jueves, 23 de marzo de 2017

A sangre y fuego. La Columna de Hierro. Manuel Chaves Nogales. Duelo salvaje.






"Encontró al borde del camino los cadáveres de dos hombres que habían sido fusilados por la espalda. Estaban cogidos de las manos fraternalmente."


A sangre y fuego 
Héroes, bestias y mártires de España. 
La Columna de Hierro. 
Manuel Chaves Nogales 

La Columna de Hierro es un relato complejo, una trama bien trazada que se enreda y crece en la verdad universalmente aceptada de que en una guerra o matas o dejas de vivir. El relato huye de la división entre buenos y malos, todos están empeñados en mandar e imponer la idea propia aunque sea a martillazos y cuando se estorba al dominante, sucede el fusilamiento como le pasa en la historia a los que se organizan para defender a los presos. Es reseñable también el toque de humor cervantino que acompaña la tragedia: Jorge, el piloto inglés que se pasa borracho la mayor parte de la historia, que se viene a España voluntario a matar al dragón fascista y se encuentra con una locura de fuego y sangre, un laberinto incomprensible de pasiones suicidas. Sobrepasado por el galimatías hispano de la guerra entre facciones. Pero, ¡ojo!, entiende que la disciplina es indispensable y al final será el justiciero vengador desde el aire. 

Los hechos luctuosos ocurren en la huerta valenciana, la tierra de Blasco Ibáñez poblada de naranjas redondas que quitaron mucha hambre en la guerra y la postguerra. Una de las zonas más ricas de España por la bondad del clima mediterráneo y la varias veces centenaria y acertada gestión del agua durante los meses de escasez. Los enrevesados cruces de caminos y senderos estrechos que curvean los campos de naranjos, las huertas feraces, las acequias y frutales es la tumba de la funesta Columna de Hierro. La Columna de Hierro es una cuadrilla de unos ciento cincuenta hombres armados hasta los dientes que siembran el terror en la retaguardia de la zona roja. Los hombres y mujeres de la tierra, gente de campo, huertanos bregados de manos encallecidas por horas de azada para arrancarle el fruto a la tierra: gente cabal de una sola palabra, acostumbrada a negociar las horas y la cantidad de agua para la huerta, fieles a la república, le cantan las cuarenta a los más revolucionarios que nadie. Le plantan cara a la justicia revolucionaria que mata en nombre del pueblo. 

La historia es un ejemplo claro de la guerra dentro de la guerra en el lado republicano y la eterna disputa entre republicanos, socialistas y comunistas por un lado y ácratas, anarco sindicalistas y trotskistas por otro. Los primeros defienden que es necesario dedicar todos los recursos para ganar la guerra y los otros apuestan por hacer la revolución, imponer su régimen aprovechando la debilidad del gobierno y hacer la guerra por su cuenta en la creencia de que el pueblo que quede después de las purgas les será sumiso. 






"Se mantuvo enhiesta mientras las demás se aplastaban contra la tierra."

En efecto, unos quince o veinte hombres armados y vestidos con chaquetones de cuero, gorros de piel con orejeras y aire de conquistadores irrumpen en el music-hall durante la actuación de una cupletista desnuda al grito de ¡Viva la Columna de Hierro! Jorge, el inglés de ojos claros, tristes como un perro resacoso, pasa las horas de permiso borracho como una cuba. 

La Columna de Hierro está formada por desertores de los frentes de Huesca y Teruel. Recorren los pueblos del Reino de Valencia sembrando el terror, dedicados al pillaje y destrucción. La mayoría de ellos son ex presidiarios,  parroquianos asiduos de los tugurios del Barrio Chino de Barcelona. Acogidos entre los pliegues de las banderas rojinegras de la FAI, se unen a las columnas de voluntarios que en los primeros momentos se echan al frente entusiasmados a defender la república. Una vez que se estabilizan los frentes, los líderes no tienen más remedio que sacrificar la utopía libertaria y convertirse en fuerzas disciplinadas, sometidas a la jerarquía. El mismo Durruti se convierte en un dictador implacable e inflexible con los desertores de su columna. Se le oye decir: “Para el traidor a la causa siempre hay una bala perdida.” Más pronto que tarde desaparecen de su tropa los que acuden al olor del botín. 

Uno de los destacamentos que se desgaja de la disciplina es la Columna de Hierro. Al principio son sólo unas pocas docenas de hombres, pero poco a poco se van uniendo más desertores y criminales que asolan la zona y se atreven a asaltar Castellón y Valencia entregándose al saqueo. 

La gente que llenaba el music hall se escabulle por las puertas de salida al ver la algarabía. Sólo quedan dentro el inglés borracho y Pepita la tanguista que se le arrima al calor de las libras esterlinas más valiosas que las pesetas republicanas. El Negus, uno de los subalternos del Chino, cobra en sordo. El inglés justiciero lo tira patas arriba de un puñetazo en la mandíbula poblada de barbas al intentar propasarse con una de las bailarinas. En vista del estropicio inesperado, el Chino le ofrece un sitio en la cuadrilla si lo que quiere es matar fascistas. Jorge acepta la invitación y se va con ellos, lo cargan en la caja del camión a dormir la mona y Pepita lo sigue. 

Desde la batea del camión cubierta por una lona Pepita escucha las disputas con los integrantes de los comités revolucionarios de las localidades por las que pasan. Los expedicionarios siempre los acusan de ser demasiado condescendientes con los contrarrevolucionarios. Consideran que los fascistas siempre se valen de compromisos y relaciones familiares para librarse del paseo. A mediodía llegan a Benacil. Allí los detienen en un parapeto. En Benacil gobierna un comité revolucionario mandado por Pepet, un republicano antiguo, huertano viejo y Tomás de secretario, afectado de retórica marxista. Afirman que no queda ni un fascista suelto, los han encerrado a todos. El orden del gobierno republicano funciona. Los hombres de la Columna de Hierro exigen el control de los presos y la entrega de las armas. No se ponen de acuerdo, pero los forasteros maniobran y llegan al centro del pueblo desierto. Descargan al inglés terciándolo a los hombros como un costal de trigo mientras que los miembros del comité discuten la nueva situación. Tomás, socialista, apuesta por hacer frente a la columna, los extirparán como hicieron con los fascistas. Piensa que esta gente es la mejor propaganda del fascismo. “Los pueblos por donde pasan esos bandoleros se tornan fascistas. Esos canallas son los mejores propagandistas de Franco.” 




“La vieja fe democrática tenía aún sus defensores.” 


Pepet señala que si no son capaces de detener a esa horda de asesinos, él se va a casa a esperar que lo degüellen las tropas de Franco. Pero no se resignan, van a luchar por la democracia y su república. Parten los emisarios en alpargatas a avisar a los huertanos de las alquerías y barracas. 

No resulta fácil convencer a su gente de que ahora tienen que luchar contra los que hasta entonces han sido sus compañeros de viaje revolucionario, pero la disciplina comunista y el fanatismo hacen milagros. Lucharán contra los ácratas con el mismo fervor que contra los fascistas. Ambos son enemigos de la dictadura del proletariado. 

En la cárcel se prepara la tremolina. Allí se presenta la Columna de Hierro a impartir la justicia revolucionaria: ejecutar a unos y liberar a otros. Oleadas de huertanos milicianos asedian a los forasteros bandoleros en la cárcel. Durante el fragor de la balacera, Jorge se une a ellos para luchar contra los fascistas que resultan ser los mismos que le transportaron la víspera en el camión. Los presos aprovechan la confusión para escapar con la ayuda de Pepita. A Jorge no le parece mal, ya los matarán luchando contra ellos noblemente en el campo de batalla. El Chino consigue escapar de la ratonera con la ayuda de Pepet y Tomás,  usados como escudos humanos. Luego los fusilan. Pepita sigue con la columna de los anarquistas. Los azuzará para que sigan matando en la creencia de que así los pueblos reaccionarán y se harán fascistas como mal menor. Así servirá a su causa. Se separan porque el inglés ha venido a España a matar fascistas y termina matando antifascistas. Respondiendo a la llamada del gobierno para acabar con las bandas armadas como la Columna de Hierro, un día los caza como a conejos desde el avión. Eso sí, el último disparo fue para Pepita, la fascista.

Lucha de gigantes 
Convierte 
El aire en gas natural 
Un duelo salvaje 
Advierte 
Lo cerca que ando de entrar 
En un mundo descomunal 

Siento mi fragilidad
Nacha Pop




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 16 de marzo de 2017

A sangre y fuego. La gesta de los caballistas. Manuel Chaves Nogales. Disparar balas de hielo.




"Crecían la violencia del ataque y la desesperación de la defensa"

A sangre y fuego
Héroes, bestias y mártires de España.
La gesta de los caballistas.
Manuel Chaves Nogales

La calamidad ha comenzado, Sevilla es la capital de la zona nacional durante los primeros momentos de la contienda. Los rebeldes echan el resto en la capital hispalense visto el fracaso de la revuelta en las principales ciudades españolas. Los militares a las órdenes de Queipo de Llano se hacen con el control de la ciudad, allí se han refugiado los señoritos y las gentes de derechas de la provincia. Las tropas de África ya están en la ciudad y se disponen a sofocar la lucha de los fieles al gobierno y de los revolucionarios de las zonas rurales que no se rinden.

El señor marqués y sus tres hijos, grandes como castillos, han reunido a cuarenta operarios del cortijo con armas y monturas en el patio del caserío para hacer la guerra antigua por su cuenta. Esperan nerviosos a que termine la misa de los señores. Dentro huele a alhucema quemada por el sacristán, Oselito, en el incensario. No hay niños ni mujeres de los amos en el cortijo, están en Biarritz, Cascáis o Gibraltar desde antes de la guerra. Allí solo queda la tía Conchita que a sus setenta años ya no le teme a nada ni a nadie porque ya le queda poco que perder. Las mujeres lloriquean desde la cocina cuando despiden a los hombres a caballo al grito de Viva España, secundado por un rotundo y Viva la Virgen del Rocío que el “pae Frasquito” lanza al aire al ser de la partida a última hora. La espada y la cruz.

De Sevilla dañada han salido camiones cargados con un centenar de regulares y moros y otro ciento de legionarios africanistas acostumbrados a matar para seguir viviendo. La limpieza étnica e ideológica como sistema de intimidación. Ellos son los señores del aire, los que reparten credenciales de supervivencia, apto o no apto para respirar. Una evaluación continua. Más atrás de las tropas motorizadas viene el Algabeño a caballo, rodeado de su cuadrilla y de los mejores caballistas de la aristocracia sevillana, cuando tener caballo era como tener un yate grande. “Las nubes blancas y redondas caminaban por el azul al mismo paso lento de la cabalgata.”



"Y así iba cumpliéndose por casas, calles y plazas, la horrenda justicia de la guerra."

Se dice que entre los cabecillas rojos está Julián, hombre de ideas y maestro de Carmona que estudió con Rafaelillo, hijo pequeño del marqués, como le señala uno de los criados que cabalga a su lado. Los rojos tienen una idea por la que luchar y morir. En cambio ellos son una fuerza de aluvión, como le pase algo al marqués, desaparecen. Como suele pasar con los acólitos de los dictadores, como pasó en España a la muerte del dictador, excepto en Cuba y Venezuela que ahí siguen agarrados al clavo ardiendo del ataúd del dictador para seguir mandando, incansables  como las pilas recargables…

Llegan al caserío de la Concepción, desvalijado, sin rastro de opositores. Los moradores han huido. Una ternerilla desjarretada enciende la ira de Jose Antonio el mayoral. La sacrifica para que deje de sufrir. También lo hace con el gitanillo que llevaban preso. Como Hitler animalista que amaba a sus mascotas, pero no le importó desbaratar una cultura milenaria, ni despenar a millones de seres humanos que le estorbaban para que dejasen de sufrir.

El miedo a las represalias había despoblado la campiña. Al mediodía llegan a Villatoro, también desierto. De algunas ventanas y balcones cuelgan banderas blancas de rendición. Los maderos negros de la techumbre de la iglesia humeantes todavía. Un hombrecillo desdentado de tez amarillenta les grita: ¡Arriba España! Y llora de alegría a los salvadores. Él les informará de todos esos hipócritas que ahora levantan la mano extendida al cielo cuando hace apenas veinticuatro horas le metían el puño cerrado por la boca. “Con la crueldad feroz del hombre que ha tenido miedo,” escondido y sabedor del peligro de estar detrás de las líneas enemigas. De la limpieza ideológica se encargarán los falangistas transportados en los camiones que en ese momento rugen por las calles desiertas del pueblo. Ellos son hombres de acción, fuerzas de choque que van a la búsqueda de bandas armadas. Las encuentran en Manzanal. Los rojos les tienden una emboscada en las calles del pueblo. Llegan al Ayuntamiento diezmados. La mitad de la expedición montada y sus cabalgaduras cae bajo el fuego enemigo. Las otras dos docenas se parapetan en el Ayuntamiento. Rafael y Julián dialogan, pero después de tantas muertes ya están envenenados, el pacto es imposible. Se matarán a mansalva, hablarán las armas hasta enmudecer. Dinamitarán el Ayuntamiento aunque dentro estén sus mujeres y sus hijos. Morirán como perros. Ni un paso atrás, el marqués y los suyos dispuestos a morir en una defensa desesperada, calarán la bayoneta y lucharán cuerpo a cuerpo. "Las batallas no se ven. Se describen luego gracias a la imaginación y deduciéndolas de su resultado. Se lucha ciegamente,  obedeciendo a un impulso biológico que lleva a los hombres a morir.En plena batalla no hay cobardes ni valientes.” Vencen los mejor armados, los que se han preparado mejor para matar en la guerra.


"Y aún tuvo alma para levantar la cabeza y seguir adelante."

Así ocurre en esta batalla que ganan los entrenados para luchar y salvar el pellejo. Llegaron los camiones cargados de regulares, legionarios y falangistas que levantan el cerco. Entre las fuerzas llegan también los caballistas mandados por el Algabeño, pintorescos guerreros representantes de otra época. Los toreros no son marcianos y los había de todas las ideologías, diestros y siniestros. Recuerden si no a los dos banderilleros anarquistas que fueron fusilados junto a García Lorca y al maestro Diosdoro Galindo. La resistencia solo sirvió para generar más encono en la máquina de guerra. Se combatió calle a calle, casa por casa y cuerpo a cuerpo con la bayoneta calada. La lucha fue dura y las represalias feroces. A los que no fusilaron en el acto, los llevaron presos a Sevilla. Entre ellos va Rafael porque sospechan que pretendía dejar escapar a Julián, el maestrito de Carmona. El destino de los dos antiguos compañeros de estudios fue diferente. A Julián le dan el paseo y a Rafael lo volvemos a ver una tarde al oscurecer en un hotel de Gibraltar, enredando la vida por la parte habitable del mundo, sintiendo en sus carnes el estigma de ser español, igual que si pesara como un agravio.

Me acusas de no dar nunca la cara 
Me acusas de escupir mirando al cielo 
Me acusas de que mi arma no dispara 
más que balas de hielo
Joaquín Sabina / Leiva



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 8 de marzo de 2017

A sangre y fuego ¡MASSACRE,MASSACRE! Manuel Chaves Nogales. Copias asesinas.





"Se sufre en las entrañas un tirón de descuaje como si le rebanasen a uno por dentro"


A sangre y fuego
Héroes, bestias y mártires de España.
¡MASSACRE, MASSACRE!
Manuel Chaves Nogales

Los primeros meses de la Guerra Civil son terribles. El golpe de estado del dieciocho de julio es un fracaso en la mayoría de las ciudades, las más populosas, las más industrializadas y prósperas permanecen fieles al gobierno y a la República. El triunfo del levantamiento de las tropas de guarnición en África, donde están las mejor pertrechadas y aguerridas, es clave en el devenir de los primeros momentos de la guerra. Franco cuenta con ascendente entre ellas porque allí transcurrió la mayor parte de su carrera militar. La tibieza y lentitud en la respuesta del gobierno permite el traslado a la península de esas fuerzas que inmediatamente emprenden la marcha sobre Madrid sembrando a su paso el terror en la retaguardia. Al mismo tiempo, otras columnas de tropas voluntarias parten de diferentes lugares rebeldes. La práctica de tierra quemada que usan provoca la reacción. Nadie se da mus y se entra en una espiral de violencia extrema imposible de parar.

Massacre es un reflejo en seco de ese círculo de ensañamiento  violento, aún con escasa intervención extranjera porque no había habido tiempo material de ponerla en marcha. Los levantiscos derrotan a las tropas gubernamentales en la sierra norte madrileña. Las columnas africanas se acercan a Madrid que queda sitiada por el norte, oeste y el sur. Únicamente el corredor del este le queda a los madrileños como vía de escape. Madrid recurre a la épica, el cojonudismo hispano que resiste atrincherado al grito del “No pasarán,” gracias al ingente trabajo de pico y pala de la población - verdaderos peones de brega - para defenderla. De villa y corte a checa en poco tiempo.

La guerra trastorna el orden de las costumbres diarias como ninguna otra cosa. Los pájaros de hierro que a menudo son recibidos con alboroto por los niños y templados saludos de los mayores, se vuelven indeseables aves de mal agüero porque en su vientre viaja una carga macabra de muerte y destrucción. Para las gentes de Madrid, tan habituadas al reparto de la suerte, un bombardeo es una lotería en la que el premio consiste en librarse de la metralla. Siempre cae lejos, nunca toca.



"En la guerra no se administra el sentimiento con la misma largueza que en la paz"

Debido a la superioridad nacional en el aire, el azar cada vez es más pródigo, cada vez se tienen en la mano más papeletas para que te toque. Las bombas siempre hacen carne. El subsuelo de Madrid se puebla de habitantes de la superficie en cuanto suenan las sirenas de la policía anunciando aviones cargados de bombas.

En Madrid funciona la Escuadrilla de la Venganza, formada por milicianos de primera hora, camisas viejas que se echan a la calle a rendir el Cuartel de la Montaña el día del levantamiento. Después marchan al frente con la moral alta a batirse contra el ejército de Mola en la sierra. Regresan envenenados de la crueldad primaria del “que padeciendo el miedo a morir, ha aprendido a matar y si la ocasión de hacerlo impunemente se le ofrece, no la desaprovechará. Es el miedo el que da la medida de la crueldad.” El escarmiento, la medida de la réplica. Estos milicianos íntimamente aterrorizados quieren proyectar el terror experimentado en el resto de la sociedad. Amedrentan al gobierno e imponen un régimen de terror a las organizaciones sindicales y partidos políticos. La mayoría de ellos son huidos del frente que se refugian en los sistemas de control de la revolución, recelosos de la lealtad de las fuerzas de seguridad del estado. Ungidos de justicia revolucionaria, decretan los crímenes útiles para la causa. 

Enrique Arabel es el jefe de la siniestra Escuadrilla de la Venganza. A su lado camina Valero, comisario político comunista que tiene encomendada la misión de controlar esa fuerza “sin freno en sus pasiones e instintos que, en nombre del pueblo y valiéndose del argumento decisivo de sus pistolas, sembraban a capricho el terror.”

Una joven denuncia al comandante de artillería en activo, Eusebio Gutiérrez, por fascista. Se desencadena la venganza, la revancha por los bombardeos sobre Madrid. Detienen de noche al comandante en una casa de baja nota tratando de huir de las represalias. Hay miles de madrileños viviendo con esta angustia permanente. Suponen que están organizados en lo que Mola llama la quinta columna que se unirá a las otras cuatro que marchan sobre la capital. Actuarán desde dentro como un caballo de Troya como asegura la propaganda de los fascistas. Esa misma noche lo fusilan en el kilómetro nueve de la carretera de La Coruña.

Arabel afirma que en Madrid hay miles de militares retirados y todos fascistas. Como ahora están desconfiados, escondidos y recelosos, será dificultoso y costoso detenerlos uno a uno. Idea tenderles una trampa. Los convoca a todos a una reunión en el Ministerio de Hacienda con la excusa de cobrar la paga: fascista el que no asista. Ese día detienen de una tacada a unos quinientos. Habrían sido más de dos mil si el gobierno no advierte de que ellos no han convocado a nadie. Entre los detenidos se encuentra Mariano Valero Hernández, padre de Valero y militar de graduación ya retirado. Cuando Arabel le propone salvarlo del paseo, Valero no accede al chantaje. Si es fascista, que lo pague. Valero sabe que Arabel se dedica al tráfico de detenidos.



"muertos y heridos confundidos, en su mayor parte mujeres y niños, se alineaban en el suelo esperando inútilmente a que los médicos y practicantes pudieran, al menos, reconocerles." 


Valero se echa a la calle a darle vueltas a la situación y el autor nos regala un valioso retrato del centro de Madrid durante los primeros días de guerra. Las calles atestadas de gente que desaparecen al oscurecer coincidiendo con el cierre de las tiendas. Valero se refugia en una taberna en la que suele comer y cenar. Por allí pasan Alberti, María Teresa León con su pistola al cinto, Bergamín y el poeta francés André Malraux, desbaratado y escuálido, jefe de una escuadrilla de aviones incapaces de defender la capital de los ataques por aire de los aviones nacionales. Vaga por las calles y se dirige al convento donde está su padre encarcelado. Le ofrece su ayuda, pero él no quiere nada. Se lamenta de haberse sacrificado toda la vida para darle educación y universidad y el hijo le sale comunista. Mientras tanto la aviación enemiga, que campa a sus anchas por los cielos de Madrid, hace un bombardeo a granel que causa unas quinientas muertes en veinte puntos distintos de la ciudad. En seco y sin avisar, los aviones arrojan bombas indiscriminadamente pillando desprevenida a la población. Una cae en una cola de mujeres que guardan la vez para comprar huevos. Provoca una escabechina de seis u ocho mujeres.

Las cuadrillas de la venganza rumian una reacción pavorosa: el asalto a las cárceles. “Massacre, massacre” grita con voz nueva la ancestral crueldad del celtíbero. Los hombres de acción se aprestan a la venganza. Arabel y Valero se dirigen a la cárcel de San Román, allí separan a ciento veinticinco militares de graduación y esa misma noche los fusilan. Antes hay un intento desesperado de Valero por ganarlos para su causa porque se necesitan militares profesionales en el frente a cambio de la vida, pero lo rechazan. Ni uno solo que honre el uniforme ni la lealtad debida al gobierno, ningún intento de detener el círculo vicioso de la violencia. El fuego descontrolado puede seguir su devastación, a nadie parece interesar hacer un cortafuegos.

En el parte oficial del día siguiente se consignan doscientas veintidós bajas a consecuencia de los bombardeos. Obran los nombres y apellidos de un centenar y “los ciento veinticinco cadáveres restantes no han sido identificados.”


Pobre del cantor que fue marcado 
 para sufrir un poco y hoy está derrotado. 
 Pobre del cantor que a sus informes 
 les borren hasta el nombre con copias asesinas. 
 Pobre del cantor que no se alce 
 y siga hacia adelante con más canto y más vida.
Pablo Milanés



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

martes, 28 de febrero de 2017

A sangre y fuego. Manuel Chaves Nogales. Sabor a soles.







A sangre y fuego 
Héroes, bestias y mártires de España. 
Manuel Chaves Nogales 

Mi ejemplar de A sangre y fuego está numerado. Tiene el número 1037 de una impresión de 2000, realizada por la Asociación de Libreros de Lance de Madrid en 2004. Edición conmemorativa de la XXVIII Feria del libro Antiguo y de Ocasión de Madrid. Se trata de una edición de lujo, muy cuidada, de pastas duras que seguro supera en calidad la edición original de Editorial Ercilla de 1937 por razones obvias de economía en tiempos de guerra. Uno de esos ejemplares que al pagarlo te quedas con la sensación de que te llevas a casa algo más valioso que el dinero que dejaste, como si fuera un cofre con tapa y un tesoro. Recuerdo que lo compré hace unos años en uno de esos mercadillos de libros que ponen en las playas para lectores al sol y que me atrapó desde el prólogo, conocía al autor de antes por la biografía de Juan Belmonte. 

El libro de nueve relatos breves cuenta, además,  con una introducción de Juan Bonilla (columnista, escritor, periodista), una nota del editor original y el prólogo del escritor. 

La portada es llamativa, parece un cartel de propaganda de la Guerra Civil, semejante a los que tanto ha visto cualquiera que se haya interesado un poco por este tema en la vida de lector o espectador de documentales. Después, el año de 1937 grabado en el lomo, lo cual indica que Chaves Nogales escribe las historias breves en el fragor de la batalla, cuando los cañones están echando humo, relámpago y fuego furioso. Lo confirma el lugar y la fecha al final del prólogo: Montrouge (Seine) de enero a mayo de 1937. 

Juan Bonilla etiqueta a Chaves Nogales en el escrito que encabeza el libro. Lo encaja en ese tipo de periodismo engendrado en A sangre fría de Truman Capote en el que el narrador es el auténtico protagonista del relato. Una manera de narrar que pide la vez para pegar el salto a la literatura. Auténtico periodismo de autor en el que el escritor pisa el terreno de la noticia para narrar lo visto y lo vivido, nunca escribir de oídas. Chaves Nogales tenía esta idea tan interiorizada que en la biografía que le escribe a Juan Belmonte, matador de toros, se hace magnetofón. Transcribe al papel tal cual las vivencias que el torero le cuenta sobre sí mismo. Una joya de la literatura poco conocida, como corresponde a lo relacionado con el toro bravo, la tauromaquia y los toreros. 




Chaves Nogales tenía madera de héroe aventurero, no duda en montarse en uno de aquellos cacharros para volar a Rusia y contar las condiciones de vida de los trabajadores rusos durante los primeros años de la Revolución Bolchevique. Fue tan honesto que advierte que lo allí contado es la visión de un pequeño burgués, humilde operario de la pluma. Sombrerazo a un autor que se baja del pedestal y pisa tierra firme. 

Juan Bonilla celebra el acierto en la elección del género; la fragmentación del relato breve le permite dar bandazos de una a otra de las facciones enfrentadas, huir de la propaganda que inunda el encontronazo y otorgar el papel protagonista a la gente de la calle, no a los mandamases que aturden y aburren al personal con su machaqueo propagandístico. Anota que el autor parece ausentarse de los relatos con el fin de realzar lo que de verdad importa: la fuerza de los hechos, a pesar de que A sangre y fuego no sea un libro periodístico. “La barbaridad que se adueñó de España durante la guerra, la poca importancia que tenía entonces la vida, la sordidez que imperó en este país de todos los demonios.” El autor pasa a ser un artesano que trabaja con material sensible, fácil de romper y desequilibrar por la influencia de las ideologías excesivas que campean a sus anchas durante los conflictos bélicos. 

En la semblanza que sigue a continuación leemos sobre el autor: “Chaves Nogales jamás ha militado en un partido político. Su credo es la democracia.” Recorre Rusia y Alemania para dar cuenta de los efectos que sobre la población tienen los regímenes totalitarios. Barruntando lo que le espera a España, emprende campaña contra los radicalismos, empeño en el que evidentemente sale derrotado, porque al poco se desatan todos los demonios encadenados en la orgía de sangre y fuego de la Guerra Civil. 

Chaves Nogales vive los acontecimientos en primera línea de la información, director de Ahora, el periódico de más amplia difusión del momento. Al comienzo de la guerra un Consejo Obrero Revolucionario se hace cargo del diario. A Sangre y fuego es fruto de sus experiencias personales, lo visto y oído por estar cerca. La breve semblanza afirma que la objetividad de Chaves Nogales es admirable y está convencido de que esta obra perdurará entre la extensa literatura sobre la Guerra Civil española y muchas de sus figuras anónimas aquí referidas serán “indispensable ingrediente de la levadura del porvenir.” 

Y llegamos al prólogo, escrito por el autor de la colección de nueve relatos breves, la auténtica joya sociológica y literaria de toda esta extensa introducción, pero necesaria para comprender la verdadera personalidad y dimensión de este autor incómodo y fundamental, silenciado sistemáticamente durante tanto tiempo. 

Me imagino a Chaves Nogales en la habitación de una pequeña pensión de las afueras de París tratando de escribir los relatos de A sangre y fuego entre exiliados, descartados de la sociedad imperante, revolucionarios italianos, popes rusos, judíos alemanes, desarraigados españoles, gentes todas de la Europa triste. Coge la pluma de nuevo con el corazón apretado y entre lágrimas amargas por el desarraigo del extranjero escribe estas historias que le permiten seguir viviendo el tiempo de descuento. 

Para qué se va a andar con chiquitas un autor castigado con la terrible soledad del exilio. Se presenta desde la primera línea con la sinceridad por bandera: “pequeño burgués liberal.” Proclamarse burgués sin complejos en periodo de guerra es declararse objetivo a eliminar por unos y otros. Elemento fusilable en un tiempo de embestida y espíritus fuertes que exige adhesiones inquebrantables. Él se considera trabajador intelectual que confecciona periódicos a los que contribuye escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos, novelas... Todo ello le permite ganarse la vida con holgura relativa. 




"Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal."


“El que lee mucho y anda mucho vee mucho y sabe mucho “ Dice don Quijote a Sancho en el capítulo del mono sabio. Chaves Nogales es un viajero incansable que no se deja engañar ni por la propaganda que todo lo envenena ni por la blandura cosmopolita. Obtiene palmadas en la espalda y reproches cuando cuenta que los obreros en Rusia viven mal y “soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer.” Y que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano. Así, entre elogios y censuras, va sacando adelante su “verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria.” En ello abundaba don Antonio Machado cuando sentenciaba: 
¿Tú verdad? no, la verdad; 
 y ven conmigo a buscarla. 
La tuya guárdatela. 

La semilla de las ideologías totalitarias había prendido con la fuerza de la peste en las tierras de España, roturadas y con barbecho bien hecho desde hacía trescientos años. La vieja fiebre cainita. Entre ser considerado una especie de abisinio desteñido en la España nacional o un kirgus de occidente entre los bolcheviques, prefiere tomar las de Villadiego y pasear por la parte aún habitable del mundo, a sabiendas del peaje que el exiliado, siempre en deuda, tiene que pagar en una época de estrechos nacionalismos. Con la obligación añadida de hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre, siempre mejor que aguantar el yugo en la tierra propia. 

Confiesa que el abandono de Madrid fue consciente. Dejan de interesarle las consecuencias de una guerra que dejará un país gobernado por la selección natural que siempre deja fuera a los mejores. Un país dirigido por alguien recién llegado de las trincheras, un dictador impuesto por la fuerza de las armas vencedoras, será un traidor a sus ideas porque si queremos subsistir después de matarnos a mansalva, no habrá otra manera sino organizar un estado entre ciudadanos de distintas ideas y aceptado por las naciones. Sea quien sea el ganador, la guerra traerá veinte años de miseria y hambre. Hará navegar a latigazos a los ciudadanos de forma cruel e inhumana hasta salir de la galerna. Fueron cuarenta años, pero acertó en lo esencial.


Con un sabor a todos los soles y mares, 
tu majestad de árbol que abraza un continente. 
A través de tus huesos irán los olivares 
abrazando a los hombres universal, fielmente.
Miguel Hernández/Joan Manuel Serrat



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Novelas Ejemplares La española inglesa (y2) Miguel de Cervantes. Nada que esconder.




"Confieso mi culpa, si lo es haber guardado este tesoro a que estuviese en la perfección que convenía para parecer ante los ojos de Vuestra Majestad"


Novelas Ejemplares 
La española inglesa (y2) 
Miguel de Cervantes 

Además de Clotaldo, el padre secuestrador, y de Catalina, la madre cómplice que acepta el regalo de Isabela, la familia cuenta con Ricaredo, hijo de unos doce años, que la consiente y quiere como hermana. Pero a medida que crecen, el amor fraternal se va convirtiendo en “ardentísimos deseos de gozarla y de poseerla.” Sin embargo, la senda del amor y del deseo a menudo es un campo minado de espinas y rémoras. 

El autor plantea el romance como una carrera de obstáculos a superar. El primero es el compromiso previo del joven con una doncella escocesa, también católica clandestina y de buena familia. Lejos de venirse abajo, decide postularse y presentar batalla. Un día, harto de comer pan amargo y de tanto llorar de amor por las esquinas, se arma de valor y le declara a Isabela su deseo de recibirla por esposa a escondidas de los padres. La respuesta es acerada, ella no quiere y no puede romper con la promesa de estricta obediencia que le ha hecho a los nuevos padres. Sin su consentimiento no habrá boda. 

Abrir el corazón y sanar todo es uno. Dispuesto a aceptar las condiciones, pide licencia a los padres y éstos aceptan cambiar la riqueza de la familia escocesa por la virtud conocida de Isabela. Ahora queda pasar el trámite de la Reina todopoderosa, señora de vidas y haciendas. Ellos sólo temen el castigo por ser católicos. La pretendida se presenta ante la soberana, el rostro un cielo estrellado, el sol y la luna los ojos. Los cortesanos quieren ser todo ojos para admirar tanta belleza. La Reina se hace querer por cercana a la esclava: “Habladme en español, doncella, que yo le entiendo bien, y gustaré dello.” Cómo les sentaría a los stiff upper lips (flemáticos, impasibles) británicos que su reina se rebajara a la categoría de súbdito esclavo extranjero, el eslabón más bajo de la escala social. La Reina impera, ordena e impone que Ricaredo se haga merecedor del tesoro que Isabela esconde. Exclama: “Felice fuera el rey batallador que tuviera en su ejército diez mil soldados amantes que esperaran que el premio de sus victorias había de ser gozar de sus amadas.” 




"[...]entró en el río de Londres con su navío, porque la nave no tuvo fondo en él que la sufriese" 


Ricaredo se hace a la mar como capitán de un navío corsario. La expedición resulta una senda jalonada de éxitos. Su intención es mostrar su valentía ante el enemigo y cumplir con ser cristiano, no causar daño a los hermanos de religión sean de donde sean. (Una brotherhood of man del Imagine de John Lennon) Pronto se hace con el mando de los navíos de corso por la muerte del general. En una confusa batalla naval al abordaje, guerra de banderas incluida, en la que luchan a cara de perro y valen todas las argucias por ir en ello la propia vida, hunden una galera frente a la costa mediterránea española. Se hacen con un navío que transporta un importante botín. Matan a muchos turcos y liberan a los cristianos españoles a los que embarcan en un bajel y da cuatro escudos por cabeza en una mezcla de crueldad, firmeza, valentía y magnanimidad. Excepto una pareja de españoles que, a su petición, llevan a Londres,  allí llegan ocho días más tarde gracias al viento favorable que hincha las velas extendidas, envueltos de una mezcla de alegría por el botín y tristeza por la muerte del general. Tardan otros ocho días en vaciar el vientre gigante del navío español repleto de riquezas varado en la desembocadura del Támesis por no tener el río fondo que le aguante. 

“Dádivas quebrantan penas,” dicen sentenciosas las gentes al ver tanta riqueza. Ricaredo ablanda así el corazón de hierro de la Reina, pero al mismo tiempo son lanzas que atraviesan el corazón de los envidiosos. Los gaditanos padres biológicos reconocen a su hija, Isabela. La prueba es un lunar negro bajo la oreja derecha. Ricaredo ruega y la Reina le promete la mano de Isabela en cuatro días. 

Cuando parece que los vientos favorables llevan a buen puerto los deseos de Ricaredo, surge otra nueva dificultad. No hay camino sin curvas. La belleza de Isabela dejaba enamorados por las esquinas. El alma de Arnesto abrasada cada vez que sus requiebros sólo reciben desdén. Su madre, camarera real asignada a la formación de Isabela, cede al chantaje del hijo de que se dirija a la Reina pidiéndole un aplazamiento de dos días más a los cuatro que faltan para la ceremonia de pedida de Ricaredo. Si la respuesta es contraria a sus intereses, como lo fue, la muerte cerrará las puertas de la vida, protagonizará un hecho escandaloso. 

Arnesto desairado se presenta en casa de Ricaredo armado con todas las armas para desafiarlo a duelo, “a todo trance de muerte.” Ricaredo, que nunca rehúsa un desafío, lo acepta. Cuando ya las espadas están en alto, aparece una tropa de hombres mandada por la Reina para detener el combate y llevarse a Arnesto preso a un castillo. La camarera y madre en vista del fracaso de su gestión ante la soberana, envenena a Isabela con tósigo de efecto fulminante. El milagro de hermosura se torna monstruo de fealdad: la garganta y la lengua hinchadas, denegridos los labios, ojos turbados, voz ronca y pecho apretado. Enterada la Reina, les hace dar los polvos del unicornio y gracias a los médicos reales, los antídotos y la ayuda de Dios logran salvarla. 

Ricaredo se la lleva a casa con permiso de la Reina. Crece su amor por ella. Le musita al oído hermosas palabras de amor para pedirla: “Si hermosa te quise, fea te adoro” y la besa en el rostro feo “no habiendo tenido jamás atrevimiento de llegarse a él cuando hermoso.” Entre océanos de lágrimas de todos los presentes. 

Dos meses tarda Isabela en empezar a recobrar la antigua belleza. La Reina condena a Arnesto a seis años de destierro y a su madre a pagar diez mil escudos de oro por el envenenamiento, además del despido de empleo y sueldo. Clotaldo pide licencia para casar a Ricaredo con Clisterna, la doncella escocesa. Ricaredo manifiesta el deseo de asegurar su conciencia en un viaje a Roma. Pide el plazo de un año (como el año que los estudiantes americanos toman antes de entrar en la universidad). Isabela y sus padres parten para España. Llegan a la barra de Cádiz en treinta días con el contento de las gentes que los vieron partir cautivos. Después a Sevilla donde el padre vuelve a su antiguo oficio de mercader tras la llegada del dinero y la venta de algunas joyas, regalo de la Reina. Alquilan una casa frontera al convento de Santa Paula. 



"Discurrieron aquella noche en muchas cosas, especialmente, en que si la Reina supiera que eran católicos, no les enviaría recaudo tan manso."

Pero no se vayan porque cuando parece que ya está todo el pescado vendido aún quedan cosas que contar. Tenemos a Isabela de casa al convento y del convento a casa, ganando indulgencias y guardando la ausencia de su amante de manera rigurosa, eclipsando la hermosura a la vista de los demás ansiosos por verla. Queda el sorprendente arreón final en el que Cervantes saca de la chistera una carta inesperada que alarga la historia. En ella, Catalina, la madre adoptiva de Isabela, cuenta que Arnesto ha matado a Ricaredo a traición en Francia. La noticia es como un latigazo por dentro para Isabela que se hinca de rodillas ante un crucifijo y hace votos de meterse monja, ya teniéndose por viuda. 

Pasados dos años, llega el día de tomar los hábitos. Vestida con las mejores galas se reúnen los miembros de la nobleza y personas principales de Sevilla para contemplar, aunque sólo sea fugazmente, la belleza de la novicia que tantos meses había estado eclipsada. 

Justo en el crítico momento, cuando ya tenía un pie en el umbral del convento, decidida a crucificarse sobre los dos maderos curvos de la ausencia de César Vallejo, llega el clímax, ese momento culminante en el que el relato gira. Aparece Ricaredo que con poderosa voz de ultratumba, vestido de cautivo rescatado, la detiene. Clama desde detrás de las líneas enemigas que mientras él esté vivo, ella no puede ser religiosa, entre la estupefacción general de los presentes y los gritos y aplausos de los lectores. ¡Qué poderío esta escena! La aparición del séptimo de caballería en el último momento cuando ya los sioux agarran por los pelos las cabelleras rubias de los granjeros sitiados. Lo demás se lo pueden imaginar. Ricaredo cuenta sus andanzas por toda Europa. El encontronazo con Arnesto y sus secuaces que lo dejan por muerto. La visita a Roma donde se afianza en la fe. La vida de cautivo en Argel. La liberación, la venida a Sevilla, la boda con Isabel para siempre y el retoñar de la felicidad.



Look into your heart, 
You will find 
There's nothin' there to hide 
Take me as I am, 
Take my life 
I would give it all, 
I would sacrifice
Bryan Adams






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 8 de febrero de 2017

Novelas Ejemplares. La española inglesa. Miguel de Cervantes.El amor es un banquete.




"Y aunque iba aprendiendo la lengua inglesa no perdía la española"


Novelas Ejemplares 
La española inglesa 
Miguel de Cervantes 

La acción de La española inglesa transcurre primordialmente en Cádiz y en Londres. La armada inglesa, más invencible que la española, se viene al extremo sur de Europa a hundirnos los barcos y a dedicarse al saqueo de la ciudad que mejor canta las chirigotas de carnaval. Se ve que como en la parte terrestre del mundo no pueden con los ejércitos del imperio de pies de barro, pero poderosos en ese momento, nos atacan por mar. No solo porque los hechos narrados comiencen con feroces corsarios ingleses asaltando las playas gaditanas y  continúen a orillas del Támesis La española inglesa es cosmopolita, lo es también por la diversidad de su localización y nacionalidad de sus personajes. Luego hay un largo periplo europeo, por Francia e Italia donde Ricaredo se afianza en su catolicismo romano. La trama concluye en Sevilla, al lado del convento de Santa Paula. Y mar, mucho mar, como corresponde a la tradicional hegemonía británica en los mares y océanos. Allí no rigen las leyes de tierra firme, allí se aplica sin contemplaciones la rigurosa ley del mar. Se notan los conocimientos marineros de Cervantes, se desenvuelve como pez en el agua en la narración de ese abordaje sin resistencia enemiga a las puertas del puerto de Cádiz

Los hechos narrados son contemporáneos del autor, por lo tanto la relación entre España e Inglaterra reflejada en la novela puede presentar trazas de realidad. También se firmó una paz en 1604, por lo que esa ambigüedad de amor y odio entre los países y algunos personajes que impregna la novela corta puede que tenga asiento en la realidad de la época. El saqueo de Cádiz fue real, ocurrió en 1596 y constituyó una de las derrotas españolas más dolorosas en la guerra contra el Reino Unido. 



"Le tenían dedicado para ser esposo de una muy rica y principal doncella escocesa, así mismo secreta cristiana como ellos"

La española inglesa es un romance,  una historia de amor, una entretenida novela bizantina en la que triunfa el amor a pesar de los numerosos obstáculos que aparecen en el camino. La novela bizantina  estaba de moda y respondía a los gustos de los lectores de la época, pero hay mucho más como corresponde a un escrito de Cervantes relacionado con la época y sin que provoque fatiga en los materiales usados. Como esas descripciones de los navíos en las que el autor parece casado con el mar, la corte británica y el contraste con la española, las penalidades de los cautivos, las negociaciones para liberarlos, la fiabilidad de los prestamistas y banqueros europeos, la belleza recobrada, etc. Un narrador ágil que inunda la historia de ritmo trepidante y muchas cosas que narrar. De fondo y atenidos al tiempo, el conflicto religioso de los siglos XVI y XVII que baña de sangre los campos de Europa. Los miembros de la familia secuestradora de Isabela son católicos de catacumba, perseguidos por ser raros entre la mayoría anglicana. Al revés pasaba en España con los conciliábulos protestantes clandestinos que tan bien describe Delibes en El hereje. A mi juicio,  existe en la novela un tono pacifista, una huida de la limpieza religiosa e ideológica que acarrean los fanatismos. Una propaganda a favor de la paz como refleja esa falta de rencor hacia el turco que encarcela y priva de libertad a los cautivos. El enemigo británico puede ser amigo. Pero con Cervantes nunca se sabe a ciencia cierta, todo puede ser medida ambigüedad y fina ironía. Una lectura acorde con estos tiempos de Brexit, después de cuarenta años de convivencia europea, se emborrachan de independencia y prefieren surcar los mares solos, (Allá ellos) no vaya a ser que algún europeo vaya a Londres a gobernarlos. Nunca lo permitirían ellos, claro, tan apegados a lo suyo. 

El comienzo de La española inglesa es provocador, tanto como el de La gitanilla. La reducción del ser humano a la categoría de despojo, material sobrante: “Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz, Clotaldo, un caballero inglés, capitán de una escuadra de navíos, llevó a Londres una niña de edad de siete años.” Ya vamos viendo que una de las tácticas de Cervantes es exagerar las situaciones para que el contraste barroco sea después más evidente. La táctica envenenada de reducir el ser humano diferente a la categoría de desecho como justificación de una posterior eliminación es tan vieja como el mundo. Todo está en Cervantes, sólo hay que leer y dar con ello. El capitán Clotaldo desbarata el dicho popular: “Joyas con dientes, nadie quiere,” haciendo referencia a la esclavitud y trabajo extremo que supone regenerar la especie, criar y educar a los hijos propios hasta que vuelan. Aunque pensándolo un poco, el chascarrillo hace aguas en estos tiempos en que la gente acepta esclavitudes sin decir ni pío. Me refiero a esa estadística que circula por ahí que señala que ya hay más animales de cuatro patas que niños en las casas. Es entrañable la cantidad de esclavitudes y compromisos que la gente asume con tal de tener a alguien a mano que le aguante los soliloquios. Como Orfeo y Augusto Pérez, pero con la diferencia que Augusto tenía criados para atender al can a cuerpo de rey. 




"Dentro de nueve días se hallaron a la vista de Londres"

Bien, pues resulta que Clotaldo se lleva entre el botín del saqueo de la Tacita de Plata a Isabela y la regala a su mujer. Lo extraño es que no la quisieran como esclava o cautiva para pedir por ella un rescate como era costumbre en la época. La educan como una hija más de la familia noble que son. La enseñan a leer, a escribir y a "tocar todos los instrumentos que a una mujer son lícitos,” (No vayamos a pensar mal) que acompañan el don de una voz maravillosa que encantaba al cantar, como La gitanilla. (Continuará)



Take me now baby here as I am
 Pull me close, try and understand 
 Desirous hunger is the fire I breathe
 Love is a banquet on which we feed 

Bruce Sprinsteen/Patti Smith




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde 
La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.