miércoles, 15 de febrero de 2017

Novelas Ejemplares La española inglesa (y2) Miguel de Cervantes. Nada que esconder.




"Confieso mi culpa, si lo es haber guardado este tesoro a que estuviese en la perfección que convenía para parecer ante los ojos de Vuestra Majestad"


Novelas Ejemplares 
La española inglesa (y2) 
Miguel de Cervantes 

Además de Clotaldo, el padre secuestrador, y de Catalina, la madre cómplice que acepta el regalo de Isabela, la familia cuenta con Ricaredo, hijo de unos doce años, que la consiente y quiere como hermana. Pero a medida que crecen, el amor fraternal se va convirtiendo en “ardentísimos deseos de gozarla y de poseerla.” Sin embargo, la senda del amor y del deseo a menudo es un campo minado de espinas y rémoras. 

El autor plantea el romance como una carrera de obstáculos a superar. El primero es el compromiso previo del joven con una doncella escocesa, también católica clandestina y de buena familia. Lejos de venirse abajo, decide postularse y presentar batalla. Un día, harto de comer pan amargo y de tanto llorar de amor por las esquinas, se arma de valor y le declara a Isabela su deseo de recibirla por esposa a escondidas de los padres. La respuesta es acerada, ella no quiere y no puede romper con la promesa de estricta obediencia que le ha hecho a los nuevos padres. Sin su consentimiento no habrá boda. 

Abrir el corazón y sanar todo es uno. Dispuesto a aceptar las condiciones, pide licencia a los padres y éstos aceptan cambiar la riqueza de la familia escocesa por la virtud conocida de Isabela. Ahora queda pasar el trámite de la Reina todopoderosa, señora de vidas y haciendas. Ellos sólo temen el castigo por ser católicos. La pretendida se presenta ante la soberana, el rostro un cielo estrellado, el sol y la luna los ojos. Los cortesanos quieren ser todo ojos para admirar tanta belleza. La Reina se hace querer por cercana a la esclava: “Habladme en español, doncella, que yo le entiendo bien, y gustaré dello.” Cómo les sentaría a los stiff upper lips (flemáticos, impasibles) británicos que su reina se rebajara a la categoría de súbdito esclavo extranjero, el eslabón más bajo de la escala social. La Reina impera, ordena e impone que Ricaredo se haga merecedor del tesoro que Isabela esconde. Exclama: “Felice fuera el rey batallador que tuviera en su ejército diez mil soldados amantes que esperaran que el premio de sus victorias había de ser gozar de sus amadas.” 




"[...]entró en el río de Londres con su navío, porque la nave no tuvo fondo en él que la sufriese" 


Ricaredo se hace a la mar como capitán de un navío corsario. La expedición resulta una senda jalonada de éxitos. Su intención es mostrar su valentía ante el enemigo y cumplir con ser cristiano, no causar daño a los hermanos de religión sean de donde sean. (Una brotherhood of man del Imagine de John Lennon) Pronto se hace con el mando de los navíos de corso por la muerte del general. En una confusa batalla naval al abordaje, guerra de banderas incluida, en la que luchan a cara de perro y valen todas las argucias por ir en ello la propia vida, hunden una galera frente a la costa mediterránea española. Se hacen con un navío que transporta un importante botín. Matan a muchos turcos y liberan a los cristianos españoles a los que embarcan en un bajel y da cuatro escudos por cabeza en una mezcla de crueldad, firmeza, valentía y magnanimidad. Excepto una pareja de españoles que, a su petición, llevan a Londres,  allí llegan ocho días más tarde gracias al viento favorable que hincha las velas extendidas, envueltos de una mezcla de alegría por el botín y tristeza por la muerte del general. Tardan otros ocho días en vaciar el vientre gigante del navío español repleto de riquezas varado en la desembocadura del Támesis por no tener el río fondo que le aguante. 

“Dádivas quebrantan penas,” dicen sentenciosas las gentes al ver tanta riqueza. Ricaredo ablanda así el corazón de hierro de la Reina, pero al mismo tiempo son lanzas que atraviesan el corazón de los envidiosos. Los gaditanos padres biológicos reconocen a su hija, Isabela. La prueba es un lunar negro bajo la oreja derecha. Ricaredo ruega y la Reina le promete la mano de Isabela en cuatro días. 

Cuando parece que los vientos favorables llevan a buen puerto los deseos de Ricaredo, surge otra nueva dificultad. No hay camino sin curvas. La belleza de Isabela dejaba enamorados por las esquinas. El alma de Arnesto abrasada cada vez que sus requiebros sólo reciben desdén. Su madre, camarera real asignada a la formación de Isabela, cede al chantaje del hijo de que se dirija a la Reina pidiéndole un aplazamiento de dos días más a los cuatro que faltan para la ceremonia de pedida de Ricaredo. Si la respuesta es contraria a sus intereses, como lo fue, la muerte cerrará las puertas de la vida, protagonizará un hecho escandaloso. 

Arnesto desairado se presenta en casa de Ricaredo armado con todas las armas para desafiarlo a duelo, “a todo trance de muerte.” Ricaredo, que nunca rehúsa un desafío, lo acepta. Cuando ya las espadas están en alto, aparece una tropa de hombres mandada por la Reina para detener el combate y llevarse a Arnesto preso a un castillo. La camarera y madre en vista del fracaso de su gestión ante la soberana, envenena a Isabela con tósigo de efecto fulminante. El milagro de hermosura se torna monstruo de fealdad: la garganta y la lengua hinchadas, denegridos los labios, ojos turbados, voz ronca y pecho apretado. Enterada la Reina, les hace dar los polvos del unicornio y gracias a los médicos reales, los antídotos y la ayuda de Dios logran salvarla. 

Ricaredo se la lleva a casa con permiso de la Reina. Crece su amor por ella. Le musita al oído hermosas palabras de amor para pedirla: “Si hermosa te quise, fea te adoro” y la besa en el rostro feo “no habiendo tenido jamás atrevimiento de llegarse a él cuando hermoso.” Entre océanos de lágrimas de todos los presentes. 

Dos meses tarda Isabela en empezar a recobrar la antigua belleza. La Reina condena a Arnesto a seis años de destierro y a su madre a pagar diez mil escudos de oro por el envenenamiento, además del despido de empleo y sueldo. Clotaldo pide licencia para casar a Ricaredo con Clisterna, la doncella escocesa. Ricaredo manifiesta el deseo de asegurar su conciencia en un viaje a Roma. Pide el plazo de un año (como el año que los estudiantes americanos toman antes de entrar en la universidad). Isabela y sus padres parten para España. Llegan a la barra de Cádiz en treinta días con el contento de las gentes que los vieron partir cautivos. Después a Sevilla donde el padre vuelve a su antiguo oficio de mercader tras la llegada del dinero y la venta de algunas joyas, regalo de la Reina. Alquilan una casa frontera al convento de Santa Paula. 



"Discurrieron aquella noche en muchas cosas, especialmente, en que si la Reina supiera que eran católicos, no les enviaría recaudo tan manso."

Pero no se vayan porque cuando parece que ya está todo el pescado vendido aún quedan cosas que contar. Tenemos a Isabela de casa al convento y del convento a casa, ganando indulgencias y guardando la ausencia de su amante de manera rigurosa, eclipsando la hermosura a la vista de los demás ansiosos por verla. Queda el sorprendente arreón final en el que Cervantes saca de la chistera una carta inesperada que alarga la historia. En ella, Catalina, la madre adoptiva de Isabela, cuenta que Arnesto ha matado a Ricaredo a traición en Francia. La noticia es como un latigazo por dentro para Isabela que se hinca de rodillas ante un crucifijo y hace votos de meterse monja, ya teniéndose por viuda. 

Pasados dos años, llega el día de tomar los hábitos. Vestida con las mejores galas se reúnen los miembros de la nobleza y personas principales de Sevilla para contemplar, aunque sólo sea fugazmente, la belleza de la novicia que tantos meses había estado eclipsada. 

Justo en el crítico momento, cuando ya tenía un pie en el umbral del convento, decidida a crucificarse sobre los dos maderos curvos de la ausencia de César Vallejo, llega el clímax, ese momento culminante en el que el relato gira. Aparece Ricaredo que con poderosa voz de ultratumba, vestido de cautivo rescatado, la detiene. Clama desde detrás de las líneas enemigas que mientras él esté vivo, ella no puede ser religiosa, entre la estupefacción general de los presentes y los gritos y aplausos de los lectores. ¡Qué poderío esta escena! La aparición del séptimo de caballería en el último momento cuando ya los sioux agarran por los pelos las cabelleras rubias de los granjeros sitiados. Lo demás se lo pueden imaginar. Ricaredo cuenta sus andanzas por toda Europa. El encontronazo con Arnesto y sus secuaces que lo dejan por muerto. La visita a Roma donde se afianza en la fe. La vida de cautivo en Argel. La liberación, la venida a Sevilla, la boda con Isabel para siempre y el retoñar de la felicidad.



Look into your heart, 
You will find 
There's nothin' there to hide 
Take me as I am, 
Take my life 
I would give it all, 
I would sacrifice
Bryan Adams






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 8 de febrero de 2017

Novelas Ejemplares. La española inglesa. Miguel de Cervantes.El amor es un banquete.




"Y aunque iba aprendiendo la lengua inglesa no perdía la española"


Novelas Ejemplares 
La española inglesa 
Miguel de Cervantes 

La acción de La española inglesa transcurre primordialmente en Cádiz y en Londres. La armada inglesa, más invencible que la española, se viene al extremo sur de Europa a hundirnos los barcos y a dedicarse al saqueo de la ciudad que mejor canta las chirigotas de carnaval. Se ve que como en la parte terrestre del mundo no pueden con los ejércitos del imperio de pies de barro, pero poderosos en ese momento, nos atacan por mar. No solo porque los hechos narrados comiencen con feroces corsarios ingleses asaltando las playas gaditanas y  continúen a orillas del Támesis La española inglesa es cosmopolita, lo es también por la diversidad de su localización y nacionalidad de sus personajes. Luego hay un largo periplo europeo, por Francia e Italia donde Ricaredo se afianza en su catolicismo romano. La trama concluye en Sevilla, al lado del convento de Santa Paula. Y mar, mucho mar, como corresponde a la tradicional hegemonía británica en los mares y océanos. Allí no rigen las leyes de tierra firme, allí se aplica sin contemplaciones la rigurosa ley del mar. Se notan los conocimientos marineros de Cervantes, se desenvuelve como pez en el agua en la narración de ese abordaje sin resistencia enemiga a las puertas del puerto de Cádiz

Los hechos narrados son contemporáneos del autor, por lo tanto la relación entre España e Inglaterra reflejada en la novela puede presentar trazas de realidad. También se firmó una paz en 1604, por lo que esa ambigüedad de amor y odio entre los países y algunos personajes que impregna la novela corta puede que tenga asiento en la realidad de la época. El saqueo de Cádiz fue real, ocurrió en 1596 y constituyó una de las derrotas españolas más dolorosas en la guerra contra el Reino Unido. 



"Le tenían dedicado para ser esposo de una muy rica y principal doncella escocesa, así mismo secreta cristiana como ellos"

La española inglesa es un romance,  una historia de amor, una entretenida novela bizantina en la que triunfa el amor a pesar de los numerosos obstáculos que aparecen en el camino. La novela bizantina  estaba de moda y respondía a los gustos de los lectores de la época, pero hay mucho más como corresponde a un escrito de Cervantes relacionado con la época y sin que provoque fatiga en los materiales usados. Como esas descripciones de los navíos en las que el autor parece casado con el mar, la corte británica y el contraste con la española, las penalidades de los cautivos, las negociaciones para liberarlos, la fiabilidad de los prestamistas y banqueros europeos, la belleza recobrada, etc. Un narrador ágil que inunda la historia de ritmo trepidante y muchas cosas que narrar. De fondo y atenidos al tiempo, el conflicto religioso de los siglos XVI y XVII que baña de sangre los campos de Europa. Los miembros de la familia secuestradora de Isabela son católicos de catacumba, perseguidos por ser raros entre la mayoría anglicana. Al revés pasaba en España con los conciliábulos protestantes clandestinos que tan bien describe Delibes en El hereje. A mi juicio,  existe en la novela un tono pacifista, una huida de la limpieza religiosa e ideológica que acarrean los fanatismos. Una propaganda a favor de la paz como refleja esa falta de rencor hacia el turco que encarcela y priva de libertad a los cautivos. El enemigo británico puede ser amigo. Pero con Cervantes nunca se sabe a ciencia cierta, todo puede ser medida ambigüedad y fina ironía. Una lectura acorde con estos tiempos de Brexit, después de cuarenta años de convivencia europea, se emborrachan de independencia y prefieren surcar los mares solos, (Allá ellos) no vaya a ser que algún europeo vaya a Londres a gobernarlos. Nunca lo permitirían ellos, claro, tan apegados a lo suyo. 

El comienzo de La española inglesa es provocador, tanto como el de La gitanilla. La reducción del ser humano a la categoría de despojo, material sobrante: “Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz, Clotaldo, un caballero inglés, capitán de una escuadra de navíos, llevó a Londres una niña de edad de siete años.” Ya vamos viendo que una de las tácticas de Cervantes es exagerar las situaciones para que el contraste barroco sea después más evidente. La táctica envenenada de reducir el ser humano diferente a la categoría de desecho como justificación de una posterior eliminación es tan vieja como el mundo. Todo está en Cervantes, sólo hay que leer y dar con ello. El capitán Clotaldo desbarata el dicho popular: “Joyas con dientes, nadie quiere,” haciendo referencia a la esclavitud y trabajo extremo que supone regenerar la especie, criar y educar a los hijos propios hasta que vuelan. Aunque pensándolo un poco, el chascarrillo hace aguas en estos tiempos en que la gente acepta esclavitudes sin decir ni pío. Me refiero a esa estadística que circula por ahí que señala que ya hay más animales de cuatro patas que niños en las casas. Es entrañable la cantidad de esclavitudes y compromisos que la gente asume con tal de tener a alguien a mano que le aguante los soliloquios. Como Orfeo y Augusto Pérez, pero con la diferencia que Augusto tenía criados para atender al can a cuerpo de rey. 




"Dentro de nueve días se hallaron a la vista de Londres"

Bien, pues resulta que Clotaldo se lleva entre el botín del saqueo de la Tacita de Plata a Isabela y la regala a su mujer. Lo extraño es que no la quisieran como esclava o cautiva para pedir por ella un rescate como era costumbre en la época. La educan como una hija más de la familia noble que son. La enseñan a leer, a escribir y a "tocar todos los instrumentos que a una mujer son lícitos,” (No vayamos a pensar mal) que acompañan el don de una voz maravillosa que encantaba al cantar, como La gitanilla. (Continuará)



Take me now baby here as I am
 Pull me close, try and understand 
 Desirous hunger is the fire I breathe
 Love is a banquet on which we feed 

Bruce Sprinsteen/Patti Smith




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde 
La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 1 de febrero de 2017

Novelas Ejemplares Rinconete y Cortadillo (y2) Miguel de Cervantes. El silencio no ayuda.





"Otros dos,  hay que son palanquines; Los cuales, como por momentos mudan casas, saben las entradas y salidas de todas las de la ciudad, y cuales pueden ser de provecho, y cuales no."


Novelas Ejemplares
Rinconete y Cortadillo (y2)
Miguel de Cervantes

Preguntados Rinconete y Cortadillo, da cuenta éste de sus habilidades que no son pocas: artista del floreo, catedrático de la buena vista, experto jugador, maestro en el robo con escalo. Pero en lo que Cortadillo más destaca es en mete dos y saca cinco. Monipodio le baja los humos, le regula la corriente sanguínea. No niega que sean buenos principios, pero no pasan de ser flores viejas de cantueso, sólo aptas para engañar a ingenuos espíritus primaverales que no existen. Le asegura que con media docena de lecciones saldrá oficial famoso, quizás maestro. También quiere de ellos que cuando llegue el caso, tengan el ánimo suficiente para sufrir media docena de latigazos sin cantar, porque lo que dice la lengua lo paga la gorja y no tiene más letras un no que un sí.

Discurso tan bien hilvanado y rotundo lleva a Monipodio a proponerles como cofrades mayores de la comunidad de vagos, malhechores y maleantes de Sevilla sin pasar por el año de noviciado. Confirmada la propuesta por unanimidad de todos los presentes en asamblea democrática, los eximen del año de trabajos menores como llevar la recaudación a la cárcel de algún hermano mayor, piar el turco puro, no pedir licencia al mayoral para celebrar un banquete y entrar en el reparto de beneficios de lo garbeado desde el primer día. Palabra estrangulada en la boca de los veteranos amigos de lo ajeno.

Un muchacho que hace de centinela de la casa con patio aljamiado interrumpe alborotado la reunión porque se acerca el alguacil de vagabundos. Monipodio tranquiliza a la concurrencia; la autoridad está comprada, conchabada. El alguacil quiere que aparezca la bolsita de ámbar con los veinte escudos de oro que Cortadillo afanó en San Salvador a un pariente suyo. Como nadie manifiesta conocer el paradero de la bolsa, Monipodio monta en cólera, se le disparan todos los marcadores, temeroso de algún motín o algo. Recela de que haya alguno que se atreva a romper los estatutos y buenas ordenanzas y que alguien desafíe su autoridad. Rincón,  viendo la rabia del jefe, presenta la bolsa del sacristán completa, sin faltarle un ardite, para satisfacción de Monipodio que se deshace en elogios hacia Cortadillo el Bueno porque “no es mucho que a quien te da la gallina entera, tú des una pierna de ella.” Bien sabe el maestre que un día de disimulo del alguacil paga ciento por uno.




"Todos, cual por una y cuál por otra parte, desaparecieron, subiéndose a las azoteas y tejados para escaparse y pasar por ellos a otra calle."


Entran al patio la Gananciosa y la Escalanta llenas de desenfado y desvergüenza, vestidas de mujeres de la casa llana, emparejadas con el manco Maniferro, por tener una mano postiza de hierro, y de Chiquiznaque. Traen unas banastas bien repletas de naranjas, limones, aceitunas, tajadas de bacalao frito, queso de Flandes, productos del mar: camarones, cangrejos, alcaparrones ahogados en pimientos y blanquísimo pan de Gandul. Traen también una bota de hasta dos arrobas de vino de la que sacan un azumbre del que da buena cuenta el estómago de la Pipota, desmayado de continuo. Sentados al vino y a las tajadas, unos catorce sacan las facas de cachas amarillas.

En plena faena del condumio, Tagarete, el centinela de guardia, da la voz de alarma con gran escandalera. Juliana, la Cariharta, llorosa y llena de pelos, moza del mismo jaez que las otras, viene con la cara llena de tolondrones, denegrida y magullada, exclama a gritos la Cariharta: “¡La justicia de Dios y del Rey venga sobre aquel ladrón desuellacaras, sobre aquel cobarde bajamanero, sobre aquel pícaro lendroso, que le he quitado más veces de la horca que tiene pelos en las barbas!” Cervantes nos deja de regalo aquí un ejemplo soberbio de cómo se resuelven los conflictos de maltrato de género y falta de respeto en los espacios cerrados. El Repolido la chulea, la manda a pedir con el Cabrillas de ayuda. Al entregar veinticinco en lugar de los treinta reales cabales acordados, la azota entre unas oliveras. Lo que se quiere bien, se castiga, la Gananciosa justifica así la somanta. Ya quisiera ella que ese bellacón la azotara y la acoceara así a ella. Significa que la quiere más, como hace el Repolido: la intenta acariciar después de haberla molido y llora totalmente arrepentido. También la Cariharta lo quiere arrepentido más que a las telas de su cuore. La Gananciosa le aconseja que no vaya a buscarle, porque se extenderá y ensanchará. Mejor que espere un poco, que el volverá manso como un cordero. En caso de que no venga, le sacarán cantares, le escribirán coplas que le amarguen. Incluso Monipodio se ofrece a componer miles de ellas, pues aunque no es muy buen poeta, todavía tiene a su amigo el barbero, buen barbero y poeta, para henchirle las medidas a los versos.

Se hizo la paz entre los ruines y tantas manos a las tajadas y tantos gaznates resecos, le vieron en poco tiempo el hondón a la canasta y las heces al cuero. Monipodio le explica a Rinconete algunos secretos de la cofradía. Los dos personajes graves que llaman la atención por su pelo cano son los abispones, su cometido es andar de día por la ciudad, avispando en qué casas se puede dar el tiento de noche con poco peligro. Vigilan a los que salen de la Casa de la Moneda para ver dónde ponen el dinero, estudian el grosor de los muros y diseñan el lugar para hacer los guzpátaros (los butrones). Se llevan un quinto de lo hurtado, “como Su Majestad de los tesoros.” Son gente respetada, de mucha verdad, de buena vida y misa diaria. También cuentan con dos palanquines, atentos a los que se mudan de casa para aprender las entradas y salidas de provecho para lo suyo.




"Porque vive el Dador, si se me sube la colera al campanario, que sea peor la recaída que la caída."

El Repolido se presenta en el patio con las orejas gachas, humilde y mansito pidiendo perdón, pero que no achuche mucho la Cariharta no vaya a subírsele la cólera al campanario. Viendo que ella pide más y los demás la apoyan, interviene Monipodio para imponer la paz. Que se deshagan las palabras entre los dientes y que se olviden las dichas antes. Que se lleve el viento las palabras mal habladas. Y se preparó la zambra para celebrar la paz entre los amigos. Cada uno toca lo que sabe, que es mucho entre gente de compás y buen son. Hasta Monipodio se revela como buen tocaor, toca las tejoletas con un plato partido. La Gananciosa se arranca por seguirillas sentidas y Monipodio la secunda:
"Riñen dos amantes, hácese la paz:
si el enojo es grande, es el gusto más."
Y el Repolido firma la paz: “Cántese a lo llano, y no se toquen estorias pasadas, que no hay para qué: lo pasado sea pasado, y tómese otra vereda, y basta.”

Arte llevaban de no terminar el cante si no es por una falsa alarma del centinela que los evapora en un instante al dar el queo de que el Alcalde de la justicia aparece en la calle con varios corchetes, pero pasa de largo.

Aparece un mozo con una queja: no han dado cuchillada de catorce a un mercader a pesar de haber pagado. Chiquiznaque lo achaca a la poca cara del pagano, solo le entran cuchilladas de a siete. Confiesa que se la dio a un criado, pero, claro, eso no es lo mismo.

Monipodio no sabe leer ni escribir, sin embargo, guarda una detallada relación escrita de las fechorías cometidas, lo ganado y su autor en un libro de memoria que manda leer a Cortadillo. Hasta él mismo tiene pendiente un “unto de miera en la casa” por el que ha recibido cuatro escudos de señal de los ocho de la entrega completa. La clavazón de cuernos le corresponde al Narigueta.

Rompen filas y todos a sus puestos, les despide y les cita el próximo domingo para el reparto. A Rinconete y Cortadillo les asigna el tramo que va de la Torre del Oro al Postigo del Alcazar. El Ganchoso va de guía. Los apunta en la lista de cofrades sin noviciado. Floreo y bajón, sus artes. Un abispón da cuenta de que el Lobillo de Málaga, buena prenda, y el Judío merodean por Sevilla. Parece ser que Rinconete y Cortadillo estuvieron por Sevilla durante unos meses bajo las órdenes y con la bendición de Monipodio, pero narrar las peripecias ya es cuestión de otro relato que Cervantes  no tuvo tiempo de escribir. 

El silencio no te ayuda, 
 sé que no sabes qué hacer, 
 sabes que fue la primera 
 y no será la última vez
Porta




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 25 de enero de 2017

Novelas Ejemplares Rinconete y Cortadillo (1) Miguel de Cervantes. De tanto volar.






"Se fueron a ver la ciudad, y admiróles la grandeza y suntuosidad de su mayor iglesia"

Novelas Ejemplares 
 Rinconete y Cortadillo (1) 
Miguel de Cervantes 

Dos muchachos, mozos de pocos años, le buscan las vueltas al sol de justicia en la Venta del Molinillo, camino de Andalucía. Es verano y en lo alto, mandón, el sol manchego que hiere, que derrite la sesera al más pintado. Van “Descosidos, rotos y maltratados,” armados con media espada y cuchillo de cachas desgastadas y amarillentas. La gente no se echa al camino desarmada. Uno de ellos guarda unos naipes con las puntas desgastadas de tanto usarlas. Ambos curtidos por el sol, las uñas caireladas. ¡Qué palabra tan bonita y tan taurina! Qué bien suena esta asociación de nombre y adjetivo: uñas caireladas. La universalidad de las letras de Cervantes es tierra legendaria. ¿Para qué pedir permiso a nadie? Para que los apegados a lo suyo tomen nota de estas bombas reales, verdaderas explosiones de alegría de un alma sin fronteras en constante lucha y viaje por la creación literaria en libertad. A la mesa de trucos, un festín de libertad creadora y literaria. Lucha sin armas: pluma y papel. “Mi tierra, señor caballero, no la sé, ni para donde camino tampoco.” Palabras del adolescente venido del mar que expresa el orgullo de pertenencia a nada, de límite el cielo, nubes por frontera, ayuno de sentido de posesión ¿No es limitarse vivir atado al suelo sacrosanto? 

El chico se ha echado al camino a buscarse la vida en vista de que su padre no lo reconoce en casa y la madrasta lo “trata como alnado” (hijastro). Sin padre, ni madre, ni perrito que le ladre en casa y deseoso de acabar con la incertidumbre y mala vida que conlleva la miseria del camino sus aspiraciones están en encontrar un amo a quien servir. La extremada juventud de ambos no les ha permitido oficio ni beneficio. El que parece más pequeño algo sabe de sastre y cortar polainas. Poco más, si acaso, los rudimentos del oficio del padre. El mayor quiere sellar la amistad que el misterio de la suerte ha puesto en bandeja en este encuentro. Para lograrlo, nada mejor que abrir el corazón al compañero. De lo que más sabe es de expender bulas, oficio aprendido de su padre bulero, Pedro Rincón. La aspiración de gozar de las comodidades que en Madrid, villa y corte, se ofrecen de ordinario, le empujan a meter la mano en la caja de la oficina expendedora de bulas. Lo pillan con las manos en la masa y lo condenan a mosqueo de espalda y destierro de cuatro años de la corte. Sin tiempo siquiera de hacer la maleta ni buscar montura, sale a cumplir el destierro, los naipes desgastados le han servido para no morir de hambre, para ganarse la vida por ventas y mesones desde Madrid. 

Algo parecido le pasa a Cortadillo, nacido en alguna aldea entre Salamanca y Medina. También tiene que emprender la huida cuando ya al Corregidor de Toledo le habían llegado noticias de la habilidad de sus dedos para llegar al fondo de las faldriqueras ajenas. 



"A Rinconete el Bueno y a Cortadillo se les da por distrito hasta el domingo desde la torre del Oro, por defuera de la ciudad hasta el postigo del Alcázar"

Para sellar la amistad recién nacida se juran fidelidad perpetua. Lo celebran con doce reales y veintidós maravedíes que le ganan a las veintiuna en menos de media hora a un arriero grandón, pagano de los pícaros. Se unen a una tropa de jinetes camino de Sevilla, ciudad a la que llegan a la hora de la oración. Se asombran de la abundancia de la gran ciudad. Allí corre un Guadalquivir de dinero y ellos sin saberlo habitan la tentación y frecuentan gentes de mal vivir. “Admiróles la grandeza y suntuosidad de su mayor iglesia y el gran concurso de gente al río.” Se sienten empequeñecidos por la rotunda solemnidad de la Giralda y la belleza sin par del monumento de origen musulmán. La visión de seis galeras atracadas en el río les llena el cuerpo de temor por si sus huesos y sus días van a parar de por vida al banco de castigo. 

Observan a unos muchachos que van y vienen cargados con esportillas. Uno de ellos, asturiano de procedencia, les cuenta que es trabajo descansado. Ganan cinco o seis reales al día que les da para comer, siempre mejor que malvivir de un amo a quien pagarle fianzas. 




"Era un tiempo de cargazón de flota y había en él seis galeras"


En dos horas se hacen con los útiles de trabajo: sendos talegos para el pan y tres esportillas de palma para la fruta, la carne y el pescado. En su interior albergan la turbia intención de usar el oficio de tapadera; les permitirá entrar en las casas como un caballo de Troya y desvalijarlas de tapadillo por dentro. 

El primer día ya estrenan el oficio. Rincón gana tres cuartos haciendo portes de comida a pie. Repartidor de Telepizza sin moto. Un soldado enamorado lo contrata para llevar la comida de un banquete que quiere dar a unas amigas de su dama. Cortado gana dos cuartos y una bolsita con quince escudos de oro bendito dentro que afana a un estudiante. El dinero es sagrado por proceder de una capellanía. Regresan al punto de partida rápidos como el rayo para no perder la vez en la cola del reparto. El estudiante estafado aparece trasudado y turbado de muerte, por su rostro corre el sudor como por una alquitara. Pregunta por la bolsa. Cortado completa su obra maestra: le sigue hasta Las Gradas y le roba un pañuelo bordado. Le pide un poco de tiempo para averiguar, le da esperanzas de recuperar la bolsa robada porque cree saber quién es el autor del hurto. Otro mozo de los de la esportilla, aún en el año de noviciado, se dirige a ellos en prosa suburbial, una germanía que ellos no entienden: “¿voacedes son de mala entrada, o no?[…] -¿Qué no entrevan, señores murcios?” Les quiere decir que anden con tiento, que no se les conoce por casa de Monipodio, el todopoderoso de los bajos fondos sevillanos

Les guía a su casa y en el camino les pone al corriente de las costumbres. De lo robado, algo va para el aceite de una imagen devota, algo ayudará y aliviará el castigo cuando caigan en manos del verdugo. Rezar el rosario sin agobios,  por partes, repartido en toda la semana. No robar los viernes, ni hablar con mujeres que se llamen María los sábados. El producto de lo robado se divide en muchas partes, por lo tanto no conjugan el verbo restituir si vienen mal dadas. Ancha es Castilla. Pasaba lo mismo que ahora, nadie devuelve nada, ni comisiones, ni sobresueldos, ni las becas aunque te pillen con las manos en la masa. Al fin y al cabo “¿No es peor ser hereje, o renegado, o matar a su padre y madre, o ser solomico?” (Sodomita en romance). 




"Otro día vendieron las camisas en el malbaratillo que se hace fuera de la puerta del Arenal"

La casa de Monipodio tiene mala apariencia por fuera,  pero esconde un patio limpio como la patena. El patio es aljamiado y parece verter carmín de lo más fino. Llegan a la hora de la audiencia. Acuden catorce personas, hampones de todo tipo y condición, lo mejor de cada casa. Reciben a Monipodio con profunda y larga reverencia. Monipodio aparenta unos cuarenta y tantos. Alto de cuerpo, de rostro moreno, los ojos hundidos, peludo, las manos cortas y pelosas, uñas hembras y remachadas. Parece “el más rustico y disforme del mundo.” 

“Por un morenico de color verde 
 ¿Cuál es la fogosa que no se pierde?” 
Así le canta la Gananciosa la seguidilla a los ojos fríos de color verde aceituna. Monipodio, ungido con potestad para acristianar y nombrar, los bautiza Rinconete y Cortadillo, el diminutivo que los identifica de ahora en adelante y para los restos. 

Monipodio asiente con Rincón en que no es conveniente airear la patria ni la procedencia paterna por si las cosas se tuercen y un escribano anota: Fulano,  hijo de Zutano y vecino de tal parte, tal día le azotaron y colgaron. En el poder de su pluma está no poner pena al delito ni culpar a quien dé pena. Ni a los bienhechores como el procurador, el verdugo, el centinela que avisa y toda una trama que ahorra castigo. Todo hay que pagarlo, pagando misas por las ánimas de tanto sobrecogedor. Por todos ellos celebran aniversario anual, con la mayor pompa y silencio posible.
De tanto volar 
Sedienta de tanto vuelo 
En un charco de agua clara 
La alondra se bebe el cielo, ay, ay
Lole y Manuel



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 18 de enero de 2017

Novelas Ejemplares La gitanilla (y2) Miguel de Cervantes. Del olivo me retiro.




"Tu nombre, ¡oh Gitanilla!/Causando asombro, espanto y maravilla."

Novelas Ejemplares 
 La gitanilla (y2) 
Miguel de Cervantes 

El patriarca gitano le explica a Andrés cómo se hacen las cosas entre los gitanos. Ellos le entregan a Preciosa como esposa, como amiga o, si quiere, le dan a escoger entre todas las doncellas del clan. Una vez elegida, le queda prohibido entretenerse o empacharse con las demás ya sean solteras o casadas. Añade solemne que entre ellos puede que haya incestos, pero ningún adulterio. Si alguna de ellas incumple, le aplican el código. No les temblará el pulso para enterrarlas en la montaña o por ahí en los páramos como si fueran alimañas. Así pueden ellos vivir seguros, acongojándolas. El miedo guarda la viña. Su vida es comunitaria, pueden compartirlo todo menos la hembra. Esa es sagrada. Ellos no, ellos pueden dejar “la mujer vieja como él sea mozo, y escoger otra que corresponda al gusto de sus años.” Y así ellos viven alegres, señores de los campos, los sembrados y las selvas. Su “ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni le ahogan tocas, ni le doman potros.” Son indomables. Para los gitanos se crían las bestias de carga en los campos. De día trabajan y de noche hurtan, testigos a diario de cómo se llega la aurora alegrando el aire, enfriando el agua y humedeciendo la tierra. Tras ella el alba dorando cumbres y rizando los montes. En definitiva, son gente que no se entrometen en el dicho: “Iglesia o mar o casa real. Allá los payos y sus cosas. Ellos tienen lo que quieren. El novicio acepta los fundamentos, renuncia a los privilegios de su herencia familiar, se somete al yugo de Preciosa y a la ley de los gitanos. El galardón de Preciosa compensa con creces el sacrifico de servirla. 

Preciosa le insiste en los dos años de noviciado, dos largos años de tanteo. Puede estar seguro de ella, no piensa tentar la suerte: llamar al castigo de los hombres que abandonan y castigan a las mujeres a su antojo. No es necesario que jure ni prometa nada, pues los juramentos de los cautivos y de los enamorados son vanos: harán lo que sea por conseguir sus deseos. Lo remite todo a la experiencia del noviciado. 

Andrés pide que lo eximan de robar durante un mes, asume que no acertará a robar sin un mes de aprendizaje. Que no se preocupe, ellos lo enseñarán a ser un águila en el oficio de Caco. El riesgo de un castigo a galeras, azotes y horcas ahí está, pero los soldados siguen existiendo por más que las guerras coman los hombres y los caballos. Para pagar el mes de exención, reparte doscientos escudos entre los gitanos que lo celebran y se rompen la camisa ante tanta generosidad. Ellos acocotan la mula y la entierran con los arreos para no dejar huella. Como deshacerse del móvil es ahora obligación entre los rufianes y amigos de lo ajeno. 




"Corona del donaire, honor del brío/Eres, bella gitana,/ Frescor de la mañana/ Céfiro blando en el ardiente estío"


Otro día levantan el campamento en dirección a los montes de Toledo, allí piensan poner el aduar y desde allí garramar los alrededores durante una temporada. Preciosa montada en la pollina y Andrés a pie, contenta de su lacayo y éste también contento de dejar el camino de Flandes y poner su albedrío a las órdenes de su señora. 

Las enseñanzas sobre el hurto no se le asientan a Andrés en la mollera así como así, antes bien las lágrimas de los dueños le dan tanta pena que les paga por lo robado en la escaramuza por la cuadrilla de cuatreros. Los gitanos protestan, para ellos eso de que la caridad entre en sus pechos es contravenir los estatutos, un sindiós que va contra su esencia; implica dejar de ser ladrones. Así que Andrés declara la independencia unilateral, pasa a ser un ladrón indepe, ladrón exento, por sí solo y señero. En su interior alberga la intención de comprar alguna cosa y presentarla como robada, así en menos de un mes presenta más provecho que cuatro de los cacos más aventajados. ¡Cómo no va estar Preciosa encantada de su tierno amante, lindo galán y despejado ladrón! 

Marchan a Extremadura, tierra rica y caliente. A la hermosura de Preciosa se unen ahora las muchas habilidades de Andrés, caballero bien criado. Los llaman para amenizar las fiestas de los pueblos y así va el aduar rico y próspero y “los amantes gozosos de solo mirarse.” 

Los perros ladran con ahínco un día a media noche. Se levantan los gitanos y ven a un hombre vestido todo de blanco, enharinado como un molinero, dos perros hacen por él, lo muerden en una pierna de mala manera. Lo llevan al campamento, hacen lumbre y la gitana vieja lo cura con un emplasto de pelos de los perros mordedores fritos en aceite, después de lavar las heridas con vino y romero mascado, bien cubiertas las heridas con un paño limpio y todo santiguado al final. 




"No dijo otra cosa sino que se llamaba Alonso Hurtado, y que iba a Nuestra Señora de la Peña de Francia a un cierto negocio"

La espada de los celos atraviesa el alma de Andrés cuando Preciosa reconoce en el mordido al paje que le regalaba poemas en Madrid. Al llegar el día, Andrés visita al herido que le dice que con la oscuridad perdió el camino y que su intención era llegar a la Peña de Francia. También le enseña los cuatrocientos escudos de oro cosidos a las mangas. Le cuenta que huye de dos estocadas certeras que le asestaron a dos caballeros principales. Piensa llegar a Sevilla, después a Cartagena para desde allí embarcarse en las galeras que parten hacia Génova llenas de plata para pagar a los tercios. Como la gitana vieja no quiere que ni siquiera se mente a Sevilla y sabiendo que Clemente- así nombran el mordido- trae dinero en cantidad, lo protegen, lo acogen y deciden adentrarse en la Mancha y luego a Murcia por quedar Cartagena al lado. Andrés y Clemente se hacen compañeros de viaje. En mes y medio el recién llegado no tiene la menor ocasión de hablar con Preciosa por no levantar los celos de Andrés, que bien sabido es que el amante se fatiga y se desespera hasta de los átomos del sol que tocan a la amada. Como buenos amigos y de aficiones comunes, con puntas de poetas y aficionados a la música, un día, convidados al silencio de la noche, entonan un canto por turnos en el que glosan la belleza, la decencia, los encantos y el donaire de Preciosa, “que blandamente mata y satisface.” 




"Está por aquí alguna venta o lugar donde pueda recogerme esta noche y curarme de las heridas que vuestros perros me han hecho?

Pero la felicidad se acaba; un día, a unas tres leguas de Murcia, se alojan en un mesón. Juana Carducho, la hija del mesonero, de diecisiete o dieciocho años de edad, “más desenvuelta que hermosa,” se enamora de Andrés al verlo bailar. El rechazo de éste por estar apalabrado, motiva que ella le denuncie a la justicia por ladrón después de meterle unas joyas entre sus alhajas. Lo detienen no sin antes haber matado a un soldado que desea galeras a todos los gitanos en lugar de tanto robar y bailar. En la confusión de la grita, Clemente se evapora. Después sabemos que lo vieron embarcarse en una galera. Llevan a Andrés a Murcia en un macho cargado de cadenas. A Preciosa la presentan ante la Corregidora que quiere conocer la belleza de la que todos hablan y no paran. La gitana vieja que oye decir a la corregidora que doce años antes había perdido a Constanza, vuelve con un cofre en el que hay un escrito que dice que la niña se llama Constanza, hija de Fernando de Acebedo y Guiomar Meneses. Comprueba que se trata de su hija por un lunar y dos dedos trabados que Preciosa tiene en uno de los pies, entre la lógica alegría del Corregidor que va de sorpresa en sorpresa, sólo lamenta que la hayan desposado con un gitano. 

Cuando descubre que Andrés es en realidad Juan Cárcamo, de aristocrático linaje y caballero de hábito, le concede casarse con Constanza antes de morir en cumplimiento de la condena. El teniente cura encargado del desposorio se niega a oficiar a falta de las amonestaciones. La madre ya ejerce de tal, le entrega su “única hija, la cual, si os iguala en el amor, no os desdice nada en el linaje.” 

El alcalde, tío del muerto, no acaba de ver claro el rigor de la justicia para ejecutar al yerno del Corregidor. Recibe promesa de dos mil ducados si retira la querella. Esperan a los padres del novio y en veinte días, una amonestación, se celebra el desposorio con fiestas de toros y cañas. Los poetas de la ciudad celebran el extraño caso y la sin par belleza de La gitanilla que durará mientras los siglos duren.



me retiro 
 del esparto yo maparto 
 ay que del olivo me retiro 
 ay del sarmiento marrepiento 
 de haberte querío tanto 
 ayyy que del olivo 
 me retiro 
 SOY GITANO...
Camarón de la Isla




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


Las dos primeras ilustraciones están escaneadas de mi libro de las Novelas Ejemplares de la Editorial Ramón Sopena. 


miércoles, 11 de enero de 2017

Novelas Ejemplares La gitanilla (1) Miguel de Cervantes. Cobre amarillo.





"Y,  finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo"



Novelas Ejemplares 
 La gitanilla (1) 
Miguel de Cervantes 

La gitanilla es una novela breve con final feliz. Si comienza con un exabrupto de carácter xenófobo que coloca a los gitanos fuera de la ley, en la periferia de la sociedad, termina con el triunfo de la clemencia, la victoria del amor y el enterramiento de la venganza. Pero ya sabemos que Cervantes tiene truco, como él mismo señala en el prólogo de los doce cuentos que llama Novelas Ejemplares y que a menudo nos advierte Pedro Ojeda,  nuestro maestro on line en asuntos literarios. Descubrir el truco, ese será el cometido del tercer acercamiento a Cervantes del grupo de lectura de La acequia. 

Las cosas pasan en Madrid y después en el camino. Camino de los montes de Toledo, camino de Extremadura, evitan Sevilla porque la gitana vieja tiene allí deudas pendientes, y la trama viene a morir en las tierras de Murcia

El peso de la narración lo lleva un narrador omnisciente clásico que narra la historia en tercera persona. Por apuntar algo que a mí me parece peculiar en una novela es su interés por aconsejar a la protagonista, Preciosa, La gitanilla, a la manera de los apartes de las obras de teatro, que suelen ir entre paréntesis en el texto escrito: “Mirad lo que habéis dicho, Preciosa, y lo que vais a decir; que ésas no son alabanzas del paje, sino lanzas que traspasan el corazón de Andrés, que las escucha. ¿Queréislo ver, niña? Pues volved los ojos y veréisle desmayado encima de la silla, con un trasudor de muerte; no penséis, doncella, que os ama tan de burlas Andrés que no le hieran y sobresalten el menor de vuestros descuidos.” 

“Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones.” Para qué andar con rodeos, la primera frase de La gitanilla es un directo a la boca del estómago que deja medio grogui al lector desprevenido para el resto del relato. Pura provocación, un rabotazo inesperado, pero que nadie diga que este puñetazo en la mesa no es un comienzo magistral para atarte a la lectura. Y qué me dicen de “los gitanos y gitanas.” Faltaba bastante para la llegada de eso que llaman arroba, vete a saber por qué y ponen (gitan@s.) El lenguaje políticamente correcto, tan cursi y tan de moda. Por cosas como éstas se sigue leyendo a Cervantes. Todo está en Cervantes, pero nunca sabremos si el autor está de acuerdo con la afirmación cabecera del narrador o solamente pone de manifiesto algo que la gente comenta en la calle. 




"Al cabo sacó la mano vacía y dijo:" 


Resulta que una gitana vieja, jubilada en la ciencia de Caco, cría una chiquilla a la que llama Preciosa. Le enseña todas las gitanerías a su imagen y semejanza. La chica sale dotada con el arte y el innato flamenco compás para el baile además del temple necesario para el toque y el cante. Ni los aires ni los soles de la intemperie castellana consiguen deslustrar el rostro ni curtirle las manos. Viendo la abuela el diamante en bruto que tiene entre las manos, le busca maestros que le enseñen los secretos del baile y le escriban los mejores poemas para cantar. Total que con quince años por San Miguel y la venida de la edad, es decir, hecha la chiquilla una mujer de bandera, “en extremo cortés y bien razonada,” la presenta en la villa y corte donde todo se compra y se vende. El día de Santa Ana, patrona y abogada de Madrid, un plantel de ocho gitanas, guiadas por un gitano gran bailarín, hacen el paseíllo por las calles de la ciudad. Pronto corren los muchachos y la gente mayor a hacerle corro, atraídos por el run run de la belleza de La gitanilla que baila, toca y canta como los ángeles. 

“¡Lástima es que esta mozuela sea gitana!” Exclaman unos y se extrañan otros al verla desenvolverse con tanta gracia y donaire. Más de doscientas personas entusiasmadas congrega alrededor cuando entona el romance “Salió a misa de parida” sobre la reina doña Margarita en Valladolid, compuesto por un poeta de los de número (nada de un PNN cualquiera). Contentas por escuchar las buenas nuevas del vástago que asegura la sucesión de la monarquía. Dan vivas a la reina fértil que ha de “dar por crías águilas de dos coronas.” 

Un paje que la oye cantar le pone en el pecho un romance junto a una moneda de escudo. Si es bueno, le pagará para que le componga, le asegura ella. Otro caballero le da permiso para que lea en público la glosa de un enamorado a la belleza y donaire de la gitanilla, Preciosa. La gitanilla sabe leer y escribir, la vieja gitana la está moldeando con finura, gitana fina. 

Un día temprano camino de Madrid se presenta un joven mancebo vestido como un pincel, solo y a pie, cosa extraña porque afirma ser caballero, hijo único y heredero de mayorazgo. Quiere servir a Preciosa para hacerla su igual y señora. Como prueba de que no va de farol, trae consigo cien escudos de oro como arra y señal de lo que piensa entregar por la mano de Preciosa. Ella lo acepta, pero su única joya es su entereza y virginidad y está dispuesta a llevarla a la sepultura, ni se compra ni se vende. “Cortada la rosa del rosal, ¡con qué brevedad y facilidad se marchita! Éste la toca, aquél la huele, el otro la deshoja, y, finalmente, entre las manos rústicas se deshace.” No se la llevará sino atada con las ligaduras del matrimonio. Primero ha de pasar un noviciado de dos años, llevar el traje de gitano y seguirla en su caravana. Le impone condiciones tan bien expuestas que ni un colegial de Salamanca. Esta chiquilla “habla latín sin saberlo.” Dice asombrada la gitana vieja. 




"Cabecita, cabecita/Tente en ti no te resbales"


Todavía otro día van los gitanos a Madrid a hacer por la vida y comprobar quién es Andrés (Por el interés te quiero Andrés). Otro encontronazo con el paje poeta y un nuevo soneto dedicado que le leen los caballeros con el consiguiente soponcio de Andrés enfermo de celos. Andrés se presenta en la acampada de los gitanos a lomos de una mula de alquiler. A los gitanos se le van los ojos detrás de la caballería. Una buena moza, todavía sin cerrar y andariega. Tendrá buena venta puesto que no presenta mataduras ni llagas de las espuelas. La harán dinero en el mercado de los jueves de Toledo

Muera pues la sin culpa le dicen los gitanos cuando Andrés les quita la intención y les pide que la maten y la entierren. Nada de dejarla para los buitres por miedo a ser descubierto. El pagará de lo suyo lo que valga, lo que piensan sacar en la feria de Toledo. Que los despojos de la mula fertilicen la tierra. 

A continuación, un elocuente patriarca gitano le canta las cuarenta. Le endiña un discurso de categoría cervantina. La severa ley de los gitanos explicada a un payo lego, el código inviolable de aplicación inmediata entre su gente. Lo trataremos de resumir, pues se trata de otra perla cervantina, pero será otro día porque esto se alarga. 


 Las piquetas de los gallos 
 cavan buscando la aurora, 
 cuando por el monte oscuro 
 baja Soledad Montoya. 
 Cobre amarillo, su carne, 
 huele a caballo y a sombra. 
 Yunques ahumados sus pechos, 
 gimen canciones redondas.
Federico García Lorca /Manuel y Alba Molina





 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.