de estibar lo mejor que puede la vasija del agua en el fondo de la barca, se adentra en alta mar ayudado por el reflujo de la marea y la brisa de interior. Rumbo a los galeones hundidos repletos de doblones de oro de la bahía de Cádiz. Se siente como un príncipe durante los dos días de mar calmada, híbrido de pez y hombre protegido por un delfín y el pagano dios de las mareas. 

Al tercer día de navegación se desatan los elementos, una terrible galerna del Cantábrico levanta las olas de repente. El hombre pez abandona la barca ingobernable un instante antes de que las olas la destrocen. Francisco sigue al delfín a unas varas por debajo de la zona de combate de las olas con el viento. Agotado el remero por el esfuerzo, tiene que salir a respirar más veces de lo habitual porque las bocanadas de aire espeso se venden caras en la superficie. No fue más que una hora de lucha, pero lo deja diezmado, sin barca y con escasas esperanzas de vida en alta mar, “juguete de las olas en aquel inmenso desierto de agua, como la tarde en que su delfín le llevó a contemplar el espectáculo de las constelaciones que emergían del fondo del mar,” amarrado a unas tablas mal atadas, a un delfín y con enormes deseos de vivir. 



"Un inesperado viento de poniente se levantó de pronto, oscureciendo el cielo y erizando el mar con olas puntiagudas que chocaban entre sí como si no supieran hacia donde dirigirse."

La luna nueva, estrecha y afilada como hoz de segador, ilumina escasamente la negrura de la noche. Francisco se aferra a unas tablas y lucha contra el sueño y por mantenerse a flote, entregado a la incertidumbre de las corrientes marinas que lo empujan a poniente. Una ballena imponente que parece un islote que resopla surtidores de espuma pasa de largo sin reparar en él. Quien sí advierte al náufrago abandonado en mitad del mar es un carguero holandés en ruta desde Flandes a las Indias Orientales. Se ha rezagado de la flota por haber embarrancado en un banco de arena durante la marea baja y un repentino cambio de viento que lo alejaron del resto de barcos. Gracias a un marinero que habla español con acento sevillano puede entenderse algo con el capitán y la tripulación. Ni una frase completa, de sujeto, verbo y predicado sale de sus cuerdas vocales atrofiadas al habla. Cuando el traductor comprende que su oficio es el de calafate, rápido lo ponen a taponar rendijas y baldear la cubierta del barco, a bordo hay que ganarse las habichuelas. Los saltos alegres del delfín a babor y estribor son la atracción de la marinería hasta que al doblar el Cabo San Vicente, el capitán le dispara con su trabuco harto de que los marineros pierdan el tiempo en su contemplación. La reacción del calafate es automática; fulmina al capitán a porrazos con un tranco de madera que termina con Francisco atado de pies y manos al palo de mesana. Allí mismo lo habrían colgado de una verga aplicando la rigurosa ley del mar, pero el capitán malherido propone castigarlo más, pasarlo por la quilla que implica una muerte más lenta. No se conocen supervivientes a la lentitud de un paso por la quilla. Pero Francisco sobrevive para admiración de los marineros que observan atónitos cómo el espantable castigo no significa necesariamente la muerte. 

El capitán interpreta aquello como una señal del cielo y ordena desatarlo. Libre te quiero siente la llamada salvaje del hermano delfín que se desangra y se lanza por la borda. El delfín agoniza junto a la mancha de sangre, ya rodeado por los carroñeros del mar que huelen la muerte desde lejos. Las lágrimas de Francisco se confunden con los gemidos cada vez más tenues del amigo que lo abandona para siempre. Una familia de delfines oyen los gemidos y acuden en ayuda de su congénere. Espantan a los marrajos y rinden armas al caído mientras se hunde lentamente en la negrura del mar. De la garganta anudada al habla de Francisco sale un gemido similar a los que emiten los delfines y se sumerge detrás del hermano hasta lo negro donde se desdibujan los perfiles, hasta que los oídos se llenan de zumbidos y la pesadez de la cabeza se abandona en remolinos de niebla. 




"Su paladar no era más exquisito que el de los delfines"

Cuando despierta, se encuentra en una playa de aguas tranquilas, detrás se alza un acantilado con una cueva, desde allí descubre a la familia de delfines que hacen guardia a su descanso y le llevan peces chicos para comer. “Explorar aquella costa es una fiesta para él.” Un día se adentra en el mar escoltado por los delfines y descubre un cementerio submarino donde descansan decenas de pecios de galeones hundidos llenos de tesoros. Francisco organiza expediciones al fondo y junta las monedas que extrae en una hornacina de su refugio. Todavía guarda el recuerdo de que con dinero se compran zapatos y vestidos para regalar a Bibiñe. Un día al regresar de su excursión submarina descubre en la cueva a dos hombres muertos que se habían matado por la posesión del tesoro. La visión de los cadáveres le lleva a renegar del género humano, capaz de eliminarse por la ambición de poseer. Él se da por amortizado como ser humano, huye con los delfines de la ambición humana, a hacer arqueo bajo el agua. Pero las cuentas no le salen del todo. 

Por si no lo sabíamos aún, aquí se hace evidente que estamos ante un maestro de la narrativa que nos lleva al punto de salida de la novela haciendo literatura de la buena. El final de la historia que coincide con el principio, contado ahora desde el punto de vista del protagonista que se ve atrapado por los marineros gaditanos con los que el relato dio comienzo. “Cerrando la historia de su vida en un círculo de redes.” Pero no se vayan todavía, queda la coda final que lleva al protagonista de punta a punta en un viaje de sur a norte por tierra. Lo contaremos otro día porque el viaje por la España del siglo XVII promete a poco que se parezca a la peripecia marina.

Yo no sé si tu ausencia me mate 
Aunque tengo mi pecho de acero 
Pero nadie me llame cobarde 
Sin saber hasta donde la quiero
Vicente Fernández



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 28 de marzo de 2018

El hombre pez (4) José Antonio Abella. La llave de tu puerta.




"Albergaba una vegetación rala que sobrevivía malamente al desgaste de las olas en las mareas altas"

El hombre pez (4) 
José Antonio Abella 

El canto del gallo al amanecer activa al buhonero que despierta a Francisco. La almohada y el alba han suavizado la aspereza del día anterior con el huésped. Le da consejos de padre entre sorbo y sorbo del tazón de caldo caliente. Indicaciones de padre acostumbrado a obedecer al patrón por la buena marcha del negocio, consejos elementales a quien se enfrenta al mundo laboral por vez primera. Se resumen en dos: trabajar mucho, cobrar poco y protestar menos para tener contento al patrón. Ya habrá tiempo de reivindicar mejoras; para protestar, huelgas a la japonesa como durante la crisis, producir más con menos. Francisco se entrevista con Anso de Arpelaiz y entra a trabajar de aprendiz en su pequeña empresa. Trabajan en el astillero,  además del patrón, dos aprendices: Koldo y Erruki. Total por alojamiento y manutención contará con un joven fuerte y trabajador, lo tendrá a prueba una temporada. 

Francisco tampoco es bien recibido en el pequeño astillero. El primer día es movido. Como Francisco sigue al pie de la letra los consejos del buhonero, trabaja y trabaja sin levantar cabeza, sin conocimiento, como la mula del arriero. Tanta actividad no es bien vista por los más veteranos, viene a romper el ritmo y los vicios establecidos por la costumbre. El autor nos cuenta un caso de acoso laboral de libro, pero esta vez con final feliz que es precisamente como no suelen acabar estos casos en la realidad del mundo del trabajo. La manera de Anso de resolver el conflicto es fantástica. Con jefes así, con ese sentido de la justicia tan Llarena, solitario y sin estrella de sheriff justiciero, uno iría navegando con los barcos de su astillero al fin del mundo. Lean, lean y vean. 

Para cualquier oficio se necesita una habilidad determinada. Francisco de la Vega se tira dos años intentando aprender, pero no hay manera. Nunca es capaz de hacer un corte recto o conseguir que las hembras encajen con los machos en el machihembrado de las maderas del barco. La evidente torpeza de Francisco para los trabajos manuales llevan a Anso a degradarlo, lo rebaja de aspirante a carpintero a aprendiz de calafate. Este oficio es menos exigente y más sucio, consiste en taponar las rendijas del barco para hacerlo estanco. Para ello el calafate tiene que preparar el producto. Hierve alquitrán mezclado con sebo para que la estopa deslice y penetre en las juntas de las tablas del barco. Al acabar la jornada de trabajo tiene otra jornada de limpieza con piedra pómez para quitarse lo negro pegado a la piel, quedando como un centollo desollado de tanto raspar. 


"De haber estado bravío el oleaje, es seguro que habría elegido otro lugar, pues las olas lo hubiesen despedazado entre los cuchillos de las rocas"

Francisco comienza a pensar en las riquezas que el mar esconde cuando Perucho le cuenta que un pescador ha pescado un congrio con un doblón de oro en las tripas, encontrado seguramente en el pecio de un galeón hundido en la bahía de Cádiz. Empieza a pensar que el mar significa libertad. Como cuando Lázaro se convierte en atún nuevo, un cerebro a estrenar. Allí será el rey de las islas solitarias. Nadie se reirá de él y no le llamarán magüeto con mala baba porque los peces no hablan. El padre de Bibiñe no le descartará como novio de la hija por no ser más que un calafate, por mucho que hacer bien el oficio sea necesario para que los barcos no se hundan, los ratones sean indispensables para el gato o los mulos sean obligatorios para el trabajo del arriero. Así que el día de San Juan después de buscar verbenas y tréboles de cuatro hojas que le libren del cabayuco, como hacía en Cantabria, y ponerle el manojo de flores y yerbas a la ventana de Bibiñe, desaparece en la ría. 

La noche de San Juan es la más corta del año. Para Francisco aquella fue la noche de la libertad. Nadó con toda la fuerza que le permitían sus brazos robustos para huir de la esclavitud. Nadó a la inversa de la popular canción de taberna: desde Bilbao a Santurce a mar abierto sin parar antes de que cayera la noche, siguiendo “la estela roja que el sol poniente marcaba en la cresta de las olas.” Cuatro leguas marinas hasta la rada de Berrón. Duerme sobre unos helechos, agotado por el esfuerzo de nadar, mordido por el hambre y azotado por la sed que puede apaciguar en un arroyo a la luz de la luna. 

De mañana come mejillones y lapas que arranca de las piedras. Temeroso de que lo descubra algún campesino o pescador se tira a la mar, su refugio, lejos de las humillaciones de la tierra. Se sumerge a rescatar los orígenes, a explorar las praderas submarinas que se le parecen a la huerta de su madre en formas y colores. De sorpresa en sorpresa va descubriendo peces largos como serpientes; otros, feos como demonios amenazantes o peligrosos como el latigazo de una anémona que le deja el brazo escocido como si le hubieran azotado con una mata de ortigas. Hay hostilidad allí abajo, no todo es bello e inofensivo en la vida submarina. La flojera del brazo le obliga a descansar en la orilla la tarde del veinticuatro de junio. El veinticinco amanece entre los ladridos de los perros del pastor que le sobresaltan y le echan al mar ante el temor de ser atrapado como un bicho raro, desnudo como los animales de la mar. Así estuvo durante algunos días: huyendo de los humanos, escondiéndose mar adentro y volviendo al camastro de helechos cuando el peligro había pasado. Decidió nadar hacia poniente y pasar Castro Urdiales. En la isla Ballena roba la ropa de un enamorado y con ella bien envuelta llega a Laredo. Allí se viste y un marinero le ofrece trabajo en un barco. Come y se embarca, pero cuando descubre que el rumbo es levante, se tira al agua en alta mar. A nadar de nuevo hasta una cueva del monte Buciero donde pasa cuatro años alejado de los hombres, olvidando el habla, aprendiendo supervivencia en el mar, sumido “en un estado híbrido, a medio camino entre la naturaleza de los hombres y la de los peces, donde los instintos se imponían a las normas, las sensaciones a los razonamientos, las evidencias a los dogmas.” Partícipe de la respiración del universo. Fascinado por “las praderas multicolores del fondo marino.” 


"Vio a un delfín flotando sobre las aguas, medio muerto, enmarañado en un largo trozo de red"

Un día libera a un delfín atrapado por una red a la deriva. El pobre animal lanza al aire gemidos de auxilio que nadie escucha. El agradecimiento del delfín frotando el lomo suave contra las piernas del salvador, como un gato satisfecho se frota con las piernas del dueño con el rabo erguido, le hacen llorar y sentir sensaciones humanas que no sentía desde hacía tres años y que creía olvidadas como los besos de la madre, los abrazos de los hermanos o las caricias de Bibiñe en su pelo pelirrojo. 

La sociedad con el delfín le afianza su innata atracción por el agua. Un auténtico tratado de paz entre el hombre que pisa en falso en tierra firme y los habitantes del mar. Armisticio entre el hombre que extermina las ballenas, tiñe de rojo espeso el agua salada y que al mismo tiempo denuncia el modelo extractivo de explotación extrema del mar. Páginas de felicidad compartida de dos descartados de sus tribus: Un hombre al que obligan a abandonar a los de su raza y un delfín solitario que abandona su manada. Se enseñan sus posesiones, la cueva que le da agua de beber y los misterios fascinantes de las profundidades marinas que ningún hombre más había visto antes que él. Al lado de su amigo delfín descubre los secretos del agua, la paradoja del agua; el agua es más problema en el mar que en el desierto más seco.


"Now the beach is deserted except for some help 
And a piece of an old ship that lies on the shore. 
You always responded when I needed your help, 
You gimme a map and a key to your door. 

Sara, oh Sara, 
Glamorous nymph with an arrow and bow, 
Sara, oh Sara, 
Don't ever leave me, don't ever go."
Bob Dylan



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


martes, 20 de marzo de 2018

El hombre pez (3) José Antonio Abella. Atarse a la vida.





"Como a mí me pasó, que por ganar dos ochavos perdí la mano"

El hombre pez (3) 
José Antonio Abella 

El párroco de Liérganes, don Juan de la Rañada, le explica a María del Casar que su hijo Francisco es “Tardo, pero no lerdo.” Lo entiende todo, pero más tarde. Hace las cosas aunque sea más despacio; a excepción -eso sí- de lo relacionado con el agua,  como nadar, bucear o pescar. En eso es campeón. Un niño trasparente, sin doblez, de bondad espontánea que como no enseña los dientes, se ríen de él. 

Irán desfilando por la novela personajes típicos de la época, como el veterano de los tercios de Flandes o el mendigo de Bilbao, además de los vistos como los frailes de Cádiz o el exorcista. La figura del veterano de guerra es respetada en las sociedades que tienen el norte definido. Un soldado que sobrevive a una guerra enciende la imaginación de los que la viven de lejos. Uno recuerda la fascinación que ejercía en los niños de entonces la figura de un señor mayor del que decían que había estado en la guerra de Cuba. Vivía solo en una casa de la misma calle. Su presencia, mandona como un venerable general retirado, infundía respeto. O aquellos letreros en los asientos del metro de Madrid que decían: “Reservado caballeros mutilados.” 

En el caso que nos ocupa, se trata de un soldado de los tercios de Flandes. Estos veteranos eran admirados en la época porque habían visto mundo, cuando se tardaban tres jornadas en recorrer la distancia de Liérganes a Bilbao. Tuerto y cojo, herido en el asedio de Lille. Resobrino del párroco de Liérganes, se presenta en el pueblo el día de Corpus. Ha llegado al puerto de Laredo en un barco de los usados para transportar lana de las ovejas castellanas y de vuelta traer de Flandes productos manufacturados. El puerto de Laredo del que partieron las naves el veintiuno de agosto de 1496 para llevar a la infanta doña Juana, hija de los Reyes Católicos, a casarse con Felipe el Hermoso. De vuelta traer a la infanta doña Margarita para casarse con el príncipe Juan, malogrado heredero. Un soldado con más hambre que gloria, un poco raro porque trae libros en la mochila en una sociedad en la que el noventa por ciento son analfabetos. Cipriano Salcedo o Cervantes que también fue soldado en la más alta ocasión que vieron los siglos. Alberga la esperanza de sacar algún dinero porque son libros prohibidos en España. Como tal, escasos y difíciles de encontrar, más caros de lo normal; por lo tanto,  más buscados y más leídos. Siempre pasa eso. La secreta aspiración a la polémica de los artistas, despertar la latente, legendaria torpeza de los gobernantes ávidos de censurar y prohibir cualquier manifestación cultural o literaria para que se convierta en éxito explosivo, como las fotos censuradas de ARCO o la prohibición de las imágenes de toreros de Barcelona. Volver a prohibir escritores como hoy propone un sindicato obrero. Manda huevos, tanto caminar para volver al mismo sitio. 




"Incluso permitió vadear el Rhin a la caballería de Luis XIV en su guerra con Holanda"

Entre los libros que traía escondidos en el petate estaban las dos partes del Lazarillo de Tormes sin censurar. El libro mutilado había sido una de las lecturas favoritas de niño. Lo tiene de libro de cabecera a pesar de las advertencias del tío cura. Lo utiliza para enseñar a leer a algunos niños pobres del pueblo, entre ellos los hijos de María del Casar. A menudo les lee capítulos de la obra y los niños están entusiasmados con las aventuras de Lázaro. Lo que más les enciende la imaginación, sobre todo a Francisco, es cuando Lázaro se convierte en atún. De un día para otro desaparece igual que apareció, sin decir nada a nadie y dejando profunda huella en los chiquillos, Francisco entre ellos, callado y tranquilo pero con la mente llena de ruidos, elocuente a partir de ese momento. 

Si el año 1672 fue un annus horribilis para toda Europa, se pueden imaginar para España. Ya en aquel tiempo cuando allí tosían, aquí nos entraba una pulmonía mortal. La sequía extrema permite a la caballería de Luis XIV vadear el Rhin. La constante falta de agua de las tierras de labor españolas, a medio camino entre las campiñas europeas y los desiertos africanos, llegó aquel año a los valles verdes de Cantabria que se mudaron pardos como en la Castilla seca. Se perdieron las cosechas; como consecuencia, la hambruna y las enfermedades golpearon con fuerza a la población. 

El rey Carlos II contaba con once años y apenas se tenía en pie. España estaba gobernada por validos a los que les interesaba más que el rey tuviera heredero que las penurias de la población. Un buhonero trae una solución parcial al problema en casa de la viuda. Le propone a la madre llevar a un hijo a Bilbao para que aprenda el oficio de hacer barcos. Francisco, de doce años de edad, se presenta voluntario porque ve la necesidad de aliviar de una boca a la escuálida economía familiar. La madre acepta a pesar del dolor de desprenderse de sus hijos, pues ya el mayor se había ido al seminario. Además echará de menos las truchas frescas que Francisco pescaba a diario en el río y que quitaban mucha hambre en la casa. Don Juan el cura también apoya la marcha, al fin y al cabo recriarse en Bilbao no debe ser tan diferente, sólo está a treinta leguas de camino. 




"Nunca había contemplado cosa semejante"

La perrita canela es la única de la casa del buhonero que recibe bien a Francisco. La mujer del buhonero les agría la llegada, el huésped significa una boca más en una casa en la que no sobra demasiado. La primera noche duerme en la cuadra al lado del mulo que le calienta con su aliento, no le dan ni una manta siquiera. Sólo Bibiñe, la hija mayor, le trae un poco de tocino con pan que le permite engañar el hambre. Le gusta el pelirrojo de ojos azules. A cambio recibe la reprimenda del padre que no quiere obras de misericordia con un niño en su casa. Palabras como bombas de mano: lo matará si lo vuelve a ver con Bibiñe

El buhonero lo despide después de misa al día siguiente. Que se busque la vida para comer y que se presente en la casa al anochecer. Debe estar fresco para buscar trabajo al amanecer. Queda como criatura indefensa en la ciudad, sobre todo para quien el mundo conocido no pasa del valle de Liérganes y las pozas del río Miera. Pasa uno de los días más felices de su vida al lado de Perucho, adolescente de su edad, pobre de pedir tullido que enseña el muñón de su mano derecha para dar más pena. Le cuenta que perdió la mano en el astillero cuando aserraba unas cuadernas para un barco. Le enseña a buscarse la vida entre los hampones, la picaresca en el planeta de los descartados, a sobrevivir sin trabajar. Le sorprende la suciedad y malos olores de la gran ciudad. La gente tiraba las inmundicias en las calles al no haber huertos ni corrales como en Liérganes. ¡A ver dónde iban a tirar! Además sin gallinas sueltas como en los pueblos, perfectas máquinas de reciclar porque todo se lo comen. En esto hemos retrocedido a esos años, ahora con las heces de los perros. Obligatorio mirar dónde pisas si no quieres el regalito oloroso. También es verdad que la gente ya no suele escupir tanto como entonces por las calles, mascaban el tabaco y lo escupían todo el rato. Excepto los futbolistas por televisión, hay que ver las veces que escupen a lo largo de un partido.Un día inolvidable de  "Pan, vino y tabaco" o Guggenheim para atarse a la vida por las calles de Bilbao.  


Qué tiene tu veneno 
Que me quita la vida sólo con un beso 
Y me lleva a la luna 
Y me ofrece la droga que todo lo cura. 
Dependencia bendita 
Invisible cadena que me ata a la vida 
Y en momentos oscuros 
Palmadita en la espalda y ya estoy más 
seguro
Fito&Fitipaldis



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


martes, 13 de marzo de 2018

El hombre pez (2) Jose Antonio Abella. La vida alrededor.





"Hijo del agua"

El hombre pez (2) 
Jose Antonio Abella 

Un fraile dominico de aspecto tenebroso se presenta en el convento gaditano veinte días más tarde, cuando el obispo casi se había olvidado del asunto del hombre marino. Cocido a fuego lento en mil batallas contra el diablo, el mejor exorcista de Andalucía a juicio del arzobispo de Sevilla. Su sola presencia impone respeto sobrehumano; su aliento, pánico. Con las primeras claridades del día, cuando los diablos están cansados de la noche y más descuidados les cae encima el exorcista con todas sus armas: el crucifijo en una mano y en la otra el hisopo de agua bendita que moja en el calderillo de vez en cuando para rociar la espalda cubierta de rugosidades del hombre pez. “Pan, vino, tabaco” es lo que obtiene por toda respuesta de la retórica de combatir diablos del fraile dominico. La réplica enciende al exorcista al creer que se burla de él. La tensión del momento le pone al rojo vivo todos los marcadores y le da un vahído. Los buenos cuidados de los frailes franciscanos durante varios días recuperan el cuerpo desmayado del dominico y poco a poco lo van sacando de la depresión por el fracaso con el diablo. El exorcista, que nunca da por perdido un combate, se castiga por la derrota, se entrega a la flagelación y la disciplina. Una semana a pan y agua para fortalecer el espíritu. 

Mientras tanto los frailes compran una tinaja enorme a un tabernero vecino. En su interior caben tres personas con holgura. La llenan de agua con gran trabajo y el exorcista la bendice con sales del mar Muerto bendecidas por el Papa. El propósito del exorcista es hacerle una inmersión completa al hombre pez para ver si los demonios son capaces de resistir tanta agua bendita. Lo que ocurre no es para contarlo, hay que leer para creer porque tampoco lo contaron los testigos. El amor está en el agua, vivir para cantarlo. 

Al día siguiente del exorcismo frustrado llega carta en el correo de Madrid. Don Domingo de la Cantolla da cuenta de otra recibida del párroco de Liérganes en la que se puede leer que cinco años atrás Francisco de la Vega y del Casar había desaparecido en la ría de Portugalete. Francisco era hijo de una familia de labradores pobres de la villa. Siete años atrás sus padres lo habían enviado a Bilbao a que aprendiera el oficio de construir barcos. 

La novela pega un volantazo, el autor nos traslada de lugar y tiempo, de las arenas del sur caliente a las tierras del norte agreste. De la vida monacal en un convento franciscano en el que las necesidades básicas bien cubiertas permite a sus moradores dedicar el tiempo a la poesía mística, pasamos a la prosa sin corsé y más pedestre de una familia de labradores de pocas tierras en la que los padres tienen que espabilar para dar de comer a los vástagos en un invierno seco de hielos agresivos que dejan tierras estériles, duras como un camino. En los libros de historia saldrán los tejemanejes del rey Felipe IV para dejar heredero, incluso que ese febrero padecía estreñimiento a causa de unas hemorroides que le traen a mal traer. De los pinceles de Velázquez sale su último óleo, (muere en el mes de agosto de 1660): el retrato de Felipe Próspero, heredero del trono malogrado a los tres años de edad. 


Felipe Próspero
Diego Velázquez
Kunsthistorisches Museum de Viena

Como ya hemos señalado, Francisco nace en febrero, apenas mes y algo después del fallecimiento de su padre en un accidente laboral. Fuego y agua, elementos fundacionales de la vida e ingredientes activos de esta novela. Incinerado queda en una carbonera de los montes de Vizcaya. Actividad a la que se dedica en los inviernos para complementar los magros ingresos de la agricultura. Si nos fijamos un poco, vemos que el autor repite la técnica narrativa. Primero da la fecha de un suceso y luego nos cuenta qué pasa hasta llegar a ella. María ya siente síntomas de parto cuando coge la tabla y el cesto de la ropa para irse a lavar. Normalmente lo hace en la puente del batán, pero esa mañana baja hasta el río porque del hueco de un fresno que flanquea el camino sale un intenso olor a gato muerto. Allí junto a la poza grande donde se bañan los niños en verano, Modesta la molinera la descubre junto a un recién nacido que ni llora ni respira entre las piernas. Ella lo pone boca abajo, le da unos azotes en la espalda hasta que “rompe a llorar con un berrido agudo y desesperado, creciente y perturbador como el maullido de los gatos durante la cópula.” Así paren las madres, así venimos al mundo, como los animales. Francisco nace entre los dolores de la madre desmayada y se escurre como un pez, buscando el agua, la querencia para vivir o morir. Cuando llega el cura, la partera ya lo ha reanimado y lo ha puesto a los calostros de la madre. Lo bautizan la tarde del domingo como era costumbre: bautizar enseguida para que si el niño muere vaya al cielo y no al limbo de los justos, saturado de almas inocentes. 

El día del bautismo berrea como un condenado y vuelta a buscar su querencia en el agua desde bien pequeño. Se le escurre al padrino y cae en la pila del agua bendita. Y he aquí que nadar como un batracio y parar de llorar es todo uno. El Santo Oficio prohíbe hablar de este anecdótico suceso, no fuera a ser que algún inquisidor posterior lo relacionara con un oscuro episodio de herejía que se le hizo en 1734 a Fray Juan de la Vega, descendiente de Francisco, que fue acusado de molinesista, seguidor del escritor y teólogo Miguel de Molinos y su quietismo. 




"Los frailes del convento de San Francisco pensaban elaborar un vino secreto, mejor que los de Jerez" 


Francisco padre siempre decía que ya no hacía el frío de antes. Él, que había nacido con el siglo, recordaba el invierno de 1624, en el que se candaron todos los ríos de España, los grandes y los chicos. El hielo rompió las barcas de un puente para pasar el Ebro en Tortosa. Aquel invierno tampoco dejó de nevar. Él se iba al monte, a las carboneras, dejando a su mujer en casa, de nuevo embarazada, con la lechigada de hijos. No era el frío lo que le congelaba el alma, sino la pujante juventud de ella. Contaba ya cincuenta años cuando se la ofrecieron por esposa. María del Casar tenía dieciséis años y un hijo desde que salió de casa a servir en otra casa de ricos. Aunque los hijos, la poca comida y el mucho trabajo la avejentaran pronto, sin embargo, nunca tanto como a Francisco que se llenaba de un día para otro de los achaques propios de la edad. A Francisco le llevan los demonios que Anselmo, compañero de monte y carboneras, le advierta que debe guardar el rebaño si no quiere ver que se lo come el lobo. Las nieves de noviembre son traicioneras, tronchan muchas ramas de los árboles, le hunden el tejado de la choza y le dislocan el tobillo. Bajan a Francisco cojo y durante el mes y medio en cama se le disipan las nieblas de la sospecha sobre la fidelidad de su mujer y tiene tiempo de pensar en los hijos. Quiere que estudien y aprendan lo que ellos no pudieron. Así se lo pide al cura, don Juan de la Rañada, que accede como hombre de bondad espontánea a enseñarles a leer y a escribir con la esperanza de ganarlos para su causa y que alguno de los cuatro hermanos pase a engrosar las filas del clero. 

La infancia de Francisco transcurre feliz. El relato de la niñez de Francisco podría ser un cuento independiente, lectura para niños con planteamiento, nudo, desenlace, misterio y moraleja. Una preciosa historia adaptada a la edad de los protagonistas que tiene de todo: bullying en las calles y matonismo submarino. Los veranos va a bañarse a las pozas del río, al cuidado de los hermanos mayores. Cuando tenía dos años, cuando aún no andaba porque tenía retraso en la movilidad, ya gatea a la poza para nadar sin que nadie le enseñe, para enfado de la madre que recuerda que casi se le ahoga al nacer. 

Después la historia del hijo del alcalde, Quinquicinco (con rima consonante y ripiosa como “La talla treinta y ocho me aprieta el…”). Cómo Francisco le gana cuatro reales y como consecuencia sufre el acoso del hijo de la autoridad y sus secuaces, mozalbetes de unos catorce o quince años, puro rencor, que no soporta que un niño le haya dejado en ridículo. Y la cruz de la moneda cuando Quinquicinco urde un plan para rescatar las coronas de plata de la Virgen Blanca y del Niño Jesús que desaparecen de la iglesia y le echa la culpa al Ojáncano, un habitante legendario de los bosques más tupidos de Cantabria y de las pozas más hondas de Peña Cabarga. Consigue que desaparezca la segunda parte de la rima y queda como el héroe para la gente de Liérganes.


El tren de ayer se aleja, el tiempo pasa, 
la vida alrededor ya no es tan mía, 
desde el observatorio de mi casa 
la fiesta se resfría.
Joaquín Sabina



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.